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Hoy es el futuro Marta Fernández: "La nueva normalidad es la utopía más cutre de la historia"

La periodista Marta Fernández reflexiona sobre la nueva normalidad, las fases de la desescaldada y el lenguaje de la pandemia del coronavirus. / LUIS GASPAR
La periodista Marta Fernández reflexiona sobre el lenguaje de la pandemia del coronavirus, de la nueva normalidad a las fases de la desescalada . / LUIS GASPAR

Marta Fernández (Madrid, 1973) ha pasado en ocasiones por imagen cuando es palabra. Hablada y escrita, de ahí sus textos en El País y Jot Down. Una necesidad de plasmar en papel su runrún interior que la llevó a publicar Te regalaré el mundo (Espasa), una novela donde Leo podría ser ella —aunque no sea más que un personaje contemporáneo— y Rossum, un Descartes del Madrid dieciochesco obsesionado con la muerte de su hija que ejerce de nuevo —que no moderno— Prometeo.

Un tiempo bífido. El de la crisis del periodismo y el del reinado de Fernando VI, casado con Bárbara de Braganza, tan lectora como la propia Marta Fernández, dispuesta a perderse en un laberinto eufemístico que es crucigrama caduco: el neolenguaje del coronavirus, un insólito léxico para una pandemia inédita en espera de la nueva normalidad. Lo hace en Hoy es el futuro, donde la expresentadora de Telecinco y Cuatro también cuestiona los circunloquios que camuflan o suavizan las medidas políticas y económicas impopulares.

¿Podría resumir tres meses en tres párrafos o le bastan tres líneas?

Me he convertido en un animal hibernando. En el fondo, mi carácter va con una cierta reclusión, por lo que el confinamiento me ha costado, pero no tanto. Lo más extraño de estos tres meses es que no sabías lo que había fuera. Se usaban términos propios de la guerra, aunque resultaba absurdo hablar de una batalla cuando el enemigo era invisible.

Precisamente le iba a preguntar si aborrece el léxico del coronavirus.

Totalmente. Primero, porque nos pintaron la enfermedad como si fuese la peste negra. Y segundo, por esa retórica bélica y al mismo tiempo impracticable: "Tenemos que luchar". Sin embargo, cómo vamos a luchar si...

Luego sacamos la faca... La nueva normalidad resulta un imperfecto y poco logrado oxímoron. El escenario actual es inédito, por lo que retomar la normalidad —que en sí misma siempre ha sido ordinaria y rutinaria— implicaría regresar a lo anterior, a lo pasado, a lo viejo o a lo antiguo, pero no a algo nuevo.

Es un término imposible. ¡Quién nos iba a decir que echaríamos de menos la normalidad! ¡Y quién nos iba a decir que la normalidad podría ser nueva! O sea, que habría novedad en lo que siempre habíamos vivido, algo contradictorio.

El léxico que acompaña el coronavirus y las fases de la desescalada es absolutamente descabellado, ya no solo por la nueva normalidad o por su carácter bélico. Por ejemplo, tú escuchas continuamente: "Vamos a salir mejores". ¿Pero cómo que vamos a salir mejores? ¡Saldremos iguales!

Principalmente, porque no salimos de ningún sitio más que de casa. Y lo hacemos igual, aunque con más mascarilla, que resulta incómoda y espera que el termómetro marque cuarenta grados... Nos gusta proyectar un futuro ideal o deseable, pero la nueva normalidad es la utopía más cutre de la historia.

Hablando de oxímoron, diría que —además de no significar nada — la nueva normalidad es muy poco literaria. Si acaso, entraría en el diccionario del neolenguaje político, repleto de eufemismos, y hasta encajaría en el vademécum de una realidad distópica.

Por supuesto. Si piensas en la idea de nueva normalidad, ¿cómo le llamaremos entonces a lo que hemos pasado? ¿La vieja extrañeza? Tendría mucho más sentido, aunque en todo caso podrían haber encontrado un término más poético.

