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El maestro de circo

Pedro Jesús Rascón lleva seis años dando clases a lomos de un carromato. "No cambiaría esto por un colegio convencional”

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Pedro Jesús Rascón, maestro del Circo Quirós. / HENRIQUE MARIÑO

“Pasa a mi casa”, invita con el brazo extendido. Pero donde él señala casa, solo se ve una puerta. La abre y aparece una cocina, que antecede al saloncito. Luego hay una segunda puerta, que da a una habitación, y otra más, que conduce al baño. Si no les parece mágico que el remolque de un camión dé tanto de sí, piensen que en la primera estancia se arremolinan cada mañana diez niños, con sus diez mesas, sus diez cuadernos, sus diez lápices y sus diez sueños. Una cría quiere ser peluquera de mayor, aunque hay otros cuyo deseo es ser alambrista, acróbata o antipodista.

Antipodista es una palabra tan rara que debe escribirse en cursiva, flexionada como las piernas de quien hace malabares con los pies. Pedro Jesús Rascón, en cambio, tiene que hacer equilibrios con sus alumnos, de distintas edades, procedencias y necesidades, a los que intenta mantener en alto sin que ninguno pierda la ilusión, que es precisamente lo que vende el circo. “Aquí descubrí mi verdadera vocación. Ya me gustaba la enseñanza, pero una vez que lo he vivido, sé que es lo que quiero”, confiesa.

Así lleva seis años, con la vida a cuestas. “Para esto hay que tener un poco de espíritu aventurero”, cree este maestro de circo, cuyo primer contacto con la docencia fue bajo una carpa. Había estudiado Magisterio en Úbeda y Psicopedagogía en Granada, donde se encontraba preparando las oposiciones cuando decidió apuntarse al programa de aulas itinerantes del Ministerio de Educación. “Es un reto profesional que también me ha hecho crecer a nivel personal, porque te encuentras con situaciones diferentes”.

El nomadismo, por ejemplo, un vuelta a empezar cada una, dos o tres semanas. Chavales que vienen y van, siguiendo la estela de sus padres. Un micromundo limitado por la circunferencia fronteriza que trazan los camiones y las caravanas. Los pequeños contratiempos que acarrea montar una polis blanquiazul en un par de días: que si la traída del agua, que si la luz, etcétera. Y luego esas pequeñas cosas evanescentes que apuntalan la rutina: el supermercado, el gimnasio, la piscina, el cine o el paseo hacia el centro de la ciudad, todas ellas con el gesto cambiante, como la mueca de un payaso.

“No puedes caer en la costumbre de ir del colegio a casa y de casa al colegio”. Sobre todo, si ambos comparten remolque y los separa sólo una puerta. Por eso, Rascón (un apellido que suena áspero, si bien da nombre a un pajarillo que se deja ver por los humedales) procura “hacer la vida que haría si no estuviese aquí”. Suena a trabalenguas, aunque quiere decir que de cuando en vez es necesario abrir la escotilla y respirar, salir al mundo exterior y tomar la población de turno por el destino definitivo. “Ahora bien, si llevo tantos años es porque resulta una experiencia enriquecedora. He visto a compañeros a los que se le saltaron las lágrimas cuando lo dejaron”.

Él comenzó a dar clase en el Circo Quirós este curso. Un mapa de España estampado en la pared muestra el itinerario que han seguido desde septiembre: Motril, Granada, Córdoba, Puertollano, Toledo, Carabanchel y, ahora, Leganés. Aunque está especializado en Primaria, la horquilla de edad va de los siete a los dieciocho años, pues tiene a una alumna de Secundaria para adultos. “Enseñar es complicado, pero también muy agradecido. Yo, ahora mismo, no cambiaría esto por un colegio convencional”, reconoce este maestro mimetizado con el paisaje circense. “Ayuda que soy una persona que no puede estar parada en ningún sitio”, añade Pedro, 36 años y oriundo de Begíjar, un pueblo olivarero de Jaén.

“Para entender el contexto del circo debes tener una mentalidad abierta y aproximarte a él de manera objetiva, sin prejuicios, porque su cultura y sus costumbres están muy arraigadas”. Una vez en el aula, el desafío es lograr que las clases sean dinámicas y motivar a los alumnos con actividades y juegos. En cierto modo, recuerda a una escuela unitaria, como las del rural, donde los niños están matriculados en distintos cursos y la atención es más personalizada. Él, para conseguir la atención del grupo, trabaja por proyecto o unidad temática, de modo que una mañana tocan números y otra, letras. “Intento que los mayores les expliquen los conceptos a los pequeños, así unos repasan y otros aprenden. En un colegio convencional todo está muy reglado, mientras que los itinerantes te permiten una mayor flexibilidad”.

Actualmente hay catorce profesores que trabajan a lomos de un carromato. Se llevan bien en la distancia y, cuando coinciden en la misma plaza, algunos quedan para verse. “A veces estás solo, pero a la vez no eres capaz de desconectar”. Llega la tarde y hay que tratar un asunto con algún padre. O alguien llama a la puerta y grita: “Profe, me aburro”. Y luego, claro, la labor callada e invisible de preparar las clases del día siguiente, cuando un niño le llegará diciendo que no pudo hacer los deberes con la excusa más peregrina: que estuvo enfermo, cuando él lo ha visto jugando desde su ventana. A eso se refiere con lo de estar enchufado todo el tiempo.

“Precisamente, nosotros, los maestros de circo, somos eso: una ventanita hacia el mundo exterior”, reflexiona. Los que organizan intercambios con otros colegios, visitando y recibiendo a otros niños. Los que los llevan de excursión para que vean los museos y monumentos de allí por donde pasan. Y, lo más importante, los que les explican el mundo, todo eso de ahí afuera, desde otras perspectivas. Pedro, a veces, parece que se va a emocionar, pero contiene el ánimo para que no se desborde. Entonces abre una puerta (de la misma forma que él se ha abierto a las preguntas de un desconocido) y luego otra, que ya es la de la despedida. “Formas parte de la familia del circo”, se sincera Pedro mientras sale del aula. O sea, de su casa.

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