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Los 'por qué' de todo lo sucedido

Ocho claves para comprender lo que ocurrió ayer durante la jornada electoral

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¿Por qué ha superado la participación el 75%?

Manuel Rico

En España se han celebrado diez elecciones generales, contando las de ayer.

Y, desde el punto de vista de la participación, se pueden dividir en dos grupos: comicios que los electores percibieron como especialmente importantes, en las que el número de votantes siempre ha superado el 75%, y convocatorias de continuidad, cuando no existe gran polarización de los votantes y tampoco una pulsión de cambio político.
Elecciones de continuidad se produjeron en 1979, en 1986, en 1989 y en 2000. En todas ellas ganó el partido que estaba en el Gobierno y la participación se situó entre el 68,4 y el 70,4%.

En las otras seis convocatorias, los españoles acudieron a las urnas en un clima de enorme politización: las de 1977 fueron las primeras elecciones tras el franquismo; en 1982 era reciente el intento de golpe de Estado de Tejero; en 1993 y en 1996 los socialistas estaban castigados por el GAL y la corrupción; en 2004 se produjo el atentado islamista del 11-M, y, en 2008, los españoles votaron después de cuatro años de enfrentamiento a veces brutal entre PSOE y PP.

Yolanda González

La carrera hacia el 9-M ha favorecido el bipartidismo. Ayudados principalmente de  los esperados debates televisados entre Zapatero y Rajoy, por momentos, los ciudadanos han podido percibir que sólo dos formaciones políticas se la jugaban en las urnas. Y es esta polarización la que se ha plasmado a la hora de votar.

A este hecho se suma un sistema electoral que favorece a los partidos más respaldados por los ciudadanos. En todas las elecciones celebradas desde el comienzo de la democracia, los dos grandes partidos siempre han acumulado más del 80% de los asientos en el Congreso de los Diputados. Concretamente, en 2004, socialistas y conservadores acapararon cerca del 90% de los escaños de la Cámara Baja.

En este contexto en el que la ley electoral favorece a las dos formaciones que han recibido más apoyo por los ciudadanos en las urnas, se entiende aún más la tendencia de los ciudadanos al voto útil. Los electores, conscientes de que la ley electoral castiga al resto de partidos, suelen decantarse, cada vez con más frecuencia, por uno de las dos formaciones mayoritarias. Así, IU se configura como uno de los grandes perdedores. Muchos de sus votantes han sido atraídos por el PSOE.

Alicia Gutiérrez

Vista con simpatía por sectores ligados a la derecha –que creyeron encontrar en Unión Progreso y Democracia (UPyD) la cuña progresista con que horadar el suelo electoral del PSOE– y por una parte de la llamada izquierda exquisita, Rosa Díez ha logrado meter la cabeza en el  Congreso.

El suyo es sólo un escaño y no los cinco con que, al comienzo de la campaña y en un alarde de optimismo, cifró las expectativas de su joven partido. Pero lo cierto es que la ex eurodiputada socialista ha logrado su acta de diputada con voto procedente de PSOE e IU: es decir, ha arañado apoyos de izquierdas en una circunscripción clave como Madrid, donde sus postulados regeneracionistas y jacobinos han calado.

Arropada por intelectuales como los escritores adscritos al ámbito de la izquierda, Antonio Muñoz Molina y Álvaro Pombo –el único candidato al Senado en España que ha  confesado su deseo de no ser elegido–, UPyD recibió al final un apoyo que habla por sí  mismo: la petición de voto a su favor hecha por el diario El Mundo.

Salomé García

Poco antes de las 6 de la tarde, la euforia recorría las plantas más altas de la sede del PSOE en Ferraz. José Blanco, conocido como el bruxo de los sondeos, pidió rebajar el entusiasmo y transmitir alegría contenida a los 700 periodistas presentes en la sede. Temía el secretario de organización del PSOE que la victoria que entonces ya daba por segura, pareciera una derrota si no llegaba a los 176 diputados que le dictaban sus sondeos.

Acertó Blanco. Los 169 socialistas que se sentarán en el Congreso son suficientes para que el PSOE gobierne con holgura los próximos cuatro años. Bastará el apoyo del grupo mixto y/o la abstención de los nacionalistas catalanes y vascos para que José Luis Rodríguez Zapatero sea investido de nuevo presidente. Sacar las leyes adelante será aún más sencillo. Pero acertó, porque la victoria de ayer podría haber tenido un sabor amargo si los simpatizantes hubieran esperado una mayoría absoluta.

