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George Pelecanos Pelecanos: "La economía sólo está funcionando para una parte de la sociedad y las desigualdades son cada vez mayores"

El productor ejecutivo George Pelecanos hace una lectura en el escenario durante 'Una noche con el elenco de The Deuce' de HBO para beneficiar a Housing Works en Housing Works Bookstore Cafe el 23 de junio de 2019 en la ciudad de Nueva York. Gary Gershoff
El productor ejecutivo George Pelecanos hace una lectura en el escenario durante 'Una noche con el elenco de The Deuce' de HBO para beneficiar a Housing Works en Housing Works Bookstore Cafe el 23 de junio de 2019 en la ciudad de Nueva York. Gary Gershoff / Getty Images para Housing Works / AFP

Se puede presentar a alguien según criterios cuantitativos, cualitativos o ambos, como en este caso: 21 novelas en 28 años (entre ellas las que componen la serie el Cuarteto de D.C. o El jardinero nocturno, que lo consagró en 2006 como uno de los grandes del género negro); personajes tan indelebles como los detectives Strange y Quinn; guionista de The Wire, The Pacific, Tremé o The Deuce. George Pelecanos (Washington DC, 1957) acaba de cumplir 63 años. Asegura ser un ciudadano anónimo en su propia ciudad. Dice que, tras su última novela, El hombre que volvió a la ciudad, publicada en 2018, estará varios años más escribiendo guiones para la televisión y que luego lo dejará y se dedicará a escribir novelas el resto de sus días. "Decidí ser escritor cuando estaba en la universidad y de eso -asegura- "nunca me retiraré".

Usted nació en 1957 en Washington DC y siempre ha vivido en la ciudad. Sus años de infancia y juventud fueron los 60 y 70. Después llegaron los 80 y primeros 90, años en que la capital del país fue conocida como la capital del asesinato. A mediados de esa década y desde entonces, la ciudad ha cambiado completamente, en parte debido a la gentrificación. Usted ha escrito sobre todas esas etapas en sus novelas. ¿Cómo ve su ciudad, Washington DC, ahora?

Fue entre 1986 y 1989 cuando tuvimos los mayores índices de asesinatos del país. En 1986 el crack llegó a la ciudad. En 1989 hubo 469 homicidios en Washington DC y esta no es una gran ciudad, no tiene una gran población [tiene unos 702.000 habitantes; el tamaño de Sevilla]. Esas cifras fueron descendiendo y en los últimos diez años se han registrado una media de ciento y algo [2012 registró la cifra más baja, con 88]. Ha sido una reducción del 75 por ciento en veinte años. Así que, bueno, ya hemos dejado de ser la capital del asesinato.

Sin embargo, vuelve a haber un repunte, aunque no de la misma magnitud. 2019 se cerró con 166 asesinatos, la cifra más elevada en los últimos diez años. ¿Por qué?

En primer lugar, siempre que hay una ciudad, hay violencia en ella. Luego, tienes un escenario en el que hay gente que tiene y gente que no porque la economía no está funcionando. Se suele decir que está teniendo un rendimiento excelente, pero en realidad sólo está funcionando para una parte de la sociedad, desde luego no está funcionando para las familias de rentas medias o bajas.

Y está claro que cuando una persona no tiene un dólar en su bolsillo y necesita ese dólar para vivir, está claro que hará lo que pueda para conseguirlo. La economía no está funcionando y está creando unas desigualdades sociales que son cada vez mayores.

¿Cómo era la Washington anterior a esa etapa, la de su infancia y juventud, la de los años 60 y 70?

Cuando yo era un chaval, mi padre tenía un bar por el centro y yo trabaja allí desde los once años así que desde que tuve esa edad pasé mucho tiempo en esa parte de la ciudad. Me dedicaba en parte a hacer envíos de comida a domicilio y lo hacía a pie. Te dabas cuenta de que Washington era una ciudad completamente negra. En algunos momentos en los años 70, el 80 por ciento de la ciudad era negra.

Y para mí siempre lo será, en términos de cultura, en la manera en que hablamos, nos relacionamos, todo está muy influido por la cultura negra, específicamente, la cultura negra del sur porque la gente que ha vivido aquí por generaciones procedía del sur. Ahora, la ciudad es en torno al 50 por ciento negra. Lo que ha sucedido es lo que está pasándole a todas las ciudades, incluida Nueva York.

