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El poeta que habita la mente del asesino

Miguel Ángel Manzanas iba para ingeniero pero lo dejó por la literatura. Ahora prepara un libro sobre un puñado de criminales psicópatas que tiñeron de rojo el mapa europeo

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Quedé con él para hablar de literatos impotentes y terminamos charlando sobre psicópatas polacos. Miguel Ángel Manzanas es desconcertante. Un tipo que se te aparece en los bares cada tanto con un discurso que empalma con la última frase del encuentro anterior. Estás acodado en la barra y te llega la ráfaga, porque Miguel Ángel, al que lógicamente todo el mundo llama Manzanas, habla como una metralleta. 'Me he matriculado en Criminología', apunta, y ya digo que habíamos venido a hablar de letras. Ahora resulta que anda detrás de las ovejas negras de la humanidad.

Estudió Telecomunicaciones, pero se plantó en cuarto. 'No me gustaba. La verdad es que, antes de entrar en la universidad, no tenía vocación de nada'. Fue un bachiller brillante y había encarrilado la Ingeniería, aunque su pasión era la literatura. Por eso decidió opositar, en busca de un trabajo que le dejase suficiente tiempo libre para leer y escribir. Tiene ya dos poemarios en su haber: Viviendo de reojo (Universidad de Granada) y Cuaderno de paseo (Ediciones Vitruvio). 'Pasé de los sonetos a la poesía de la experiencia: la noche, el sexo, la ciudad...'. En este caso, Madrid, donde nació en 1980. Decía David Trueba que uno madura cuando tiene más años que su jugador de fútbol favorito: 'Rooney'.

Ahora le sigue la pista a los criminales psicópatas. Prepara un libro con un buen puñado de ellos: europeos y del siglo XX. 'Tres de cada cuatro son estadounidenses', explica. De ahí que, para huir del tópico, rastree salpicaduras en el callejero europeo. 'Francia, Inglaterra, Alemania y Rusia se llevan la palma, mientras que España es el país que tiene menor índice de asesinos en serie'. Está la doble vida de Jean-Claude Romand, un impostor que mató a sus hijos después de ver Los tres cerditos. O el ego desbordado de Krystian Bala, detenido tras describir en una novela un crimen similar al que había cometido. 'No me atraen los pasionales sino los racionales. La ejecución en sí misma, como acto, tampoco me interesa. Me inquieta, sin embargo, lo que falla en ese cerebro, la perversión del autor, la psicología errada'.

Lo de la sangre le viene de niño, mucho antes de la pluma. 'Literatura y crimen, además, están ligados, son actividades tangenciales'. Escribir sobre asesinos, quiere decir, no escribir y matar a un tiempo. En ese sentido, los archivos policiales de medio mundo han registrado apellidos ilustres como Conan Doyle, Althusser o Burroughs, mientras que los de aquí han hecho lo propio con Benigno Varela y Alfonso Vidal Planas.

'En todo caso, lo mío no son los criminales a secas sino los psicópatas', matiza. Esas células durmientes del horror que maquinan un crimen mientras le salpimentan una pechuga de pollo a su esposa. Gente sin remordimientos, escrúpulos ni sentimientos de culpa. 'Lo de José Bretón es alucinante. Los psicólogos miden la empatía por el contagio de los bostezos, algo de lo que carece él, quien nunca ha abierto la boca', concluye Manzanas, un poeta que habita en la mente del asesino pero que jamás desearía proyectarse sobre la piel de la víctima.

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