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AGUAFUERTES

La juguetera erótica

Harta de penetrar en el "inframundo del sex shop machirulo", Sara Pérez abrió una tienda de juguetes sexuales para mujeres.

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Sara Pérez regenta Los placeres de Lola junto a Marisa Aranda. / HENRIQUE MARIÑO

- Buenas, ¿podrías cortarle el pelo al niño?

“Cuando abrimos, pensaban que esto era una peluquería”, recuerda Sara Pérez (Madrid, 1975). Basta un rápido vistazo a las estanterías para percatarse de la ausencia de champús, acondicionadores y lacas, pero aquella tienda diáfana, de colores cálidos y con ventanales a la calle invitaba a entrar a una vecina despistada con su hijo de la mano. “Entonces, la gente asociaba los sex shops con algo oscuro, nada que ver con esto”.


Ha pasado un mundo desde que Sara y su socia, Marisa Aranda, abrieron esta tienda erótica para mujeres, inspirada en un modelo que importaron de Londres. Un espacio acogedor no sólo para adquirir objetos sino también para asesorarse, con talleres, tertulias y actividades formativas sobre sexualidad. “Antes, para comprar un juguete, tenías que meterte en el inframundo”, explica la dueña de Los placeres de Lola, inaugurada en 2005 a rebufo de los programas radiofónicos y televisivos presentados por Lorena Berdún, cuando el bum de la juguetería erótica.

“Las mujeres no teníamos dónde comprar este tipo de artículos y, cuando ibas a un sex shop, lo hacías acompañada de colegas porque no se te ocurría ir sola. Luego, dentro, no había nadie que te aconsejara con criterio”, rememora Sara, que en diez años ha sido testigo de la evolución de sus clientas. “Al principio, no tenían idea de nada y te hacían muchas preguntas; ahora vienen con las ideas claras. Todo ha cambiado: años atrás, sólo tu amiga sabía que tenías un juguete, hoy se regalan bolas chinas en cenas de empresa”.

El porno, según ella, también se ha democratizado. “Del porno lineal, de mete-saca, protagonizado por una mujer siliconada que ejercía de objeto, hemos pasado a otro más accesible, con historias cercanas, cuerpos reales y situaciones verosímiles”, afirma Sara mientras muestra la saga XConfessions, de Erika Lust, que corporeizó las fantasías eróticas de sus fans. “Porno de autor con un enfoque diverso”, como los Dirty Diaries, trece cortos rodados por feministas suecas.

Los filmes, ensayos y novelas comparten baldas con dildos y otros artilugios que no son lo que parecen: polos de fresa de silicona; pintalabios y esponjas que vibran; muñecas japonesas aparentemente inofensivas… Trampantojos eróticos que han dado más de una sorpresa. “En un tuppersex intergeneracional que hicimos con motivo de una despedida de soltera, mostramos un patito. Entonces una mujer se quedó muda… No podía dar crédito, porque su madre, toda una abuela, tenía uno similar en el baño. Era un vibrador, claro”.

Los dobles, que estimulan la vagina y el clítoris, son los más vendidos junto a los We-Vibe, con forma de pinza y para usar en pareja, aunque las bolas chinas se llevan la palma. “Se han convertido en una herramienta terapéutica para fortalecer la musculatura del suelo pélvico, aunque también suponen una puerta para entrar en la juguetería erótica”, reconoce la socia de Los placeres de Lola, que siempre tuvo claro que el negocio debía estar ubicado en Lavapiés, un barrio madrileño con tradición de bares, locales y centros sociales para mujeres.

“La sexualidad es lo más profundo que tenemos y, por desgracia, no siempre la hemos vivido de manera saludable”, opina Pérez, quien cursó un máster en sexología como paso previo a la apertura de la tienda. “Veníamos de la militancia feminista y nos embarcamos en este proyecto como una forma de materializar la lucha por la igualdad de género, con el objetivo de que la mujer se empodere sexualmente”.

Después de varios años de veda, en los que los hombres sólo podían entrar acompañados, los clientes son de ambos sexos, aunque abunda el femenino. “La masculinidad también ha cambiado. Hay tíos que tampoco quieren entrar en un sex shop machirulo”, apunta Sara mientras abre su mano y muestra el producto más solicitado por el público masculino: un huevo masturbador. A sus espaldas, una erguida legión de dildos. “Hemos desterrado la palabra consolador, porque para consolarse hay que estar triste. Nosotras lo llamamos disfrutador”.

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