Mucha gente, normalmente blancos, se están mudando a la ciudad porque es más fácil hacer dinero en ella, y esto hace que muchos se vayan fuera. Ese es el lado negativo de la gentrificación. Hay un lado positivo, que es que hay partes de la ciudad que se revitalizan.

¿Cuáles han sido esas zonas en Washington?

Había tres corredores que ardían en los 80: las calles 14 y 7, y la calle H. Ésta fue la última en que quedaron negros porque no tenía estación de metro. Hace sólo diez años ibas a la calle H y no había ni siquiera luz por la noche, no había bares, negocios. Ahora vas y hay restaurantes, bares y tiendas por todas partes. Todo eso significa, por supuesto, que hay gente trabajando en esos negocios, y eso es positivo. Pero la gente que vivía ahí se ha tenido que mudar a otras zonas fuera de la ciudad y hasta a zonas del norte de Virginia [ese Estado colinda con el Distrito de Columbia].

La gente que vivía antes ahí residía en apartamentos miserables, eran pobres, sin nada que comprar ni que vender, y estaban cansados de los camellos y de los traficantes. Acabaron yéndose. Otro punto de inflexión fueron las revueltas de 1968 [hubo una semana de violentas revueltas tras el asesinato de Martin Luther King; en los 60 la ciudad fue el escenario de marchas multitudinarias sobre derechos civiles, feminismo, contra la Guerra de Vietnam, etc.]. Después de esas revueltas, la ciudad estuvo muerta durante diez años.

Lo siguiente que cambió a Washington fue la apertura del metro en 1976. El transporte público cambió el rostro de la ciudad, lentamente. Y todos los sitios donde se puso una estación de metro empezaron a recuperarse. Es lo que no sucedió en Baltimore, por ejemplo. Allí no hay transporte público y por eso Baltimore se está muriendo.

El productor ejecutivo George Pelecanos hace una lectura en el escenario durante 'Una noche con el elenco de The Deuce' de HBO para beneficiar a Housing Works en Housing Works Bookstore Cafe el 23 de junio de 2019 en la ciudad de Nueva York. Gary Gershoff / Getty Images para Housing Works / AFP

¿Había en los 60 y 70 tantas desigualdades como ahora?

Mi padre era griego, nació en Grecia y emigró a Estados Unidos. Cuando yo trabajaba de joven con él en el bar. Entonces, él y yo éramos blancos y el resto de trabajadores, cinco personas, eran negros. Sin embargo, al otro lado de la barra, la gente a la que servíamos comida eran todos blancos, vestidos con trajes, hombres de negocios. Había muy pocos negros en esa situación, que entraran al bar como clientes.

Esa imagen me ha quedado grabada para toda la vida y desde entonces siempre he sabido a qué lado de la barra pertenezco. Eso está cambiando ahora. Esos negocios como el que llevaba mi padre ahora lo suelen llevar hispanos, etíopes, y al otro lado de la barra ya encuentras a todo tipo de personas. Yo, por ejemplo, hijo de un inmigrante griego, pude ir a la universidad, como muchos hijos de inmigrantes de mi generación, que pudimos estudiar y tener una posición que nuestros padres no pudieron tener.

Aunque es cierto que los hijos de inmigrantes griegos, como yo, e incluso hispanos, no han sido puestos en el mismo foco del racismo como lo sufre la población negra de Estados Unidos y por eso hemos tenido mejores oportunidades. Los negros estadounidenses continúan estando con una gran desventaja en este país. Mucha más que los hijos de inmigrantes recién llegados y hasta más que los etíopes que llegaron después. Ellos llegaron aquí como esclavos y les cortaron sus raíces, el vínculo con su pasado, con su lugar de origen.

Y eso es muy importante. Yo me considero griego, griegoamericano, y hago vida en la comunidad griega, cuando voy a la iglesia voy a la iglesia de mi comunidad. Hay un vínculo con esa herencia cultural, hay una red. Cuando los negros llegaron de África se les dijo: eres un esclavo, no eres de ningún país, ni siquiera eres africano, no eres nada.

En alguna ocasión usted ha dado dos consejos para quienes aspiran a ser escritor: leer constantemente y vivir una vida intensa. Su primera novela, A Firing Offense, se publicó en 1992. Usted tenía 35 años. ¿Fue por ese motivo?

