Público
Público

Incierto final de campaña

J. RAMÓN GONZÁLEZ CABEZAS

Las movilizaciones de los últimos días han dado un sesgo insospechado a la campaña justo cuando ésta enfilaba la recta final, donde prevalecen la redundancia y el efectismo. Un inesperado golpe de viento de corte genuinamente libertario, característico de las épocas de transición o de cambio, azota con fuerza el bosque del debate político institucional.

El fenómeno ha tenido el efecto saludable de romper la monotonía del discurso estereotipado y el asfixiante léxico de argumentario que inunda la pugna electoral. Pero ni siquiera eso justificaría tal movida y ahora ya aflora la pregunta del millón de dólares: ¿y después de la indignación, qué?

El ex presidente Jordi Pujol, el más veterano de los veteranos, ha buscado respuestas. 'No podemos quedarnos con la pura indignación', dijo el ex presidente durante los actos de la fiesta de la cultura catalana en la Universitat Jaume I de Castellón. Pujol, que se forjó como dirigente político en la trinchera del antifranquismo y durante la Transición, ha reconocido que se trata de un tema 'muy profundo' y recurrió a los tiempos difíciles del cambio democrático. 'Tiene un punto de semejanza con lo que pasa ahora con las manifestaciones de la gente joven; ese momento fue de gran radicalización, de todo es posible, y se puso de moda ser muy, muy de izquierdas', declaró.

Nadie se atreve a aventurar un pronóstico sobre la evolución del movimiento del 15-M ni la eventual influencia en las urnas. Tampoco hay unanimidad sobre el origen, la filiación y los objetivos de la movilización generada con el lema Democracia real, ya! El apelativo de los ‘indignados' describe un estado de opinión cuyas claves están al alcance de cualquier observador sensible, pero no es suficiente para determinar la naturaleza y las pretensiones reales de los implicados en esta aventura.

Más allá de las discrepancias sobre los móviles y los destinatarios de la protesta, que por principio siempre recae sobre quien gobierna, los candidatos y dirigentes políticos de todos los partidos han coincidido en animar a los manifestantes a expresar su desencanto a través de las urnas. Naturalmente, se trata de una forma sutil de pedir el voto en beneficio propio, por extravagante que pueda parecer en algunos casos. Pero el improvisado ejército de la desafección política insiste en marcar su territorio, ajeno al actual sistema institucional, social y económico.

Los mensajes son persistentes. Desde # acampadabcn, foro de comunicación improvisado ayer por los manifestantes concentrados en la plaza de Catalunya, estos se expresan con rotundidad: 'Queremos dejar claro que no nos representa ninguna sigla, ya sean partidos políticos (mayoritarios o minoritarios), organizaciones (del tipo que sean) o plataformas'. No hay lugar, pues, para los padrinos, ya sean de derecha o izquierda. A pesar de los esfuerzos de comprensión, simpatía o plena identificación de los candidatos y dirigentes políticos, la cautela de todos es bien patente.

Tras los debates que se suceden sobre el terreno, con un estilo y espíritu a caballo de la plaza Tahrir (liberación) y el viejo patio de la Sorbona de hace 44 años, los manifestantes han creído conveniente 'orientar' los medios de información en el intento de 'clasificar la inclasificable' con una serie de puntos. Pues bien, se declaran como 'un movimiento espontáneo, apartidista, asindicalista, pacífico y abierto'. Ni siquiera aceptan que se les reconozca con el lema Democracia real, ya!, por lo que no será nada fácil llegar a conclusiones concretas.

Ya que hemos mencionado la Transición, vale la pena recordar que en las primeras elecciones municipales de 1979 la abstención fue del 38,5%. En 1983, el restablecimiento de las instituciones catalanas de autogobierno animó sin duda la implicación de los electores, ya que la abstención bajó al 32,5%. Ocho años después, se disparaba ya al 42,2% y en las últimas elecciones municipales celebradas hasta ahora, en 2007, se batió el récord con más de un 46%.

Dado que se trata de los comicios con más proximidad entre candidatos y electores, el dato sobre el estado de salud de la democracia participativa sirve para explorar las razones del progresivo distanciamiento de algunos sectores de las clases medias y populares con el orden político y económico del sistema parlamentario. La crisis económica -el paro- ha hecho del distanciamiento un abismo.

La democracia es mucho más que votar cada cuatro años y los hijos de la generación que ha vivido-y protagonizado-la etapa de mayor progreso y bienestar del país se han quedado sin expectativas de futuro. Es cierto: se acabó la fiesta.

¿Te ha resultado interesante esta noticia?

Más noticias