Basta repasar dónde gana y pierde escaños Zapatero para deducir cuáles serán los “errores” que anoche prometió subsanar el presidente. El empeño por el Estatut de Catalunya le ha reportado allí 4 escaños más de los que logró en 2004. Los catalanes, ésos que el PP creía que iban a abandonar al PSOE tras el suplicio de los apagones y los parones en Cercanías, han agradecido el Estatut (y el AVE) como esperaban los socialistas. Pero el agradecimiento catalán se torna agravio en Andalucía, donde el PSOE deja 2 de los 38 diputados de hace cuatro años.

En el País Vasco, el intento por lograr la paz, aunque fallido, convierte al PSOE en primera fuerza.

El escaño que los socialistas pierden en Madrid no es un éxito de Esperanza Aguirre, sino de Rosa Díez. Quizá por eso faltó ayer la lideresa en el balcón de Génova. 

Jesús Maraña

Las urnas han decretado por segunda vez en cuatro años que el Partido Popular se quede en la oposición. Y las urnas españolas, desde una perspectiva histórica, derrochan sentido común desde 1977. El PP, por iniciativa propia o dejándose guiar por sus oráculos mediáticos, perdió ayer por las mismas razones que se estrelló hace cuatro años: por intentar engañar a los ciudadanos y por equivocarse radicalmente en Catalunya.

Son discutibles algunos de los mimbres de su estrategia electoral, como el fichaje de un SuperPizarro que no aguantó el primer asalto a un Pedro Solbes con un solo ojo. Ese debate supuso el varapalo más importante de la campaña, porque el PP había basado buena parte de su discurso en el catastrofismo económico. Son discutibles también algunas ocurrencias como la de la niña de Rajoy, voluntaria y machaconamente convertida en icono del último tramo de la campaña.

Sin embargo, ni la niña ni el tío Pizarro bastan para explicar la derrota, porque el resultado electoral de ayer empezó a fraguarse el 14 de marzo de 2004. Desde ese mismo día, la derecha política y mediática inició una nueva cruzada dirigida a poner en duda la legitimidad de aquella victoria del PSOE. En lugar de afrontar la autocrítica por la indigna gestión de los atentados del 11-M, el PP se obcecó en mantener prietas las filas. No fue capaz de renovar su dirigencia, ni siquiera de aparentar cierta distancia respecto a José María Aznar, máximo responsable de aquel desaguisado.

Durante estos cuatro años, el PP –aunque lo creyera–  nunca se ha planteado en serio el objetivo de volver a gobernar España, sino el de echar a Zapatero de La Moncloa. Y no es lo mismo. Cuando la política se guía por el rencor echa mano de cualquier arma, y tanto le sirve la utilización de las víctimas del terrorismo como la exageración permanente en la crítica al adversario.

La derecha se ha instalado en un discurso nacionalista español que fracasa una y otra vez en Catalunya, aunque le reporte ganancias en Andalucía, en Valencia o en Madrid. ¿Seguirá en la misma senda sólo por haber mantenido ayer la diferencia con el PSOE en votos y escaños? El PP tiene la palabra.

Vicente Clavero

Izquierda Unida ocupará sólo dos escaños en el Congreso durante la próxima legislatura. En los comicios celebrados ayer, la coalición cosechó los peores resultados de toda su historia. Ni siquiera el PCE, cuando se presentaba con su propia marca electoral, tuvo nunca una presencia parlamentaria tan reducida. En las generales de 1982, que dieron la primera mayoría absoluta a Felipe González, los comunistas lograron retener cuatro actas, dos más que ahora.

Entonces hubo un trasvase de papeletas hacia el PSOE, que ofrecía un proyecto cautivador y, sobre todo, la posibilidad de que la izquierda accediera al poder, después de cuatro décadas de dictadura y una accidentada transición a la democracia. Ahora, según todos los indicios, ha vuelto a funcionar el voto útil, por miedo al triunfo de un PP cada vez más ultramontano y por el escaso tirón del desdibujado proyecto de Gaspar Llamazares.

Izquierda Unida, por otra parte, ha pagado un elevado precio por su incapacidad para rentabilizar la cuota parte que le corresponde en las políticas sociales del Gobierno, de las que ha sido un fiel apoyo.