Cuando tenía veintitantos estaba muy conectado al mundo. Trabajaba de camarero y me relacionaba con mucha gente de todo tipo en ese trabajo, mucha más que si hubiera trabajado en una oficina. También me divertía mucho. Y todo eso lo he podido usar después. En esos años trataba de leer todo lo que caía en mis manos. Tenía la ambición de ser escritor pero jamás había dado una clase de escritura y en cierto modo fui muy naif. En este país la manera más directa de ser escritor era a través, digamos, del mundo académico.

Uno iba a la universidad, cursaba un programa de escritura, eso te permitía también hacer conexiones con otras personas que querían ser escritores, y a través de eso te conectabas con el sector, agentes, editoriales. Ese era el modo de hacerlo y yo no sabía nada de eso. Mi manera de pensar era: voy a seguir leyendo y leyendo y cuando me siente cómodo escribiendo, escribiré una novela. Y eso es exactamente lo que hice. Escribí esa primera novela en 1990. Me tomó un par de años que se publicara.

¿Cómo lo consiguió?

Fue un cúmulo de coincidencias. Como no tenía ningún agente, yo mismo la envié a una editorial de Nueva York y como que me olvidé de todo. Un año más tarde, me llamaron y me dijeron que lo habían leído y querían comprarlo. Y así se publicó. Era una forma nada tradicional de convertirse en escritor pero no conocía otra mejor. Estoy contento de que me tomara tanto ponerme a escribir mi primer libro porque durante todos esos años pude vivir muchísimas experiencias.

Hoy habría sido muy diferente.

Lo que me sucedió a mí con mi primer libro ya no sucede. Es más, yo tuve la suerte de que cuando mandé mi libro al editor de Nueva York, la novela acabó en la mesa de un joven editor, que tenía veintitantos años. Él comprendió lo que yo trataba de hacer: escribir una novela punk-rock de detectives. Si esa novela hubiera aterrizado en el escritorio de otra persona, no se habría publicado. Me siento muy afortunado porque todo estuvo en el lugar adecuado.

Como lector durante esos años, digamos, de formación. ¿Cuáles fueron sus principales influencias? ¿La novela negra, los clásicos americanos o ingleses?

Para mí fue el cine. Durante muchos años mi ambición personal no fue ser escritor sino director de cine. Mientras crecía veía las películas de Sam Peckinpah, Martin Scorsese, películas como El padrino, yo quería escribir y dirigir películas como ésa. Ocurrió que me matriculé en la Universidad de Maryland para estudiar cine y en mi primer año allí me inscribí en una asignatura optativa sobre novela negra. Me apunté a ese curso porque necesitaba los créditos y pensé que serían créditos fáciles de conseguir.

El curso consistía en leer novelas y comentarlas, y pensé: esto será fácil. El profesor, Charles Misch, fue quien me llevó a la novela negra. La razón por la que hasta ese momento no había querido convertirme en escritor es porque los libros que me habían obligado a leer en el instituto eran clásicos como La letra escarlata y no sentía ninguna conexión hacia ellos. No me interesaba leer libros como ésos. Pero cuando Misch me dirigió hacia la novela negra, la novela policial, descubrí un género popular, una literatura para la gente.

Reconocía la gente que salía en esas novelas porque era la gente con la que yo había crecido, no me refiero a criminales sino a gente de la clase trabajadora. Esto me llevó a otro tipo de autores, como John Steinbeck o John Fante, o a autores del género pulp como Horace McCoy, David Goodis o Jim Thompson. Todos ellos me abrieron un mundo desconocido para mí y me indicaron una nueva dirección por la que yo quería ir. Y yo sabía de qué quería escribir porque había llevado una vida intensa y llena de experiencias.

Entre ese primer título y el último, El hombre que volvió a la ciudad, de 2018, han transcurrido 21 novelas y 26 años. ¿Qué evolución detecta en su obra o en su trabajo como escritor?

Hay una muy clara. Mis primeros libros eran de una manera muy directa novelas de detectives. Sucedió que mi mujer y yo en esa época adoptamos un hijo y en 1993 fuimos a Brasil. Acabamos estando allí varios meses para completar el proceso. Me di cuenta hasta qué punto se puede estar perjudicado por la economía, la violencia, la carencia de recursos y servicios públicos básicos.

