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Entrevista Arnau Montserrat: "Con un mejor reparto, mucha gente aceptaría una mayor limitación en el consumo"

Arnau Montserrat, en l'entrevista amb 'Públic'.
Arnau Montserrat, en su entrevista con 'Públic'. Marc Font

Entrevistamos a Arnau Montserrat, que publica Nos sobran las ideas. Propuestario para una transición ecosocial en Pol·len Edicions. Defiende la necesidad de avanzar hacia un modelo económico y de social alternativo, que la haga más igualitaria y detenga la degradación agroecológica. Según él, en los próximos años será clave la batalla por las soluciones que tendrán que aplicarse a un colapso -o cambio de era- que llegará.

La emergencia climática es una realidad incontestable, como lo que se acerca el final de la era de los combustibles fósiles baratos que ha nutrido el crecimiento acelerado de la economía durante el último siglo y medio, a cuesta de una enorme degradación ambiental. Por todo ello, son cada vez más las voces que abogan por un cambio radical de modelo económico, con el primer objetivo de paliar los efectos de la crisis climática, sin obviar la voluntad de avanzar hacia una sociedad más justa. ¿Pero cómo se puede hacer? ¿Es factible? Nos sobran las ideas. Propuestario para una transición ecosocial (Pol·len Edicions) es precisamente una recopilación de experiencias, recursos y voces para llevar a cabo esta transición ecosocial.

Nos reunimos en el centro de Barcelona con su autor, Arnau Montserrat (Barcelona, 1974), y durante más de una hora de entrevista hablamos de unas alternativas que ve urgentes, de la necesidad de reconectarnos con lo material, de la importancia de ganar la batalla por las soluciones que se tendrán que aplicar y de cómo la redistribución se hará aún más imprescindible si no queremos precipitarnos hacia una desigualdad aún mayor. Aunque no podemos predecir el futuro, Montserrat -que forma parte del proyecto Can Masdeu y, entre otras cuestiones, hace de consultor para políticas alimentarias municipalistas y en proyectos agroecológicos comunitarios- desmonta el mantra thatcheriano y defiende que, evidentemente, "hay alternativas". Y la primera pasa por detener la degradación agroecológica de la Tierra.

Ya sufrimos impactos diversos de la crisis climática, algunos irreversibles, y cada vez es más evidente que también vamos hacia una crisis energética. ¿Se nos acaba el tiempo?

No lo digo yo, lo dice la comunidad científica, que ha fijado la fecha del 2030 para realizar unos cambios que sino se adoptan se cerrará mucho la ventana de oportunidades para nuestra generación y la siguiente. Si seguimos al ritmo actual, el volumen de emisiones que podemos realizar hasta el 2100 lo habremos gastado en el 2030, por eso es tan importante reducirlas ahora. Lo que no podemos es seguir acelerando la máquina. Aunque la combinación de medidas de naturalización, de prácticas agroganaderas regenerativas e, incluso, de algunos sistemas de captura de carbono, lo que no se puede sostener es el desequilibrio actual, porque corremos el riesgo de pasar los famosos tipping points [puntos de inflexión]. Si los pasamos ya no queda demasiado margen de maniobra, porque la dinámica se nos va de las manos. Lo que nosotros hacemos ya no será tan relevante como la propia dinámica, creando sus efectos fuera de nuestro control.

¿La transición hacia otro modelo llegará de una manera u otra y, por tanto, mejor que haya algún tipo de planificación detrás?

Sí, porque si no pagan los mismos de siempre. Con la regulación pagaremos todos y parte de la regulación es una economía de racionamiento. Es muy impopular decirlo, pero eso es lo que necesitamos y nos afecta a todos. Pero si se hace más desordenado y de forma menos democrática afectará mucho más a la gente que está sosteniendo siempre el peso de los privilegios de unas minorías. Los países que están pagando un mayor precio por la crisis climática son los menos responsables que exista.

¿Estamos en un momento contradictorio, en el sentido de que existe una mayor conciencia climática, la cuestión aparece en el grueso de los discursos institucionales, pero con el argumento de la recuperación económica se sigue apostando por proyectos basados en el crecimiento económico y que demandan combustibles fósiles?