Sin ánimo de establecer una comparación, Victor Klemperer analiza en un libro maravilloso, La lengua del Tercer Reich (Minúscula), cómo por medio del lenguaje se modela lo que pensamos del mundo. La nueva normalidad, efectivamente, parece un concepto de una novela distópica, si bien ahora todo es bastante distópico.

La vida misma... Ahí tiene a Julio Camba, el primer distópico.

Cierto, pero seguro que él habría encontrado un término bastante más apropiado para lo que se nos viene encima [risas].

¿Qué eufemismos políticos o económicos le irritan? Recuerde el "despido en diferido" del extesorero del PP Luis Bárcenas, cuya caja B era una "actividad extracontable sin carácter finalista".

El caso Bárcenas articuló un lenguaje que ya lo habría querido Cristóbal Montoro para sí, porque fue un gran creador de circunloquios y eufemismos para camuflar las subidas de impuestos, etcétera. El exministro de Aznar y Rajoy era el rey hasta que el PP se superó a sí mismo con Bárcenas.

No obstante, hay algo que me molesta mucho del "despido en diferido" de Bárcenas, porque todos nos quedamos con esa frase e hicimos chanza, pero nos olvidamos del asunto fundamental. Es decir, el extesorero seguía cobrando del partido y teniendo vía libre para entrar en Génova, por no hablar de la destrucción de sus ordenadores…

Sin embargo, toda aquella retórica nos dejó tan anonadados que ignoramos el objeto fundamental del tema: Bárcenas continuaba encargándose de las finanzas opacas del Partido Popular. Precisamente, los políticos utilizan esos neologismos o retorcimientos del lenguaje para que nos olvidemos del quid de la cuestión.

Aunque en el recuerdo sigue la "ponderación de los impuestos" de Montoro. O sea, agarre bien la cartera que sube el IVA...

Por no hablar de aquellos bonitos eufemismos para referirse al paro o a la amnistía fiscal [rebautizada como "medidas excepcionales para incentivar la tributación de rentas no declaradas"]. Actualmente, los neologismos surgidos con el coronavirus son feísimos, sobre todo si los analizas desde un punto de vista lingüístico. Distancia social, por ejemplo, es horroroso, sobre todo cuando estábamos encerrados en nuestras casas: debería ser aislamiento social, ¿no?

Hay muchos ejemplos de eufemismos, circunloquios y palabros feos, en la forma y en el fondo, aunque los primeros que me vinieron a la cabeza fueron los de Bárcenas. ¡Qué tiempos aquellos! ¡Nunca las cajas de puros fueron tan caras…!

Efectivamente, ni tampoco unos papeles tuvieron tan pocas consecuencias para quienes aparecían en ellos.

Las siglas, ¿con puntos o sin ellos?

A mí las siglas me gustan sin puntos, pero… En fin.

¿Es puntocomista?

No soy nada puntocomista.

Sólo la tilde en sólo.

Soy solotildista. Sin embargo, empleo fatal el punto y coma. Cuando lo hago, se lo comento a Juan Tallón —porque él es muy puntocomista— y nos reímos mucho: "¡Parad las máquinas, he escrito un punto y coma!" [risas].

¿Y el café? ¿Solo, cortado, con leche...?

El café, cargado. Y, cuando aprieta el calor, con hielo. Porque creo, como en La costa de los mosquitos, que el hielo es la civilización, por lo que se lo echo a todo, incluso al agua.

¿La vida está llena de icebergs? Es decir, debajo y detrás de lo que nos muestran o quieren que veamos, ¿hay mucho más?

Por supuesto. Empezando por nosotros mismos, que somos bastante icebergs, pues mostramos solo el piquito y escondemos qué hay debajo del agua. Incluso lo ocultamos a nosotros mismos, porque no nos gusta verlo…

Y mostramos una cara amable, durante estos meses a través de una pantalla, que más que televisión es teatro de la vida.