En Estados Unidos hay programas sociales y sanitarios para los pobres pero en Brasil vimos la pobreza extrema y mucha violencia, y eso me cambió. Así que cuando regresamos a Estados Unidos hice que mis historias estuvieran mucho más enfocadas en eso y mi ficción cambió, se hizo más social de lo que había sido. Enseguida empecé a pensar: me estoy convirtiendo en un escritor con cierto éxito escribiendo sobre estos temas pero, ¿qué estoy haciendo al respecto?

Me sentí culpable porque yo estaba ganando dinero escribiendo sobre esas cosas pero no contribuía en nada a resolverlas aparte de escribiendo mis novelas. Esto me llevó a involucrarme más en programas sociales, en mi comunidad, en participar en los programas de lectura de las prisiones. El proceso sigue siendo básicamente el mismo: hago mucha investigación, salgo mucho a las calles, hablo con mucha gente, pero el enfoque social es lo que más ha cambiado y creo que me ha hecho mejor escritor, que es mi objetivo principal.

¿Qué escribe ahora?

No estoy escribiendo una novela. Escribo una miniserie sobre Baltimore para la HBO con el equipo de The Wire. Probablemente haré más televisión en los próximos años porque mi tiempo se va acortando. Estoy en mis sesenta y pocos y llegará un punto en que no me llamen más.

¿En serio?

Completamente. Mire, a menudo cuando participo en reuniones de trabajo me doy cuenta de que soy el mayor de todos. Me siguen llamando porque soy un buen escritor, pero llegará un momento en que digan: bueno, este chico ya ha aportado lo suyo. Por eso mi plan es dedicarme a esto algunos años más y luego escribir libros el resto de mi vida porque no veo una jubilación para mí, eso se lo aseguro, estaré escribiendo novelas hasta que me muera. Quería añadir una cosa sobre lo que me preguntaste antes.

Adelante.

Me refiero a cuando hablamos sobre la evolución de Washington en los últimos 50 o 60 años. Mis novelas han querido reflejar cómo ha cambiado la ciudad en ese tiempo así que otro cambio que ha habido en ella es que cada vez hay menos violencia en mis libros. Y esto es debido a que la ciudad ha cambiado. Este cambio se aprecia mucho en mi última novela.

Va sobre un hombre que ha estado en la cárcel del DC y un día sale y tiene que ajustarse a vivir en la nueva ciudad. Vuelve a su barrio pero el barrio es otro, el barrio que él conocía sencillamente ya no existe, está completamente gentrificado. Así que trata de saber qué papel desempeñará él en ese nuevo escenario. Justo es sobre lo que escribo ahora: ese nuevo DC.

Dos aspectos que me llaman la atención sobre Washington es, por un lado, la desconexión que existe entre la ciudad real y la gente de a pie que vive en ella y la ciudad de las instituciones americanas, los lobbies, los organismos internacionales, etc., y esto tiene su reflejo en que a menudo las series y las películas ambientadas en Washington, si uno cita las más conocidas (como El ala oeste de la Casa Blanca, Homeland o House of Cards) no son series centradas en la ciudad; por otro lado, y relacionado con esto, observo una escasa tradición de novela social y novela negra anclada en el DC. Esto me parece raro tratándose de la capital del país y es muy diferente a lo que sucede con Londres, París, Madrid o Moscú, por ejemplo, y en Estados Unidos, la novela negra se ha centrado mucho más en Nueva York, Los Ángeles o Chicago. ¿Por qué sucede esto?

Varias cosas. Primero, el año pasado hice una película titulada DC Noir. Está basado en cuatro relatos así que son cuatro películas cortas. Yo mismo dirigí una de ellas. Mi hijo Nick dirigió otra. Los otros dos episodios los dirigieron Gbenga Akinnagbe, actor de Washington que participó en The Wire, y Stephen Kinigopoulos [su madre fue la jefa de peluquería de The Wire y Tremé; así conoció Kinigopoulos a Pelecanos, su mentor].

DC Noir está rodada íntegramente, cada plano, en Washington, el reparto nunca se trasladó a Virginia ni Maryland para rodar las escenas. Digo esto porque es muy inusual. Muchas de las películas ambientadas en esta ciudad están rodadas en otra parte. La razón por la que sucede esto es porque muchos directores obtienen descuentos o ventajas por rodar en Nueva York, Atlanta u otras ciudades y se desplazan hasta ellas, pero yo creo que no se capta bien el carácter de Washington cuando uno rueda una película sobre el DC en otra parte.