Antonio Turiel lo explica muy bien cuando dice que el petróleo es la sangre de nuestras sociedades. Tenemos a unos gobiernos atrapados en una situación completamente contradictoria. De forma bastante ineficaz intentan descarbonizar y, al mismo tiempo, hablan de crecimiento económico. Pero no nos engañemos, los estudios dicen no existe un desacoplamiento entre crecimiento económico y emisiones. Una parte de la descarbonización puede venir con la captura de emisiones, otra generando energía de otro modo, pero también es necesario decrecer en el consumo energético. Sin embargo, los gobiernos son el reflejo de la sociedad. ¿Por qué no se vota masivamente por un partido verde radical? Porque la sociedad no está preparada. Hay un tabú que no es sólo cultural, es también material. Somos adictos al petróleo, no es de extrañar que nos cueste asumir un cambio radical en este ámbito.

En el libro defiende que los fondos europeos podrían ayudar a financiar la transición ecosocial y el cambio de modelo productivo. Sin embargo, parece claro que sobre todo favorecerán a grandes empresas y macroproyectos e insistirán en el modelo económico actual, si lo desea con una pátina verde.

Habrá una proporción de ayudas a energía distribuida de proximidad, a comunidades energéticas, a realizar proyectos ecológicos, al sector del mercado social y del cooperativismo, al de la economía circular... Habrá una parte de ello, pero será la parte minoritaria, el grosor estará destinado a la apuesta corporativa, que en algunos casos será greenwashing y en otros no, sino que son medidas reales, pero mal planteadas, porque son pan para hoy y hambre para mañana. Por ejemplo, si se hacen megaparques renovables en zonas que tienen costes por la destrucción de terreno agrícola y después estas instalaciones son muy dependientes de una serie de materiales que deben renovarse cada 25 años, ¿estamos seguros de que tendremos la capacidad de realizar esta renovación?

Si estamos construyendo una economía en la que queremos grandes polos de generación de energías materiales para circular de forma global y sostener un crecimiento constante, entonces inevitablemente estás poniendo una sobrepresión excesiva en la biosfera, lo hagas con el material que lo hagas. Y esto nos ha traído hasta aquí. Aunque sea con nuevas fórmulas, probablemente más limpias, estamos hablando de un dispositivo energético que si está al servicio de continuar con ese modelo será insostenible en su conjunto. En cambio, con otro modelo estas fórmulas serían muy funcionales y podrían ayudarnos a realizar la transición hacia un modelo más localizado, descentralizado y ecosocial. La letra de los fondos Next Generation puede ser correcta, pero cuando ves la aplicación práctica es una oportunidad perdida.

Cada vez más voces apuntan a que el decrecimiento es inevitable, pero si llega probablemente tendrá un impacto material y generará destrucción de empleo. ¿Medidas como la renta básica universal se harán imprescindibles?

En una sociedad de masas como la nuestra, cualquier dinámica de transición debe ser ademas de dual, es decir, con una pata pública y una pata comunitaria, empresarialmente eficaz. El sector privado y el sector cooperativo deben ser capaces de ser productivos, pero con fórmulas sostenibles, éste es el cambio. El otro reto es que exista una redistribución. Ha sido muy difícil redistribuir en tiempos de vacas gordas y hacerlo en tiempos de vacas flacas es aún más imprescindible, pero también más complicado. Y la renta básica entra ahí, como medida claramente redistributiva. Pero creo que debería ir hacia modelos menos individualistas, quizás la plantearía de una forma algo menos monetarizada.

El libro no deja de ser una guía práctica de hacia dónde podría ir esta transición, a través de múltiples voces y proyectos ya existentes. El gran reto que tienen, sin embargo, es dar un salto de nivel. ¿Cómo se pueden generalizar?

En las rutas de Can Masdeu siempre decimos que hay muchos niveles distintos de comunidades. Más que las comunidades ideales viviendo en la montaña en un entorno autosuficiente, necesitamos una suma de dispositivos comunitarios a muchos niveles y de muchos grados distintos que funcione en red. La gente vive ya un poco así, ya hay mucha más economía distribuida y colaborativa que antes. Existen más bienes de consumo repartidos. Necesitamos diferentes niveles de ayuda mutua distribuidos y lo más descentralizados posibles. Unas personas estarán viviendo de lleno en una economía social o incluso no monetaria, mientras que otras llevan una vida básicamente asalariada o capitalista, pero quizás están participando en un supermercado cooperativo o en la defensa del CAP de su barrio.