Solo he hecho dos videollamadas durante el confinamiento porque no me gusta hablar por teléfono, por lo que si le sumo la imagen ya me parece un espanto. Las reuniones virtuales de Zoom son una tangente de la escenificación de la vida en Instagram, Twitter y otras redes sociales. Quedas con amigos para tomar el aperitivo y debes preparar el escenario, cuidar tu presencia, no salir con el pelo alborotado… ¡Cómo no va a provocarte ansiedad! Por cierto, me llama mucho la atención que en las conexiones con entrevistados...

... el fondo sea una librería.

¡No! ¡Me sorprende que coloquen tan mal la cámara! ¡Enfocando la papada y mostrando todo el techo!

El ilustrador Eduardo Berazaluce anunció en Twitter que vendía un panel de cartón con la imagen de una librería tan falsa como su oferta. Obviamente, era una coña, aunque una tienda de decoración le copió la idea y por 150 euros cualquiera puede ser un gran lector de pega.

¡Es un idea fantástica! ¡Como los libros falsos que vendían para rellenar las estanterías, pero en versión display! Reconozco que, durante la cuarentena, los fondos de libros me han reportado grandes momentos de entretenimiento, intentando leer los títulos en los lomos. Soy muy voyeur y me interesa saber qué tiene la gente en sus bibliotecas.

¿Qué es lo que más le ha sorprendido?

Gente que yo pensaba que no tendría tantos ejemplares y, al contrario, otra que de repente solo tenía libros como de mesita de té. ¡Qué librería tan anodina y aburrida! [risas]

Tener libros no implica leerlos.

Claro que no. De hecho, algunas librerías estaban sospechosamente muy ordenadas...

Marta Fernández analiza el neolenguaje del coronavirus y cuestiona la nueva normalidad. / LUIS GASPAR

Volviendo a los eufemismos y a los nuevos significados, Miguel Catalán escribe en Mentira y poder político (Verbum): "Lo formal es feo y estrecho y lo informal, en cambio, hermoso y desenvuelto. Lo inflexible es rígido y obstinado, en tanto la flexibilización es ligera y juvenil". Podemos aplicar estos adjetivos a la precarización del mercado laboral.

Es todo una impostura, porque no puedes llamar flexibilización laboral a la posibilidad de que te puedan despedir con mayor facilidad.

Bueno, hay que optimizar los recursos…

Otro gran eufemismo, como la economía colaborativa, que significa que en los barrios del centro han proliferado los pisos de AirBNB. Algo que se ha notado especialmente durante el confinamiento, porque aquí los inversores han comprado muchos apartamentos para dedicarlos al alquiler turístico.

¿Cree que los términos de la pandemia han venido para quedarse? Por cierto, ¿usted es inflexible con la aceptación de nuevas palabras o cree que el uso hace la regla?

Los hablantes tenemos que construir el idioma y, de hecho, somos quienes lo hacemos. El problema es que los términos de la pandemia vienen impuestos, porque la gente hablaría del verano, no de la nueva normalidad. En cambio, soy un poco inflexible con el cambio del sentido o del contenido de las palabras. Por ejemplo, ¿por qué usamos afectar para todo, sea bueno o malo? "Nos va a afectar positivamente". ¡Digamos "nos va a beneficiar", porque ya tenemos un verbo para eso!

Hay que implementar el verbo beneficiar: seamos proactivos...

Otro horror... Porque, además, algunas de esas palabras la gente no las utiliza.

Habría que ponerlas en valor…

¡Otra expresión espantosa! También aborrezco "de los mismos", que tanto le gustaba usar al exministro del PP Ángel Acebes.

¿Y el neolenguaje del coronavirus ha venido para quedarse?

Creo que es circunstancial y que no calará entre la gente. Se nos olvidará, igual que se nos olvida todo. España es amnésica.

Además de perder la memoria de las palabras, ¿en qué se refleja también esa amnesia?

España es amnésica para todo. España no tiene memoria. En algunos casos, afortunadamente. Y en otros, nos lleva a repetir los mismos errores. Este país siempre está en un proceso de levantarse por la mañana y no acordarse de lo que pasó el día anterior.

¿Qué pasaría si mañana el lenguaje bélico declarase la paz o el enemigo invisible pudiese ser visto?