Una de las razones porque las que quise hacer esta película sobre Washington es para enseñar la ciudad, el ayuntamiento, sus barrios. Por eso me gustaría hacer más películas sobre Washington y ayudar a que se hagan en el futuro.

¿Y sucede lo mismo con las novelas sobre la ciudad?

Exacto. Los libros sobre esta ciudad no conocen la ciudad, son libros que no viven la ciudad. Hay varios autores muy buenos sobre Washington, como Edward P. Jones, quien nació y creció en la ciudad, pero no hay muchos y yo sentía que no se escribía con exactitud sobre mi ciudad y es lo que intento hacer con mis novelas.

Usted ha descrito sus novelas como reportajes urbanos y novela negra social. En ambos casos se apela, por un lado, a la actualidad y, por otro, a la realidad inmediata de los ciudadanos. ¿Cree que se trata de dos factores que explican el enorme éxito de la novela negra especialmente en los últimos, digamos, 15 o 20 años?

Hay mucho de eso. La novela negra, como hace la novela de misterio tradicional, describe un crimen en el primer capítulo y desarrolla la trama hasta que este crimen es resuelto al final. En el fondo, es una manera de indicar al lector que el último capítulo vuelve a poner el mundo en orden.

En en realidad ésa no es la forma en que funciona la vida real y, en realidad, es la gran mentira de las novelas de crímenes porque la gente sabe por experiencia propia que cuando uno pierde a un ser querido, sea por muerte natural o violenta, las vidas de quienes rodeaban a esa persona nunca vuelve a ser la misma, esas vidas quedan golpeadas por la ausencia de esa persona.

Así que la novela negra es popular por eso: porque por mucha oscuridad que uno ofrezca al principio, se le está diciendo al lector: las cosas volverán a estar bien al final, aunque uno sepa que en la vida real eso no es cierto.

Si uno lee sus novelas, se nota que hay un interés muy especial por los diálogos y por el lenguaje y el registro que emplea cada personaje. Hay muchas expresiones, modismos, lenguaje de la calle. Como lector, uno acaba conociendo a los personajes por la voz que tienen. Esto, además, le añade una dosis extra muy potente de realismo a sus novelas.

Cuando escribo me esfuerzo mucho porque ese aspecto esté muy cuidado. Siempre he puesto mucha atención a eso, incluso cuando era joven y no sabía que sería escritor. Cuando iba por la calle, en metro, en el autobús, en un bar, me ponía a escuchar qué decía la gente, cómo hablaban, de qué hablaban. Me encanta escuchar la voz de la gente. El secreto para mí es que cada uno tiene una voz diferente.

El error que muchos escritores blancos cometen cuando escriben es que le dan la misma voz a todo el mundo y la realidad es que si uno se encierra con 15 personas diferentes en una habitación y se tapa los ojos, cada uno de ellos, sean negros o hispanos o lo que sea, cada uno de ellos suena diferente si uno sabe escuchar. Todo el mundo tiene una voz única. La idea que hay debajo de todo esto es la de respetar a la gente y la manera de respetarla es darle a cada uno su voz diferente y para eso hay que escucharlos.

No soy en absoluto la típica persona que entra en cualquier sitio y se pone a estrechar manos y a hablar con todo el mundo, al contrario, soy alguien muy callado y mucho más que hablar me gusta escuchar a la gente. Haciendo eso uno aprende mucho más que hablando.

¿Le es más difícil hacer eso ahora, captar la manera en que se habla en la calle, que cuando empezaba a escribir y tenía treinta y tantos o cuarenta y tantos años?

¿Lo dices porque estoy acabado? [bromea].

No, no, lo digo en el sentido de que ahora es un escritor de éxito e imagino que le será difícil ir por los sitios, por Washington, su ciudad, sin llamar la atención, haciendo que la gente que lo rodea se comporte con naturalidad.

¡Yo soy básicamente anónimo! No hay mucha gente que lea ya. Nadie conoce a quienes escribimos. A menudo veo a alguien en la tele y me dijo: ¿quién es ése? Pero ellos son los realmente conocidos. Si uno sale en televisión, no importa lo que haga, entonces sí será muy reconocido, pero yo soy muy callado y discreto, soy así de fábrica y me dedico a escribir, así que alguna vez soy reconocido pero sólo ocasionalmente, muchísimo menos de lo que imaginas.

