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‘Thierry’, el etarra inadvertido

Ascenso y caída del Francisco Javiér López Peña, el jefe terrorista más discreto

Óscar L. Fonseca

El próximo viernes cumplirá cincuenta años de edad. La mitad de ellos, en la clandestinidad. Sin embargo, en esta ocasión, Francisco Javier López Peña, Thierry, no podrá celebrarlo donde esperaba, ese pequeño piso de 34 metros cuadrados en el número 63 de la calle de La Marne, en Burdeos (Francia), donde se ocultaba junto a los otros tres miembros de ETA con los que marcaba la estrategia de la banda armada. Y no lo hará porque el martes pasado la Policía francesa, en colaboración con la Guardia Civil, lo detuvo. Era el punto final a una carrera terrorista caracterizada, sobre todo, por la discreción.


Nacido el 30 de mayo de 1958 en la localidad vizcaína de Galdakao, una ciudad del cinturón industrial de Bilbao de 30.000 habitantes, su juventud la pasó en el barrio obrero de Aperribai, un verdadero criadero de etarras donde también vivieron otros tristemente conocidos terroristas como Francisco Javier García Gaztelu, Txapote, –asesino de MIguel Ángel Blanco- y Jon Bienzobas Arretxe. En aquel conjunto de edificios de color gris que aún se aferran a la ladera del monte Ganguren, un Thierry veinteañero alternó a finales de los 70 sus dos pasiones: el fútbol –jugaba de defensa en el equipo local, el Olimpia– y el coqueteo con el nacionalismo radical.


Terrorista de barrio


Hecho terrorista en el barrio, no se alejó mucho de él para cometer su primera acción armada. Fue en 1980, en la cercana cárcel de Basauri. En compañía de otros ocho activistas de la banda, entre los que se encontraba Arnaldo Otegi, participó en el intento de asalto a la prisión con el objetivo de facilitar la fuga de un grupos de presos de ETA político-militar, la rama a la que él pertenecía. El intento fracasó al descubrirse el túnel que habían hecho los internos, y él tuvo que huir, con sólo 22 años, al otro lado de la frontera. Entonces ya tenía alias: Bartolo.


En aquellos años, cuando el sur de Francia todavía era un santuario, López Peña se movía tranquilamente por el país vecino. Eran los años de las tensiones internas de la banda, de pugnas entre los que apostaban por abandonar las armas y los que querían seguir con los atentados. López Peña se alineó con los duros, con los que apostaban abiertamente por confluir con los milis. Él siempre pensó que la única forma de conseguir sus objetivos era la violencia.


En ese debate interno estaba –su paso a ETA militar no se produciría hasta 1984– cuando la Policía francesa lo detuvo por primera, y hasta el martes, única vez. Era el 24 de febrero de 1983. Los agentes galos lo arrestaron en la localidad fronteriza de Hendaya. En su poder encontraron documentos de identidad falsos y cartas para exigir el impuesto revolucionario. Sin embargo, su paso por la cárcel de Bayona fue corto. Un tribunal francés lo absolvió. La única sanción que recibió fue la prohibición de residir en los nueve departamentos del suroeste francés. Por ello, a finales de 1983 pasó a la clandestinidad.


A partir de ese momento, la Policía perdió su rastro y sólo lo fue capaz de encontrarlo en contadas ocasiones. Esquivo, discreto y, sobre todo, obsesionado con la seguridad, pasaron cuatro años hasta que se volvió a tener noticias de él. Fue en un piso de la localidad francesa de Saint Pée sur Nivelle que ETA utilizaba como base logística. Allí, los agentes encontraron un estadillo elaborado por los propios terroristas con los nombres de 563 de sus activistas. El de López Peña estaba entre ellos. Y también su nuevo alias, Zulos, ya que para entonces se había especializado en construir escondrijos en los vehículos que utilizaban los terroristas.

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Esa habilidad le franqueó el camino hacia la dirección, con cuyos integrantes comenzó a trabajar. La detención en 1991 de Jesús Arkauz Arana, Josu de Mondragón, permitió saber que formaba parte del equipo de éste, entonces responsable de los comandos. Dos años después, la Policía estaba ya segura de que había accedido al reducido grupo de dirigentes de la banda, aunque aún en un discreto segundo plano.
Durante unos años, la Policía no volvió a tener noticias sobre él. Ningún documento de los que se incautaban a los etarras lo citaba. Ningún terrorista detenido lo mencionaba en sus declaraciones. La Policía está hoy convencida de que en durante algunos meses de aquellos años 90 López Peña decidió poner el Océano Atlántico de por medio y se refugió en algún lugar de Hispanoamérica, probablemente Cuba.


Vuelta a Francia


Fue sólo un paréntesis. A finales de 1995 su rastro volvió a aparecer en Francia, en concreto en la región de Bretaña, donde Thierry era el responsable de la red de refugios donde la banda escondía a los etarras que esperaban el momento de volver a integrarse en un comando. Un fugaz rastro que no volvería a encontrarse hasta el año 2000, poco después de que ETA diese por terminada su penúltima tregua. Ese año se trasladó a la ciudad de Toulouse y con la identidad falsa de Marcel Salto alquiló un apartamento, donde residió dos años junto al también etarra Luis Armando Zabalo.


Hasta enero de 2003, la Policía no descubrió cómo era su verdadero rostro. Entonces, agentes galos desmantelaron en la localidad de Pau una base logística donde la banda elaboraba documentos falsos para sus militantes. Entre los fotografías había cuatro de Thierry. Fue su último rastro gráfico, las imágenes que desde aquel momento acompañaron su ficha policial.