Para que pueda haber el salto de nivel en las experiencias se necesita la pata pública. No sólo para promoverlas, sino también en sentido punitivo, porque la pata pública debe parar los pies en los sectores económicos que no permiten que el salto de nivel exista. Si llenas el país de transgénicos ya sólo por contaminación horizontal es muy difícil realizar agricultura ecológica. Por ejemplo, el sector público puede comprar alimentos ecológicos y con criterios de proximidad para hospitales, escuelas o residencias. Con este modelo tendrías al sector público asumiendo su responsabilidad y un sector cooperativo-comunitario que crecería porque tendría un mercado asegurado. Debemos hacer este tipo de cosas para saltar de nivel.

Un cambio de esa magnitud implicaría una fuerte resistencia de los poderes económicos. ¿Sin una movilización masiva es imposible de alcanzar?

Sí, todo esto son debates necesarios para llegar aquí. Hacer un libro es insignificante al lado de lo que es asumir el conflicto y ganarlo y eso sólo puede hacerse con movilización. Las formas de movilización son muy diversas, a veces es la manifestación, otras el boicot, otras la huelga, así como puede serlo cambiar las pautas de consumo, generar comunidad, generar economías paralelas, ...

¿No tiene un punto de utopía, de proyecto irrealizable, no porque no sea viable o se aguante desde un punto de vista teórico, sino precisamente por los obstáculos que se encontraría para alcanzarlo?

Hay muchas cosas que tendrán que hacerse a la fuerza. Por ejemplo, en el Reino Unido se acaba de nacionalizar una fábrica de fertilizantes, porque el suministro de gas estaba regido por criterios mercantiles que eran incompatibles con la seguridad alimentaria. Pero no tengo tanto el miedo a un inmovilismo, que sólo llevaría a retrasar lo inevitable, sino que me da más miedo qué soluciones llegarán. La intención del libro es que vayamos creando una hegemonía cultural en torno a otros valores, ideas y propuestas sobre cuáles deberían ser las soluciones. Instituciones nada sospechosas de ser alternativas como la ONU, la FAO, el FMI, el Banco Mundial o la Agencia Internacional de la Agencia sacan informe con diagnósticos muy preocupantes y, por lo tanto, ahora la gran lucha ya no es por el diagnóstico sino sobre las soluciones.

Y aquí lo que me preocupa no es el greenwashing, que se puede desenmascarar con relativa facilidad, sino cómo se está enfocando. Ellos están seguros de que pueden fabricar excedentes de hidrógeno en el Congo, llevarlos en tren de alta velocidad y tener las baterías para la industria alemana. Esto es neocolonialismo extractivista de manual y no sé si puede funcionar en términos metabólicos, pero política y socialmente no es sostenible. El sector agroindustrial consume el 80% de los recursos energéticos, pero sólo produce el 30% de los alimentos, por lo tanto, existe bastante eficacia en el sector agroecológico, pero si plantean la edición genética es para mantener el control de la cadena alimentaria. Con el tema de la agricultura regenerativa, se calcula qué si toda la agricultura de Catalunya lo fuera, se capturarían al menos las emisiones del sector alimentario, que más o menos son el 30% del total. Pero ya se están creando fondos, como el Global Soil Hub, que se dedican a acaparar tierras, para que después puedas comprarlas y las utilices como una bula, para compensar lo que contamines. Por el camino, por ejemplo, una comunidad africana que tenía unas prácticas sostenibles habrá perdido la tierra.

El programa que plantea es global y aborda modelo productivo, movilidad, transición energética, gobernanza política, control democrático de la economía, garantizar derechos laborales y sociales y mucho más. ¿Cuáles serían las cuestiones más acuciantes?

