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Las diferencias con Irak minan la respuesta social

Expertos explican por qué la intervención militar española en Libia no saca a la calle a millones de personas tal y como ocurrió hace ocho años

JUANMA ROMERO

El icono de Irak sigue siendo demasiado fuerte, demasiado potente y vivo. Un hito. El emblema del ¡No a la guerra! que sacó a la calle a una auténtica marea humana. En España y fuera de ella.

Pero esto es 2011. Ocho años después, otra guerra. Esta vez, Libia. Una intervención militar por mar y aire auspiciada por la ONU contra el dictador Muamar Gadafi.

La respuesta social de 2003 y 2011 diverge. No hay por ahora millones de personas en todo el mundo manifestándose contra la misión internacional. Tampoco en España.

¿Por qué Libia no es Irak?

El análisis de expertos, partidos e intelectuales arroja puntos comunes. El más irrefutable, el paraguas de la resolución 1973 (2011) del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, aprobada el 17 de marzo con cinco abstenciones. En Irak no existió tal cobertura. Por ahora, además, no hay invasión terrestre, se preserva el amplio consenso internacional y EEUU guarda un papel más discreto. Luego, las lecturas se separan. Sobre todo en la izquierda, dividida en dos bloques: la que apoya la operación, con más o menos cautelas (PSOE, ICV, ERC, Equo), y la que la condena sin reparos –IU, PCE, BNG o Izquierda Anticapitalista (IA)–.

"Irak y Libia son situaciones radicalmente diferentes. Los historiadores tenemos que advertir qué hay de nuevo en el presente. El petróleo es una razón fundamental de las guerras desde el siglo XIX. Pero aquí asistimos a otra cosa: un proceso de revueltas en los países árabes, ansias democratizadoras en Túnez, Egipto, Yemen, Siria, Bahrein... Todo ello junto al fin de la retórica occidental con el islam, que ya no cuela", esgrime Lourenzo Fernández Prieto, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidade de Santiago de Compostela. "Aquella fue una guerra imperial, injusta, aquí hay un mandato de la ONU. Aquí no hay Al Qaeda, ni Hermanos Musulmanes, ni conspiraciones", añade. 

En febrero de 2003, un mes antes de la foto de las Azores, un 90,8% rechazaba una misión militar en Irak y un 66,9% prefería que España se mantuviera "neutral", según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). En abril, un 95,6% estimaba que toda guerra es "un desastre para todos" y otro 53,1% afirmaba que "nunca" debía producirse una intervención del Ejército. Sin embargo, un 57,6% creía que, en el caso de "regímenes tiránicos y peligrosos", la comunidad internacional podía intervenir. El organismo no ha vuelto a formular preguntas similares.

Los datos más recientes antes de Libia proceden del último barómetro del Real Instituto Elcano, de noviembre de 2010, pero como en anteriores oleadas, se inquirió por las misiones de paz de España en el extranjero. Las peor valoradas eran entonces Afganistán (apoyo del 42%, lejos del 58% de abril de 2008) y Líbano (respaldo del 39%).

Ahora, según el Publiscopio, un 55,1% avala la misión en Libia, y un 53,1% refrenda la participación de España.

En 2003, un 90,8% de los ciudadanos rechazaba el envío de tropas a Irak

¿No éramos pacifistas? "Es la sociedad más de izquierdas de toda Europa, y si ligamos izquierda y pacifismo, entonces sí", responde el sociólogo de la Universidad Complutense de Madrid Ignacio Urquizu. Joan Botella, politólogo de la Universitat Autònoma de Barcelona, "España se ha mostrado más adversa a la belicosidad que Francia o Reino Unido, pero menos que Alemania". De la enérgica posición anti-OTAN de los ochenta, añade, se ha caminado a la aceptación del Ejército, hoy la institución más valorada (5,71). "Ya no estamos en un pacifismo antimilitarista", dice. Es un "pacifismo coyuntural, no esencialista o radical", según Pedro Ibarra, catedrático de Ciencia Política de la Universidad del País Vasco.