¿El enemigo invisible del coronavirus o el otro enemigo invisible que nos hemos inventado? El problema del lenguaje bélico es que, como el virus es invisible y nos decían que había un enemigo, empezamos precisamente a buscarlo en todas partes. Así, nos encontramos con los policías de balcón, esos vecinos que empezaron a criticar a quienes salían a la calle con sus perros, a insultar a una madre que paseaba con su hijo autista o a increpar a sanitarios que iban a trabajar o regresaban del hospital.

O a quienes curraban en un supermercado, exponiéndose al contagio.

Hay cajeras que han sufrido el mal humor de los clientes y han sido agredidas verbalmente. Tiene que ver con el lenguaje bélico: si no puedes visualizar al enemigo, porque es un virus, terminas proyectando tu ira hacia las personas. Otros trabajadores que la han padecido, por ejemplo, han sido los repartidores.

Los médicos y los sanitarios son unos grandes profesionales que durante la pandemia han dado lo mejor de sí mismos, aunque de repente fueron catalogados como héroes.

Es la otra cara de ese lenguaje. Por una parte, un sanitario desempeña su trabajo con gran profesionalidad, pero cuando alguien los considera unos héroes también lava su conciencia porque en el fondo no está haciendo nada. Por otra, está quitándole importancia a lo que hacen todos los días, porque si los médicos ahora son unos héroes también lo eran antes. Y yo los he visto en el hospital trabajando en condiciones muy adversas y por sueldos en ocasiones ridículos

Por ejemplo, yo tengo una mano que es un caso perdido [sufrió un accidente que le causó graves lesiones] y mi terapeuta ocupacional es maravillosa. Pocas profesionales he visto como esa mujer, pero tendrías que ver los tetris que tiene que hacer con los horarios para atender bien a sus pacientes. Poniéndolo todo de su parte, desde su pundonor hasta su tiempo, porque está sola en ese puesto. Entonces se queda media hora más para que la víctima de un ictus aprenda a escribir lo antes posible. Claro que es un comportamiento heroico, aunque lo ha sido siempre, no solo ahora.

La periodista y escritora Marta Fernández. / LUIS GASPAR

Si bien ha puesto en evidencia su mérito y su valor, como sucede también con la educación pública, no hace tanto las reivindicaciones de las mareas blanca y verde eran criticadas por algunos gobernantes.

Claro. Todo lo que nos está pasando ha reventado las costura del sistema. Esta crisis ha hecho que salieran a la superficie problemas que todos conocíamos, pero que preferíamos no ver, como la precariedad en la sanidad y en la educación. Por ejemplo, ahora los padres se están dando cuenta de la labor de los profesores, porque están muy estresados. Ojo, ellos tienen a su hijo en casa, mientras que los docentes tienen a treinta o más en clase, cada uno de su padre y de su madre.

Lo que más me inquieta es que todos lo estamos viendo, pero ¿vamos a hacer algo al respecto? Ahora mismo, ante una hipotética segunda oleada del coronavirus, deberíamos reclamar que nuestra sanidad y nuestra educación estén en condiciones; y que sus profesionales estén bien considerados y pagados.

En cambio, durante la pandemia muchos sanitarios fueron despedidos o su contrato no fue renovado.

Han despedido a profesionales y van a seguir haciéndolo. Yo estoy esperando que todos los que aplaudían desde los balcones salgan a la calle a apoyar a los sanitarios y a los profesores. Mucha gente se ha dado cuenta de la importancia de su trabajo y deberíamos darles las gracias.

Durante la desescalada parece que la tensión política ha escalado.

Y lo que seguirá escalando... Por cierto, otro término feísimo: desescalada.

Aceptado tras una oposición inicial por la RAE como "derivado opuesto de escalada", cuyo nuevo significado procede del inglés to escalate, es decir, aumentar rápidamente.

La RAE acepta muchas cosas, sí... Luego nos escandalizamos con palabras como amigovio, cuando se usa en algunos países americanos.