Todo esto es muy interseccional, pero diría que lo más urgente es parar la degradación agroecológica, porque sin una base material no hay todo lo demás. En este caso, recuperar el equilibrio en el ciclo del carbono, recuperar el equilibrio en el agua y la tierra –la degradación de los suelos es muy preocupante-, recuperar el equilibrio en la biodiversidad en general y especialmente en algunos aspectos críticos como los polinizadores. Y hacer todo esto con una mirada global, para que no sea a expensas de nadie sino en beneficio de todos. Esto es lo más urgente, pero todo ocurre en paralelo. En Occidente debemos hacer la autocrítica de que la cultura moderna no es sólo una cultura del progreso y de la modernidad, de avanzar hacia una mayor comodidad, sino que también es la de un profundo divorcio con las bases materiales de la vida. Y éste es el reto, porque vivimos vidas tan desmaterializadas que nos cuesta ser conscientes de la circularidad de la vida y de cómo esto sustenta nuestras vidas cotidianas. La base material de nuestra vida está muy alejada de nuestra experiencia vital.

En algunos ámbitos, puede decirse que apuesta por un retorno a prácticas del pasado.

Ahora se critica, con razón, el pensamiento lineal y se propone un pensamiento circular a la hora de organizar los ciclos económicos, los ciclos de la materia, del agua, de la energía... ¿Por qué no aplicamos esto mismo en nuestros relatos culturales? ¿Por qué no salimos del relato lineal del progreso y proponemos un progreso circular, en el que tomas las mejores ideas del pasado e incorporas las más interesantes del presente o del futuro? No debemos ir siempre a más y ya no es posible y, por lo tanto, me parece un buen momento para coger ideas del pasado y darles una revalorización. No todo es empezar de cero. En Barcelona hay mercados municipales públicos que abastecen a un porcentaje importante de la ciudad y eso, que es importante, es una figura antigua y como tal muchas ciudades la han perdido. Las técnicas agroecológicas más avanzadas, como las que se aplican en agricultura regenerativa, son muy modernas en la forma de medirlas y de afinarlas, pero sus fundamentos son antiguos, volvemos a la circularidad, al ciclo de los nutrientes, a introducir biodiversidad y agrodioversidad en los campos... ¡Las ideas de la agricultura desde hace 10.000 años!

Hablaba de la batalla cultural. Romper con el paradigma de que el progreso y la prosperidad pasan por el crecimiento económico también es fundamental para ir hacia la transición ecosocial, ¿no?

Sí, cuesta entender lo de la prosperidad sin crecimiento, pero creo que es uno de los lemas afortunados de los últimos años, al igual que el del buen vivir latinoamericano. Existe el peligro de que nos autoengañemos y sea austeridad impuesta sin crecimiento, pero si existe un mejor reparto también creo que mucha gente aceptaría más una mayor limitación en el consumo. Especialmente si al mismo tiempo existe una mayor disponibilidad de tiempo, porque muchas cosas que ahora debe resolver en la esfera mercantil podrían resolverse en una esfera más autónoma y fuera de las relaciones monetizadas. La lucha por el tiempo es crucial y también lo es la lucha por la redistribución. Los antropólogos explican muy claramente que somos ferozmente igualitarios, porque de ello dependía su supervivencia durante el 99% de la existencia de las sociedades humanas, en el sentido de que fuera del grupo moríamos. En muchas etapas de la historia humana ha habido escasez y la cooperación se ha impuesto. Si las sociedades son más igualitarias se acepta mejor que no sean tan lujosas, pero si el referente es comprarse un yate será normal querer aspirar a ello.

De momento, la pandemia ha acentuado unas desigualdades que ya eran importantes, al tiempo que ha reforzado el poder de las grandes tecnológicas. También ha crecido el control social. Más que hacia la utopía, podría pensarse que nos acercamos a la distopía.