"No hay tanta contestación porque los ciudadanos entienden que las circunstancias son muy distintas. En 2003 eran inciertas las causas (armas de destrucción masiva, que no existían) y las consecuencias. Ahora, las causas son muy ciertas proteger a los libios, aunque pesa la incertidumbre en las consecuencias. El No a la guerrano está tan claro", señala Sandra León, politóloga de la Fundación Alternativas.

IU, IA o el BNG no palpan ese altruismo occidental. Ni lo ve el profesor de Ciencia Política de la UNED Jaime Pastor que, aunque asume "diferencias importantes" con Irak, no se cree el "mal llamado intervencionismo humanitario", pues los aliados, en política exterior, no defienden "valores", sino "intereses". La más tímida respuesta ciudadana se debe, a su juicio, a que los motivos para salir a la calle "son menos claros" que en 2003, a la falta de "información equilibrada" o a la honda recesión.

La crisis sale de la boca de otros expertos. De Urquizu "La economía es un instrumento fuerte para medir y castigar al Gobierno; los conflictos internacionales son secundarios para la gente" o de Ramón Adell Argilés, sociólogo de la UNED: "La sociedad lleva tiempo desmovilizada, desvertebrada, descreída de los partidos, las instituciones y los sindicatos. Su problema es cómo tirar hacia delante". Joan Ridao o Francisco Jorquera, portavoces de ERC y BNG en el Congreso, también inciden en que la crisis monopoliza la agenda.

Que el PSOE ocupe la Moncloa cambia las cosas. No para todos los analistas, es cierto. Pastor subraya que si la guerrade Libia hubiera estallado con el PP en el Gobierno, la situación ganaría temperatura. Gaspar Llamazares, de IU, coincide. "Con Albert Camus podríamos decir que la desesperanza la crea el cinismo político: lo que vale en la oposición, no vale en el Gobierno". Desde el PSOE, su secretaria de Política Internacional, Elena Valenciano, lo niega: "La gente se levantó en 2003 contra una mentira, contra la foto de las Azores. Si hoy gobernara el PP y hubiera aval de la ONU, tampoco habría mucha contestación. Pero no tiene nada que ver José Luis Rodríguez Zapatero con José María Aznar ni Barack Obama con George W. Bush". Pareja reflexión aportan Ridao o Jordi Xuclà, de CiU. Para Gustavo de Arístegui, portavoz de Exteriores del PP, es la actitud "impecable" de su partido la que explica el sosiego. "No hemos agitado contra el Gobierno, como sí hizo irresponsablemente el PSOE en 2003. Ellos actúan de forma distinta en el Gobierno y en la oposición. El PP, con absoluta coherencia".

León, Urquizu o Ibarra no sitúan como factor "principal" que los socialistas estén en el Ejecutivo. "Los que apoyaron al PSOE son ahora muy críticos con él por la crisis", remacha la politóloga. La secunda Enric Tello, catedrático de Historia Económica de la Universitat de Barcelona: "Una movilización tan extraordinaria como la de 2003 es un pequeño milagro. Lo normal es no movilizarse. Pero entonces la crispación era máxima, insoportable, y contra Aznar ya pesaban numerosos agravios: la huelga general por el decretazo, el Prestige...".

La sociedad está más preocupada por la crisis que por lo que ocurre en el exterior

No ha ayudado a una más contundente respuesta social la fractura de la izquierda. Llamazares reconoce la posición "incómoda", pero rebate que IU quiera "patrimonializar el No a la guerra". Su compañera Inés Sabanés sostiene una tesis más matizada, y reclama una lectura del conflicto "no en clave de política nacional", electoral, sino poniendo el foco en los civiles libios. La división se ha trasladado también al mundo de la cultura. Unos, como Juan Diego, Almudena Grandes, Luis García Montero o Miguel Ríos, apoyan la misión como "mal menor". Otros, como Willie Toledo, Pedro Guerra o Juan Margallo, la censuran. "Los que respaldan la operación deberán decir por qué. Me cuesta entenderlo. Pero no es decepcionante, refleja las contradicciones de la izquierda", indica la escritora Rosa Regàs.