De hecho, la lengua española sesea, incluso en nuestro país, aunque muchos se miran al ombligo y piensan que la que se habla aquí es mejor. ¿Hay un buen español?

Bueno, afortunadamente hay muchos buenos españoles.

¿Pedro Simón es un buen español?

Es un buen científico y supongo que será un buen español.

¿Y, pese que no es su trabajo, es un buen comunicador?

Creo que es un buen comunicador porque sabe explicar términos complejos. No obstante, a estas alturas ya se ha convertido en parte de su trabajo después del máster en comunicación que ha cursado…

¿Debería haber dimitido? Aunque era muy temprano, el 31 de enero dijo que España solo iba a tener algún caso diagnosticado y que, si hubiese una transmisión local, sería muy limitada y controlada.

Uhm… No sé si tendría que dimitir, la verdad.

¿Cree que es un acto de responsabilidad seguir en el puesto y no abandonarlo en plena pandemia?

Si ahora dimite, ¿a quién pones en su lugar? Si lo hiciese, sería escandaloso. Él y muchos otros se equivocaron al principio, pero aguantó el tirón y bastante responsabilidad ha tenido como científico —porque él no es un político ni un comunicador— al dar la cara todos los días para explicar la situación.

Si Pedro Sánchez hubiese declarado antes el estado de alarma y paralizado la economía, ¿cree que se le habrían echado encima la CEOE, la CEPYME, los autónomos y la oposición?

Claro. Si lo hicieron después, imagínate si hubiese adoptado esa medida tiempo antes. Cualquier movimiento podría haber sido usado en su contra. La situación era endiablada: si hubiese tomado la decisión antes, lo habrían acusado de paralizar el país sin motivo; si lo hizo después, de actuar con lentitud sin tomar ejemplo de Italia o Portugal.

"España es amnésica para todo. España no tiene memoria"

En todo caso, el propio Pedro Sánchez reconoció que se había equivocado. No olvidemos que, antes de la aparición del coronavirus, el ambiente político ya estaba muy tenso y cargado.

Y, hablando de economía, ¿por qué ahora se autoriza un corredor Alemania-Baleares y se abren las fronteras a los turistas? Para que ciertos poderes económicos estén más tranquilos, ¿no? ¿O acaso el virus ya no es tan malo?

Marta Fernández analiza el lenguaje del coronavirus y de la nueva normalidad. / ASYA ERSHOVA

¿Cuáles son los ochomiles de la clase política española? Hay catorce montañas que superan esa altura, si bien no hace falta que cite tantos nombres propios.

Alfredo Pérez Rubalcaba.

Salvando las evidentes distancias, no era nuestro Andreotti —porque, además, Andreotti era mucho Andreotti...—, pero sí un viejo zorro de la política.

Claro. Era un político muy interesante, con sus luces y sus sombras. Como entrevistado era maravilloso y como orador, magnífico.

¿Duran i Lleida?

También fue un gran político y un gran parlamentario, reconocido por todos.

¿Y el señor de la mochila?

¡El señor de la mochila! ¡Me encanta!

Vaya, no me sale su nombre… ¡Labordeta!

José Antonio, además de un gran parlamentario, era una magnífica persona.

¿Se imagina un PP liderado por Soraya Sáenz de Santamaría? ¿Hubiese sido una buena ocasión para que una mujer fuese presidenta de este país?

El PP perdió una gran ocasión dejando que se fuese. Era una gran política, aunque no sé si para ser presidenta de España, porque desconozco si podría haber ganado unas elecciones. Ahora bien, es una de esas parlamentarias a las que se echa de menos en el Congreso.

No me olvido de Susana Díaz, la derrotada aspirante a la Secretaría General del PSOE. ¿A quién le gustaría ver a usted como presidenta o presidente?

Uf… No digo que los viese como presidentes, pero creo que hay una generación de jóvenes que desapareció de la política española. Y cuando me refiero a jóvenes no hablo de vacas sagradas.

¿Eduardo Madina?