También ha jugado en su contra, sin duda alguna, la bipolarización de la vida política, que se ha exacerbado a lo largo de los últimos cuatro años, difuminando el papel de las formaciones minoritarias, en favor del PSOE y del PP, protagonistas casi exclusivos de los cuatro años de Gobierno de Rodríguez Zapatero.
El duro correctivo de ayer, en fin, coloca a Llamazares en una situación difícilmente sostenible dentro de Izquierda Unida. Quienes cuestionan abiertamente su liderazgo (que eran muchos, a tenor del exiguo respaldo que obtuvo en la última asamblea de la coalición) van a pasarle factura por el descalabro.

Él lo sabe y eso explica el tono descarnado de su intervención de anoche, en la que asumió personalmente la derrota y tras la cual anunció que no se presentará a la reelección como coordinador general.

David Miró

Uno de los grandes argumentos de la oposición del PP a Zapatero ha sido que con su política se “ha dado alas a los nacionalismos más radicales” (Mariano Rajoy, 14-09-07). La realidad es exactamente la contraria. Fue con Aznar en la Moncloa cuando Esquerra creyó tocar el cielo en 2004 con ocho diputados y cuando la coalición PNV-EA obtuvo su resultado más abultado en las elecciones vascas de 2001. ¿Quién da alas al nacionalismo más reivindicativo entonces?

Ayer se demostró que la combinación de un presidente que hace gestos hacia Catalunya (Estatut, catalán en Europa, papeles de Salamanca, etc.) y un PP radicalizado y anticatalán da como resultado una concentración de voto sin precedentes en el PSC y un fuerte retroceso del independentismo. Luego están los factores internos. El electorado de Esquerra no acaba de ver los avances hacia la independencia que se les prometieron con los tripartitos y el apoyo casi sin contrapartidas al PSOE en la primera parte de la legislatura. Por eso, una parte importante de ellos se han quedado en casa. Otros, ante la amenaza de un PP feroz, han decidido cerrar filas con un PSC que ha conseguido estos años (con la ayuda de Esquerra, por cierto) un pedigrí catalanista que antes no tenía y que le llevó, en su día, a reeditar el tripartito en contra de la opinión de Ferraz.¿Qué va a pasar ahora en ERC? La agitada vida asamblearia de este partido anticipa algún tipo de crisis que podría afectar a la estabilidad del tripartito. Puede que finalmente se hagan visibles los que prefieren un pacto con CiU, vistos los efectos demoledores de su alianza con el partido de José Montilla. 

Guillermo Malaina

Basta echar un vistazo a la historia de las distintas elecciones celebradas en Euskadi desde 1977 para percibir que las municipales tienen unas connotaciones diferentes que las autonómicas y, a su vez, que éstas tampoco son iguales que las generales. El marco cambia y la perspectiva de los ciudadanos también. Éste ha sido el argumento puesto sobre la mesa por los partidos nacionalistas en la campaña, en Euskadi y en otras comunidades. Sin embargo, no en todos los lugares la población ha respondido igual al mensaje nacionalista. Basta con citar los casos del Bloque Nacionalista Galego en Galicia o CiU en Catalunya.

Son siglas éstas que no han caído, que no han perdido la confianza del electorado pese a la bipolarización. En las elecciones autonómicas de 2001, la sociedad vasca se volcó con la coalición PNV-EA ante las acusaciones durísimas del dúo Mayor Oreja(PP)-Nicolás Redondo(PSE). Los ciudadanos no se creyeron sus mensajes, eran demasiado duros. Hoy nos encontramos con un partido socialista que ha dulcificado sus palabras, mientras que los partidos nacionalistas en su conjunto, pese a todos sus matices, se han movido bajo el paraguas de la iniciativa del lehendakari Ibarretxe.

Sería muy atrevido y osado aseverar ahora que su planteamiento ha supuesto la debacle en estas elecciones para el PNV, EA y Aralar. Pero sí es muy posible que la sociedad no haya entendido su mensaje, que éste le resulte duro y extraño.

Lo que parece evidente es que el nacionalismo vasco no debe ser orgulloso. Ahora le toca analizar en qué ha fallado, aparte de la bipolarización. Los errores no pueden ser siempre ajenos.