La certeza de que la protección de los libios esconde intereses "geoestratégicos" y petrolíferos y la "evidencia" del "doble rasero" de Europa y EEUU han soportado la argumentación de IU, BNG o IA.

"Los aliados quieren encauzar el futuro del norte de África, equilibrar las fuerzas del régimen, y los rebeldes, para forzar un reparto territorial y político. Si querían proteger a la población, había otras fórmulas: pasillos humanitarios, embargos... No hay nada más antihumanitario que un bombardeo", rubrica Llamazares. Raúl Camargo, portavoz de IA, agrega que las potencias occidentales están "incapacitadas para intervenir por su relación espuria con Gadafi". Y por la "instigación de la violación de los derechos humanos" como en Israel, señala Jorquera. Para Valenciano, "cada país tiene su dinámica y Occidente no puede imponer un tipo de democracia". "Si no intervenimos, habríamos mandado un mensaje letal, de desesperanza, a todos los que promueven la libertad en sus países". El apoyo a las revueltas lo apoyan igualmente los antibelicistas, refrenda Camargo. Y se probó ayer sábado en las calles de Madrid, en la marcha convocada por IU, IA y una decena más de organizaciones sociales

La opinión pública puede variar en función de cómo se desarrolle el conflicto

¿Moviliza la "hipocresía" de la coalición? Según Joan Botella, "los ciudadanos toleran un cierto grado de cinismo gubernamental". Según Xuclà (CiU), "¿el argumento del doble rasero significa no proteger a nadie?". Según Jordi Armadans, director de la Fundació per la Pau, "esa política cínica empieza a molestar". Por estar "avergonzados", los Ejecutivos europeos intervienen, movidos asimismo, dice, por una "opinión pública que empatiza con estas revueltas y que demandaba una reacción de la comunidad internacional". Claro que la solución final, a su juicio, no es la idónea, porque toda guerra "tiene factores incontrolados".

Esa incertidumbre puede jugar en contra de los aliados. Puede haber bajas españolas, masacres de civiles, un enquistamiento del conflicto. Peligros que Valenciano no desdeña y que puede mover al resto de partidos, sobre todo a los del crítico, ERC e ICV, como admite la ecosocialista Núria Buenaventura. "La batalla de la opinión pública no está ganada ni perdida de antemano", advierte Urquizu. Y el conflicto, recuerdan Llamazares y Armadans, apenas tiene una semana de vida, es "epidérmica". "Pasividad de la ciudadanía no es aquiescencia", resalta Tello. No valen confianzas. Porque los asideros, cuando se habla de guerras, se cuartean.


Esta semana, volvió la Guerra Civil y la no intervención extranjera del lado de la II República. Ed Miliband, el líder de los laboristas británicos, lo recordó el pasado lunes para referirse a Libia.  "Cuando vemos al pueblo libio indefenso atacado por su propio Gobierno, a la conciencia del mundo le debería dar asco ver que hubiéramos podido algo por ayudarles, y al final no lo hicimos". El historiador Lourenzo Fernández Prieto lo comparte: “¿Cuántas veces nos hemos quejado de que los Aliados nos dejaron tirados en 1936 y 1945? ¿Qué habríamos dicho si Gadafi hubiera entrado en Bengasi?”.

Tanto el politólogo Pedro Ibarra como Joan Ridao (ERC) admiten conexiones. Otros analistas objetan. Elena Valenciano (PSOE) lo ve una “exageración”, pero cree que en los dos casos “la no intervención era peor”. Gaspar Llamazares (IU) lo tacha de “grosera manipulación”.