Sí, hablo de Soraya, de Eduardo Madina, de Borja Sémper, de Nacho Uriarte... De repente, desaparecieron y es una pena. Porque se produjo una brecha con esos jóvenes que tenían el poso de la experiencia, de su trabajo en el Congreso y de cierta manera de hacer política. Los hemos perdido y no van a volver.

Por preparación, méritos y capacidad, no cabe la comparación, por ejemplo, entre Soraya Sáenz de Santamaría y Pablo Casado, ¿no?

Evidentemente, no son lo mismo… Y si retrocedes todavía más en el tiempo para establecer una comparación, Fraga era un político maravilloso. Para entrevistarlo, tenías que estudiar antes un máster. ¡Y levantarte a las seis de la mañana, porque te citaba tempranísimo! Pero valía la pena, porque era deslumbrante.

La oposición ha usado el coronavirus y las medidas para atajar los contagios como un arma arrojadiza contra el Gobierno y con fines electorales. ¿Cree que esa crítica furibunda y la propia gestión del Ejecutivo, pese a los errores, podrían beneficiar al PSOE si se celebrasen unas elecciones?

Probablemente sí. Ahora bien, las elecciones no están tan cercanas como pensamos. De aquí a que se celebren, esta España amnésica se habrá olvidado de las mascarillas, de los guantes, de lo que argumentaba la oposición y de lo que afirmaba el Gobierno.

Cuando sale a su ventana, ¿qué ve a lo lejos?

Cuando no observaba a nadie en la calle, veía el futuro más negro. Pensaba que íbamos a salir con muchísima más tensión y a tirarnos los trastos a la cabeza. Ahora, cuando la gente charla tranquilamente en las terrazas, pienso que hay muchas capas de realidad.

"Mientras nos burlábamos del despido en diferido de Luis Bárcenas, él seguía cobrando del Partido Popular"

Entre ellas, esa capa de tensión extrema de los políticos, que fue contagiada a los ciudadanos durante la cuarentena porque no teníamos otra cosa que hacer que estar todo el día enchufados a las noticias, tragando la bilis de unos y de otros. Además, su reflejo en las redes sociales es mínimo, porque no representan la realidad.

Cuando uno mira la calle se parece bastante a lo que había antes: lo que queremos es tener trabajo —muchos lo hemos perdido con esto— y que España vaya bien, porque entonces nos irá bien a todos nosotros.

La periodista y escritora Marta Fernández. / LUIS GASPAR

¿Era y sigue siendo, en cambio, el momento del diálogo? Curiosamente, en su novela no abundan, aunque sí hay diálogos encubiertos.

Siempre es el momento del diálogo, pero los españoles tenemos un problema. En vez de dialogar, tendemos a hacer monólogos paralelos. Lo hacemos en la vida cotidiana y también lo hacen los políticos. El compromise inglés no tiene traducción al castellano. Porque no es exactamente llegar a un acuerdo y porque aquí lo usamos con otro sentido, o sea, también es un eufemismo. Cuando un político suelta "lleguemos a un acuerdo", normalmente está diciendo "póngase usted de acuerdo conmigo", no "alcancemos un punto intermedio entre los dos".

Habla por boca de Leo, en primera persona.

Antes comentabas que apenas uso los diálogos directos. Aunque escribo algunos, me atraen las novelas que juegan con ese estilo, porque resulta divertido. Lo que no hay en Te regalaré el mundo son exclamaciones… No me gustan. Bueno, solo en los mensajes de Whatsapp.

¿Y las onomatopeyas?

Sí, me gustan bastante, pero las onomatopeyas más las exclamaciones, no.

Le decía que hablaba por boca de un hombre ¿Cuál es la dificultad y el riesgo de meterse en la piel del otro sexo o, si lo prefiere, del otro género?

Cuando escribí la novela, en la editorial me preguntaron por qué había elegido a un hombre para hablar en primera persona como protagonista. Bueno, todo tenía un sentido y a mí me resultaba más fácil que el personaje de Leo fuera un hombre. Es curioso, porque también me resultaba más fácil para que hubiera un alejamiento y luego no me preguntaran si yo era Leo. Sin embargo, al escritor siempre le terminan preguntando si el personaje en primera persona es él, cuando creo que el escritor está en casi todos los personajes de la novela.

