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Rajoy pide a Zapatero que "garantice la imparcialidad"

El líder del PP aprovecha sus mítines para cargar también contra José Blanco y Magdalena Alvárez

MARÍA JESÚS GÜEMES

El líder del PP, Mariano Rajoy, estaba ayer sembrado. Galicia –donde va a estar 11 días de campaña frente a los 4 que va a pasar en el País Vasco– le sirve para recargar pilas. No pierde el tiempo y apunta bien hacia sus objetivos. El ministro de Justicia, Mariano Fernández Bermejo, y el juez Baltasar Garzón, son sus favoritos. La cacería que protagonizaron juntos le está dando para muchos chascarillos en sus mítines.

También los gastos de la Xunta en mobiliario le sirven para denunciar “el lujo asiático” de Emilio Pérez Touriño (PSOE). El “engaño” al que sometió Anxo Quintana (BNG) a unos ancianos que iban a Portugal completa el repertorio. Ayer a los sketches habituales se sumaron otros dos. El dirigente conservador cargó contra José Blanco, vicesecretario general del PSOE, y contra la ministra de Fomento, Magdalena Álvarez.

La primera andanada se la llevó Blanco. Rajoy, que acudió a un acto en Ribadeo (Lugo), aprovechó que estaba en la provincia del socialista para pedir una explicación de por qué “se ha construido un dúplex en una batea (plataforma de marisco)”. Ya el día anterior había comenzado a hablar de “Villa PSOE o urbanizaciones Pepiño Blanco”.

La segunda fue dirigida hacia Álvarez que se encuentra de viaje en Siberia. “Hace poco nevó en España y hubo que cerrar los aeropuertos. Y como se enteró de que allí había mucho nieve, se dijo a ver qué hacen”, dijo burlonamente.

Pero su mayor diana es Zapatero. Ayer el presidente del Gobierno, que se encontraba en Vigo, le pidió que dejara de “intimidar” a jueces, fiscales y policías. Rajoy entró a saco: “Lo que tiene que hacer es garantizar la imparcialidad y evitar que el Bermejo se vaya de cacería con un compañero de escaño de Zapatero (refiriéndose a Garzón)”.

Además, Rajoy se puso lorquiano. Parafraseando al poeta granadino y su Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías, se empeñó en recalcar que a las siete de la tarde –y no a las cinco como en la elegía del torero– aún “no había cesado Bermejo, ni Garzón se había inhibido, ni se sabía que disparaba el coche de Touriño, ni qué se sentía en un silla tan cara”.