Jordi Armadans (Fundación per la Pau) o Valenciano ven más analogía con la matanza de Srebrenica en 1995 durante la guerra de Bosnia. Entonces la comunidad internacional no actuó. “Todos hemos sacado lecciones”, dice Jordi Xuclà (CiU). 

 

Francia: casi todos contra Gadafi | Por Andrés Pérez, París

En 2003, Francia vivió un momento de comunión nacional. Entre 100.000 y 200.000 manifestantes, en su mayoría simpatizantes de la izquierda, el pacifismo y los sindicatos, pudieron insultar a George W. Bush con el orgullo de saber que eran los representantes de su Gobierno quienes le daban jaque en la ONU. Esa sensación de causa justa ha desaparecido: todos los antibelicistas prefieren ir de discretos. Y sigue sin haber manifestaciones antiguerra dignas de ese nombre. Según un sondeo, dos de cada tres franceses estará satisfecho si la guerra acaba con la caída de Gadafi.

Las manifestaciones de 2003 no fueron masivas respecto al resto de Europa. Normal, pues pronto estuvo claro que París lideraría la coalición antiguerra. Ahora, las cartas se han invertido. Es Nicolas Sarkozy quien quiere erigirse en comandante en jefe informal del planeta. 

Reino Unido: lejos de la "guerra contra el terror" | Por Iñigo Sáenz de Ugarte, Londres

Hace ocho años se deshicieron los pronósticos de los medios. El rechazo a la inminente invasión de Irak sacó a un millón de personas a la calle en Londres el 15 de febrero de 2003. Fue quizá la mayor manifestación política celebrada nunca en Reino Unido. Los políticos le dieron la espalda.

Ahora, Libia ha originado una respuesta distinta. El apoyo en la Cámara de los Comunes ha sido casi total. 557 diputados votaron a favor y 13 en contra. La opinión pública no muestra tanto entusiasmo. La diferencia es que se veía Irak como una parte fundamental de la llamada “guerra contra el terrorismo” emprendida por la Casa Blanca y alentada por Tony Blair. En 2011, la rebelión de Libia se sitúa en el contexto de las revoluciones árabes, pero indudablemente no promovida por EEUU y Europa.

Alemania: los pacifistas se quedan en casa | Por Patricia Baelo, Berlín

Cuando en 2003, el entonces canciller socialista Gerhard Schröder anunció que Alemania no participaría en la guerra de Irak, se desató una oleada de protestas masivas en todas las ciudades del país contra la invasión de EEUU. Se celebraron hasta 680 actos. En 2011, la reacción por Libia es distinta. Ni rastro de manifestaciones masivas. Apenas algunas concentraciones marginales y con no más de cien participantes. No es tanto que el sentimiento pacifista que tanto caracteriza a los alemanes se haya diluido, sino que la percepción es diferente.

Aunque hay críticas a Angela Merkel por su electoralismo, los medios no lo califican de guerra, sino que usan “misión”, “conflicto” y demás eufemismos. La tolerancia es mayor, pues se distingue (también entre la población) entre Irak y Libia.

Bélgica: protestas... por la falta de Gobierno | Por Daniel Basteiro, Bruselas

Ocho años después, los miles de belgas que salieron a la calle para unirse al grito contra la guerra de Irak se manifiestan, pero esta vez contra las medidas de austeridad o la clase política. Tras más de nueve meses de las últimas elecciones generales, los jóvenes de las reivindicativas universidades de la capital prefieren protestar contra la falta de Gobierno.

El Ejecutivo en funciones, que ha comprometido medios aéreos para la los ataques a Libia, ha acabado por llenar el vacío de una clase política que constituye el verdadero blanco de las protestas y manifestaciones celebradas en Bruselas. Los belgas han celebrado algunas concentraciones minoritarias junto a inmigrantes del norte de África para apoyar las revoluciones tunecina, egipcia y libia.

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