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"Ser pobre no es pasar hambre"

Familias con apuros económicos acuden a las entidades sociales para llegar a fin de mes

PAULA DÍAZ

Sola, con una hija adolescente, embarazada y sin trabajo. Así se encontraba Marta Criollo hace menos de un año, cuando se vio obligada a solicitar ayuda de organizaciones humanitarias. "Llevo 16 años en España, tengo la doble nacionalidad y formación en Administración de Empresas. Aun así, la compañía para la que trabajaba me echó en cuanto me quedé embarazada", explica.

De la noche a la mañana, Marta pasó de poder mantener a su familia a tener que pedir ayuda para comprar pañales y leche para su bebé. "No tengo familia aquí, no podía regresar a Ecuador y nadie quería darme trabajo: ni embarazada, ni después", recuerda. Así que se informó sobre los "cheques bebé" de la Fundación La Caixa, con los que consiguió alimentación e higiene para su pequeño.

Uno de cada cuatro niños vive en hogares en el umbral de pobreza

La Obra Social La Caixa lleva desde 2007 financiando proyectos de otras organizaciones como Cáritas que ayudan a familias en situación de vulnerabilidad. Hasta el momento, han ayudado a 170.937 menores. Y es que, según Unicef, uno de cada cuatro niños vive en hogares con ingresos inferiores al umbral de la pobreza, 16.684,5 euros para una familia de dos adultos y dos menores de 14 años.

"Al principio me dio mucha vergüenza tener que acudir a Cáritas", cuenta Marta. "Ahora se lo recomiendo a todo el que se vea en una situación parecida, porque esto le puede pasar a cualquiera", asegura.

"La gente que acude a nosotros no está en una situación de pobreza extrema, pero tienen diferentes necesidades que van desde problemas socioeconómicos a familias cuyos hijos no tienen un espacio adecuado para estudiar", señala Susana Hernández, técnico responsable de Cáritas Madrid, dentro del proyecto ProInfancia de La Caixa.

"El tener que pedir ayuda le puede pasar a cualquiera", cuenta Marta

"Ser pobre en España no significa pasar hambre, pero sí tener más posibilidades de estar desnutrido o tener más dificultades para afrontar gastos de educación y sanidad", apuntan también desde Unicef.

Laura, Ana y Víctor, de 11, 9 y 7 años, respectivamente, son tres hermanos que acuden, dos veces por semana, a las clases de apoyo escolar y a los diferentes talleres que organizan en el Centro Educacional del Menor de Cáritas Madrid. "¡Acabo de hacer un portavelas con un vaso de yogur!", exclama Víctor, entusiasmado. Laura y Ana, sus hermanas, también están "encantadas" con las actividades.

Cáritas: "La gente que nos necesita no tiene por qué estar en pobreza extrema"

Susana Montenegro, la madre de los pequeños, decidió apuntarse en el programa ProInfancia por varias cuestiones. "Estoy en paro y mi marido ha vuelto a trabajar hace sólo un mes. Yo ya no puedo ayudar a mis hijos con los deberes hay muchas cosas que se me escapan y no podemos pagar a un profesor particular", explica.

"No es por presumir, pero nuestros hijos ahora son los primeros de su clase", apuntan Luis Alonso y Mercedes Aparicio. En su caso, los dos trabajan pero decidieron llevar al centro a Sara y David, de 11 y 14 años, para ayudarles a socializar con otros jóvenes de su edad. "Nuestro barrio se ha quedado viejo y no quedan niños con los que puedan jugar", explican. Por eso los mayores asisten a la escuela de padres e, incluso, reciben orientación laboral o psicológica, "en función de las necesidades de cada familia", explica Hernández. Y el apoyo es fundamental para las familias que más lo necesitan. Daira Tandazo es ecuatoriana, lleva trece años en España y tiene dos hijas de 10 y 2 años. Ella se quedó sin trabajo cuando su pequeña, discapacitada, se puso enferma y tuvo que hacer continuas visitas al médico.

"El sueldo de mi pareja no nos alcanzaba para pagar el alquiler, el colegio y los gastos del día a día", recuerda. Ahora, que ya ha conseguido volver al mercado laboral, relata la ayuda que ha recibido del proyecto. "Me ayudaron económicamente pero también con cursos de formación y con orientación laboral", explica. Pero lo que más agradece es el apoyo personal de los voluntarios y trabajadores del centro. "Cuando no tenía a nadie, ellos se convirtieron en mis verdaderos amigos", concluye.

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