Socializar a los medios de producción incluye socializar a las grandes tecnológicas. Esto es utópico, pero es necesario. La historia no es lineal y avanza a trompicones y en una crisis pueden pasar cosas inéditas, como Merkel nacionalizando en buena medida Lufthansa. Teniendo clara la distinción entre estatizar y socializar, defiendo todo lo que sea investigar en formas de socialización del poder y de los recursos, sobre todo de aquellos esenciales. Esto va en la línea de experimentar con múltiples fórmulas y en diferentes escalas público-comunitarias, desde la Mesa del Agua de Terrassa hasta Barcelona Energía o las redes de proyectos rurales de todo tipo. Todas estas fórmulas deberían probarse y en el libro se explican muchas y algunas de las cuales, como los comunales, son antiguas. No estamos en un modelo de vamos a hacer una Unión Soviética 2, sino estamos mucho más en un modelo de vamos a hacer síntesis de lo que el siglo XX nos ha dicho que funciona y lo que no. Por ejemplo, nos ha dicho que regular precios desde Moscú para toda Rusia no funciona, pero esto no significa que no pueda haber precios mínimos para determinados alimentos y productos esenciales, como ya ocurre con el agua o la energía, aunque aquí haya un despiporre. Pues esta regulación extenderla a campos en los que ahora no está o en otros ámbitos poner medidas de contrapeso para que un sector público potente intervenga y le influya.

La reciente crisis de los combustibles en Reino Unido se parece de forma fiel a uno de los capítulos de la serie francesa 'El Colapso'. Entramos en un momento en que los tiempos se aceleran y no sé si cultural y mentalmente estamos preparados para ello.

Sobre todo, no lo estamos a nivel logístico y esto me preocupa mucho más. Vemos cómo las cadenas just in time están siendo fragilizadas por sucesivas crisis, ahora por los problemas de suministro de materiales. Son frágiles porque, a diferencia de durante el siglo XX, el suministro ya no irá a más y no está nada clara la sustitución de unos materiales por otros. La esperanza del crecimiento verde es que unos materiales sustituyan a otros, pero los números no lo avalan. Si las cadenas están sufriendo no es sólo por estas limitaciones, sino porque están diseñadas para que haya una hipereficiencia que sólo se sostiene con una hipermovilidad que, a su vez, sólo se sostiene con una hiperoferta.

No estamos preparados para asumir esta vulnerabilidad, pero somos muy adaptativos y podemos generar soluciones comunitarias, público-comunitarias o empresariales con mucho dinamismo. Nos deberíamos estar peleando, y lo estamos haciendo, porque las soluciones vayan en una u otra línea. Con el tema del aeropuerto del Prat, por ejemplo, hay un discurso muy constructivo en torno al "no" a la ampliación, se está diciendo más trenes, más turismo local...

No es verdad que el dilema sea seguir con un modelo porque es el único que nos permite unas determinadas condiciones de vida o irnos a la mierda. De hecho, eso es que lo había intentado Thatcher con el "no hay alternativa", pero sí que hay alternativa.

¿Cómo se imagina Barcelona dentro de 15 años?

No tengo ni idea, pero me imagino una ciudad con más tejido comunitario y con un sector de mercado social mucho mayor, pero también me imagino una sociedad probablemente más desigual, que no es lo que deseamos. Pienso que ya será mucho más difícil mantenernos en ese no tiempo en el que estamos; ya estaremos metidos en una dinámica que irá hacia algún sitio. Espero que sea una dinámica de ir hacia una transformación radical, aunque no estaremos todavía en ella.

Una de las cosas preocupantes del momento actual es que no hay un horizonte colectivo de ir hacia algún sitio con ilusión. A nivel local si quieres el ejemplo serían los Juegos del 92 y a nivel global sería el progreso, que ha sido un relato muy triunfante y ahora está totalmente en crisis. Se intentará mantener la ilusión del progreso a través del espacio digital, porque ecológicamente tiene un coste, pero es mucho menor que el hecho de que todo el mundo tenga coche de combustión y piscina. Es más fácil que todo el mundo tenga Netflix y un ordenador con muchos datos. Se intentará por ahí poner un sucedáneo de progreso, pero esta ilusión de vivir en un mundo digital sólo es posible si en paralelo el mundo material funciona suficientemente bien para que puedas despreocuparte relativamente. No creo que esto se pueda sostener mucho más tiempo y, por lo tanto, se intentará que parte de la solución sea un mundo digital mucho más rico, pero inevitablemente parte de la solución será reconectarse con lo material. Y espero que esto haga reconectarse con lo natural.