De hecho, usted ha comentado que en el periodismo hay que ser serio, riguroso y objetivo, pero que en la ficción uno puede ser deshonesto.

Claro. La ficción es el patio del recreo, porque puedes permitirte cosas que no caben en otros formatos. Ahora bien, cuando me metí en la piel de Leo hubo momentos en los que me replanteé ciertas acciones porque quizás un hombre no las haría o no las expresaría de esa manera.

¿Quién es más camaleónico: una mujer o un hombre, una escritora o un escritor?

No lo sé…

Planteado de otra forma: cuando un escritor adopta una voz femenina…

Hay grandes autores que adoptan voces femeninas. En el fondo, estás adoptando la voz de un personaje. En ese sentido, nos podríamos plantear qué sucede en American Psycho, donde Bret Easton Ellis adopta la voz de un asesino, cuando el autor no lo es.

Es distinto. Tampoco Vázquez Montalbán era un detective privado, aunque Pepe Carvalho tuviese rasgos suyos.

Depende de la pericia del escritor y hay quien lo hace francamente bien. En el juego de escribir, es más divertido si te pones en el papel de alguien que no puedes ser… Yo no puedo ser un hombre.

¿Y quién sería más camaleónico?

Creo que no depende del género del escritor. Sería más camaleónico un buen escritor.

Marta Fernández y el lenguaje bélico: de la lucha contra el coronavirus a la nueva normalidad. / LUIS GASPAR

Mañana le encargan la dirección de un periódico. ¿Cómo sería?

¿El periódico o la dirección? [risas] Me gustaría que fuese en papel, porque soy una nostálgica. En mi casa, cuando era pequeña, era un ritual comprar dos o tres diarios el fin de semana. Y, en esa cabecera ideal, también desearía que los periodistas tuviesen tiempo para trabajar.

Leo: "La crisis no es del papel. Es de lo que lleva el papel". ¿El estado de las pantallas también es crítico?

El problema es lo que estamos ofreciendo… La culpa de la crisis del periodismo la tenemos los periodistas, no el papel, ni los digitales, ni las redes sociales. La tenemos nosotros, porque hemos subestimado a nuestros lectores y llenamos los medios de cosas absolutamente triviales e innecesarias.

Usted apuesta por un periodismo valiente, en el sentido de arriesgado y novedoso, quizás una vuelta a la nueva normalidad del nuevo periodismo. ¿Pero cree que el lector —o, si lo prefiere, la gente— está dispuesto a pagar por él? Teniendo en cuenta que hay suscriptores que no son grandes lectores de una publicación, aunque la apoyan económicamente para que haya una voz que difunda o refuerce su ideología.

No lo tengo tan claro, porque la gente está dispuesta a pagar por Netflix y HBO porque no solo le va a reportar horas de entretenimiento en su casa, sino también de socialización con sus amigos, quienes hablarán luego de las series que ven.

El periodismo es distinto, porque quizás piense que lo puede leer gratis —una mentalidad muy española: "¿Para que voy a gastar el dinero por algo que podría consumir de forma gratuita?"— y porque no va a socializar con sus amigos comentando las noticias que ha leído en un diario de pago. Es una encrucijada problemática para los periódicos, aunque en su día se pensaba que la gente no iba a suscribirse a plataformas de televisión de pago y terminó haciéndolo.

¿Cree que las series de Netflix, HBO, Movistar+ o Amazon Prime Video roban tiempo, generan enganche, nos encierran en una burbuja y terminan siendo alienantes?

Sí, porque son una forma de construir una burbuja o un propio universo que compartes con las personas afines a ti. Todos queremos ser diferentes y, al mismo tiempo, pertenecer al mismo club. Ese bombardeo de series, que te ves obligado a verlas lo antes posible para compartir impresiones, refuerzan esa burbuja. Lo que pasa es que parece menos alienante porque elegimos lo que nos gusta. O, más bien, creemos que elegimos lo que nos gusta…

Comentaba antes que usted había perdido el trabajo, una salida que casi coincide con el relevo de Soledad Gallego-Díaz al cumplirse sus dos años de contrato como directora de El País.

