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Ruiz-Gallardón pone a prueba al grupo de concejales aguirristas

El alcalde obliga a sus ediles a apoyar sin fisuras la candidatura de Rajoy a la reelección

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Alberto Ruiz-Gallardón marcha por la senda del marianismo. Y él el primero. Cuatro días después de las elecciones, dijo dos cosas: que se quedaría en el Ayuntamiento de Madrid hasta 2011 y que otorgaba su apoyo “sin condiciones” al presidente del PP en su decisión de no dimitir y presentarse a su reelección en el XVI Congreso Popular. Pero ayer quiso someter a ese acto de fe a sus concejales. A todos. A los gallardonistas pata negra y a los aguirristas (una docena de entre los 34 elegidos en 2007).

El regidor anduvo listo. En la reunión con su grupo municipal, coló por sorpresa, una moción de respaldo a la candidatura de Mariano Rajoy. En el guión sólo constaba felicitar al líder del PP y a Esperanza Aguirre por sus “magníficos” resultados el 9-M. Lo de apoyar a Rajoy era un añadido de última hora. Gallardón, a través de su mano derecha, Manuel Cobo, obligó a sus concejales a votar a mano alzada. Fuentes próximas al alcalde señalan que el edil de Villa de Vallecas, Ángel Garrido, mostró objeciones. No veía oportuno interferir en el proceso de renovación del PP. Público intentó localizar al concejal, sin éxito.

“Fue un golpe de efecto del alcalde”, reconocen desde el entorno del regidor. “Quería retratarles, por si Aguirre decide dar un paso al frente”. Gallardón obtuvo lo que quiso: el respaldo a Rajoy fue “unánime”.

Desde el círculo de la presidenta no mostraron “perplejidad” por la respuesta de los ediles aguirristas. “Nadie puede decir a Esperanza que no apoya a Rajoy cuando se dejó la piel en la campaña. ¡Claro que está con él! ¿Es que alguien lo dudaba?”. Gallardón tal vez sí. Su pulso con Aguirre no ha terminado. Aún no.

 

Tirios y troyanos esgrimen razones técnicas a cada cual más vistosa, pero es difícil no ver un nuevo indicio de guerra. Gallardón quería sacar cuanto antes su apuesta estrella de este mandato, la remodelación del eje Prado-Recoletos. Y Aguirre le dijo esta semana que no tan rápido. Que una reforma tan profunda del tejido urbano de Madrid –afecta a 160 hectáreas– precisa de declaración de impacto ambiental. Para emitir ese informe, la Comunidad dispone de nueve meses.

Aguirre cree que reducir el tráfico en el paseo del Prado inundará de coches las zonas aledañas, una previsión que dice no encontrar en el proyecto que elevó el Ayuntamiento tras el pleno del pasado 31 de enero.

Gallardón no se rinde. Ayer mostró músculo. Anunció que iniciará de inmediato dos obras del plan: la reforma de las plazas de las Cortes y de Atocha. Ninguna de ellas queda bajo el manto de zona de Bien de Interés Cultural y se escapan, por tanto, al control de la Comunidad. El alcalde pidió a Aguirre que no retrase el resto de las obras, que respete la “independencia” del Consistorio y que se sume al “consenso” forjado en torno al proyecto (Gobierno central, alcaldía y Fundación Thyssen).

Pero el Ejecutivo regional ve aún problemas. La reforma “es una”, subrayó el vicepresidente, Ignacio González, aunque se estudiará su desgajamiento. “No hay interés en demorar, impedir o paralizar el proyecto”.