Lo que comenta es muy triste, de hecho, un tema central de su última novela tiene que ver con el poder redentor de la lectura, con el poder de los libros de cambiarte la vida. Es un tema recurrente en sus novelas.

Pero los teléfonos, las tablets, toda esa tecnología hace que mucha gente no lea. Uno también tiene que tener el tiempo necesario para leer. Una de las cosas que más me ha inspirado en los últimos años es ir a cárceles y ver cómo hombres y mujeres han descubierto la lectura. Es muy emocionante ver lo que los libros pueden hacer a las personas, el modo en que cambian, la forma nueva en que ven el mundo.

Cuando voy a las cárceles y veo el entusiasmo de quienes leen, es una experiencia increíble. Aun así creo que está volviendo de nuevo la lectura, en los últimos diez años parece que se venden más libros, el libro se está recuperando, yo amo los libros como objetos y espero que nunca desaparezcan.

Hablando de temas esenciales en sus novelas y guiones, otro de ellos es el deporte.

Cuando era joven, adolescente y en mis veintitantos, mis amigos y yo, en general blancos, íbamos a otras partes de la ciudad, que era mayoritariamente negra, a jugar con otros y eran zonas muy diferentes a la nuestra. El deporte era una base común para conocernos unos a otros. También podía haberlo sido el entorno laboral o el interior de un bar, pero el deporte es diferente.

Una de las cosas que más me gusta del deporte es que hay una meritocracia real. Si quieres jugar en un equipo tienes que ganártelo. No importará quién es tu padre, cuándo dinero tiene, qué conexiones tiene. Sólo puedes ganarte tu puesto jugando bien. Creo que el deporte es una de las pocas áreas donde sucede eso. No hay nadie que juegue a un deporte profesional debido a su padre. Nadie.

En sus novelas hay mucha soledad urbana. A menudo los personajes no conocen el amor sino la amistad.

Si miras la mayoría de mis libros, donde la gente encuentra un remedio contra la soledad es en el trabajo y en la amistad. Me gusta mucho escribir sobre personas que probablemente no van a tener éxito en la vida, nunca van a ser ricos, ni famosos, pero encuentran cierta paz y redención en ir a trabajar cada día, incluso aunque sea un trabajo con malas condiciones, al fondo de una cocina, donde se relacionan con sus otros compañeros de trabajo.

No van a ganar mucho dinero haciendo eso, pero esa gente se levanta todos los días temprano y va a trabajar. Ésa es la vida de la mayoría de la gente, sobre todo en los barrios humildes, y ésa es la realidad que me gusta retratar en mis novelas.

Usted ha escrito mucho sobre las ciudades. DC en sus novelas, Baltimore en The Wire, Nueva Orleans tras el Katrina en Tremé y la Nueva York de los 70 y 80 en The Deuce, unos años muy violentos en esa ciudad. Todas ellas describen una crisis de la ciudad en particular y, en general, del Estado. Las ciudades se crearon como un espacio de libertad. El aire de la ciudad nos hace libres, era, de hecho, el lema de las ciudades medievales. ¿Qué está cambiando? ¿Qué está sucediendo con las ciudades?

Veo cada vez más una separación económica de la gente. La brecha no se está estrechando sino que se amplía cada vez más. Las políticas económicas de los gobiernos tanto nacionales como locales no están dirigidas realmente a solucionar eso. Estoy muy preocupado sobre esto, sinceramente [hace una pausa]. Sanders está haciendo campaña para ser presidente. Es un socialista [hace otra pausa]. Si él consigue la nominación muchos querrán matarlo por eso y se asegurarán de que todo el mundo en este país sepa que Sanders es socialista.

Y yo me pregunto: ¿qué tiene de malo el socialismo? Me gustaría que alguien me lo explicara. Mucha gente en Estados Unidos confunde socialismo con dictadura comunista… creen que es lo mismo. Mire, cuando este país vivió los años de la Gran Depresión [se desató con el crack bursátil de 1929 y se prolongó diez años más], el gobierno tomó medidas socialistas y puso a la gente a trabajar, hizo políticas para renovar el país, darle nuevas infraestructuras, modernizarlo.

Y esto mismo es lo que necesitamos hoy: un gobierno que trabaje para la gente y que la gente trabaje en lo que el país necesita y no un gobierno que tenga la prioridad del ejército o de la guerra; uno que no sólo mire a una parte del país sino a todo el conjunto como un solo país unido.