No sé si era el tiempo que necesitaba para desarrollar su proyecto, pero la sustituye Javier Moreno, quien ya había dirigido el periódico y conoce al equipo.

No obstante, muchos lectores aplaudieron en su momento el nombramiento de Gallego-Díaz y…

... y de lo que significaba Soledad. También agradecieron que volviesen algunas firmas que habían desaparecido del periódico, como Maruja Torres.

Que se vuelve a ir, por cierto. ¿Y ahora?

No lo sé. La prensa tiene un grave problema con la venta de ejemplares, acrecentado por el desplome de la publicidad.

¿Afectará a todas las cabeceras? ¿Vislumbra una mayor docilidad con el Ibex-35?

Si piensas que el periodismo, incluidas las televisiones, se mantiene gracias a la publicidad y que esta procede de las instituciones y de las grandes empresas, ya está el lío armado. Si tuviésemos otra concepción de la prensa y los lectores y los televidentes pagásemos por el producto, a lo mejor podríamos deshacernos de esa influencia, ¿no?

¿Ha sido el coronavirus la penúltima puntilla (de la crisis) del periodismo?

Claramente.

¿Llevará a los medios a amoldar su línea editorial y a practicar un periodismo menos agresivo y más amable con la gran empresa y la banca?

Probablemente veremos eso. En cambio, nunca verás ningún reportaje crítico con algunas empresas de este país.

Por no hablar de los sobres que rulan o rulaban por ahí…

Por supuesto. Y, más allá de esos casos, hay grandes empresas que están dando mucho dinero para mantener esos medios, por lo que no leerás críticas. Como tampoco las verás en los informativos de televisión contra determinados anunciantes, como los prestamistas o las casas de apuestas.

Y, por encima, el coronavirus ha coincidido con el momento en el que muchos periódicos implantaban su muro de pago. No podía haber caído en peor momento, aunque en el periodismo siempre cae en el peor momento porque siempre estamos en el peor momento...

La periodista y escritora Marta Fernández. / LUIS GASPAR

Crisis del papel, transición al digital, búsqueda de un modelo de negocio, crisis del 2008, recesión y coronavirus.

Y precarización de los periodistas.

Y una atomización de los medios —algunos muy interesantes o necesarios—, cuyas tarifas a menudo resultan insuficientes para que un freelance pueda vivir de su trabajo.

Es que no te dan para mantenerte, porque a los colaboradores cada día les pagan menos. Hay freelances clásicos, de una cierta edad, que en su día se sacaban un sueldo digno y ahora lo están pasando mal, cuando a lo mejor antes incluso preferían no estar en plantilla.

¿Antepone la inteligencia a otros rasgos de una persona? La bondad, por ejemplo, aunque ya se sabe que puede haber gente buena muy peligrosa.

Igual que puede haber gente inteligente muy mala. Pero no hay muchas personas interesantes en el mundo, y las interesantes suelen ser bastante inteligentes.

Si ambos tuviesen poder, ¿sería más peligroso un tonto malo o un inteligente malo?

Un tonto malo es lo más peligroso del mundo, con poder o sin poder.

¿Cambiaremos tras esta experiencia? ¿Para bien o para mal?

Creo que no cambiaremos. Saldremos iguales y seremos los mismos. Con el paso del tiempo, nos acordaremos de cuando estuvimos confinados tres meses en casa y lo contaremos como los abuelos cebolleta en quienes nos habremos convertido. A lo largo de su existencia, el ser humano no ha cambiado mucho. Eso de que seremos mejores es algo en lo que nos gusta creer, un mantra al que nos agarramos, pero seguiremos siendo los mismos.

Vamos, que tropezaremos tres veces con la misma grabadora.

No lo dudes [risas].