Un año después, ascendió a máximo responsable de los cursillos. Él fue, de hecho, el encargado de enseñar en 2005 el manejo de explosivos y las medidas de seguridad a Iker Agirre, el etarra que sería finalmente detenido a comienzos de 2007 cuando intentaba entrar en España en tren por la frontera gerundense de Portbou. La Policía está convencida que éste fue el peldaño que utilizó a comienzos de 2006, poco antes de que ETA anunciase su “alto el fuego permanente”, para desplazar a José Antonio Urrutikoetxea, Josu Ternera.


La cita de diciembre


Sin embargo, de este movimiento interno los expertos antiterroristas no tuvieron noticia hasta mediados de diciembre de ese año. Fue entonces cuando López Peña acudió por primera vez a uno de los encuentros con los emisarios del Gobierno, el ex ministro Javier Moscoso y el dirigente socialista vasco Jesús Eguiguren. Cuando éstos llegaron al lugar de la cita, no se encontraron enfrente a Josu Ternera, como esperaban, sino a un hombre grueso y con gafas cuya identidad desconocían. Éste no tardó ni un minuto en presentarse: “Soy el jefe del aparato militar”. Moscoso y Eguiguren percibieron desde ese mismo instante que algo había cambiado y, además, que lo había hecho para mal. El desarrollo del encuentro se lo confirmó: fue una sucesión de reproches sobre supuestos incumplimientos ante la mirada de los mediadores de la ONG suiza que hacía labores de intermediación, el Centro Henri Dunant para el Diálogo Humanitario.
En determinado momento, Moscoso puso sobre la mesa una oferta que el ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, le había entregado para que lo utilizara como un as en la manga si veía que el diálogo se ponía cuesta arriba: “El Gobierno está dispuesta a tener un gesto con los presos de ETA después de Navidades, en febrero. En una primera fase, se acercarían a prisiones próximas al País Vasco a todos los presos de la organización que sufran enfermedades graves y a las mujeres. En una segunda fase, se tomarían medidas similares con aquellos presos que no tengan delitos graves”. La respuesta de López Peña los dejó helados: “Los primeros presos de ETA que deben salir de la cárcel son aquellos que más méritos tienen”, les espetó sabiendo que lo que exigía, poner en la calle a los reclusos más sanguinarios, era inasumible por el Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero.


La reunión continuó por los mismos derroteros, hasta que en un momento dado los emisarios de Moncloa recordaron que si se rompía el proceso, la Policía volvería a actuar. Entonces Thierry volvió a desafiar a Moscoso y Eguigure: “A mí nunca me podrán coger y llevarme a la cárcel”. La reunión, según interpretaron entonces los interlocutores del Gobierno, al menos había dejado un dato positivo: se habían vuelto a citar para enero, lo que, en su opinión alejaba el riesgo de atentados. Se equivocaban. Aquel hombre desafiante daba poco tiempo después la orden de volar con una furgoneta repleta de explosivos el aparcamiento de la T4.


La Policía ya sospechaba desde agosto de 2006, cuando ETA hizo público un duro comunicado en el que amenazaba con romper la tregua, que algo se movía en la cúpula de la banda y que, además, ese algo afectaba a su número 1, Josu Ternera. Los datos que le llegaron de la reunión de diciembre confirmaron las sospechas: Francisco Javier López Peña, un etarra del que sabían poco, se había colocado al frente de la banda. La Policía decidió entonces jugar con discreción para que los etarras no supieran que ellos ya sabían quién era el nuevo jefe. Por ello, los responsables de la lucha antiterrorista decidieron camuflar en sus informes la verdadera relevancia de López Peña para evitar filtraciones a la prensa. La discreción, la misma de que la que durante más de veinte años había hecho gala el etarra, iba a ser su arma.


Para detenerle tenían pocos datos. Una cuentas fotos –las encontradas cuatro años antes en el piso de ETA en Pau– le mostraban como un hombre maduro, moreno y con bigote, y que usaba gafas. Un aspecto más parecido al de un honrado padre de familia que al de un terrorista. La Policía decidió entonces someter a un estrecho control a las personas más cercanas, sobre todo a su compañera sentimental, Yolanda Molina, una abogada abertzale con despacho en Bayona y pasaporte francés. Los investigadores estaban convencidos de que, tarde o temprano, el nuevo jefe etarra entraría en contacto con ella.


Noticias en la prensa


A pesar de la discreción, los medios de comunicación empezaron a hablar de él. Primero un periódico digital. Luego, un semanario y un diario vasco. Finalmente, Público desvelaba no sólo su verdadero poder dentro de ETA sino también dos de las escasas imágenes que entonces tenía la Policía de él. Pérez Rubalcaba, temió entonces que el etarra incrementase sus medidas de seguridad, que se esfumase. Para entonces, la captura del etarra que había hecho saltar por los aires el proceso de paz con la bomba de la T4 se había convertido en su obsesión.


Sin embargo, López Peña no se movió de su escondite, un pequeño y humilde piso de Burdeos al que se había trasladado en agosto de 2007, casi al mismo tiempo que ETA cometía su primer gran atentado tras el fin de la tregua, el coche bomba contra la casa cuartel de Durango. Allí se sentía seguro, entre inmigrantes a los que no llamaba la atención su mal francés.


Sólo salía del escondite para repartir instrucciones. Según la versión oficial, fue en una de esas salidas cuando la Guardia Civil lo localizó. Los agentes seguían al ex alcalde de Andoain (Guipúzcoa) y miembro de Batasuna, José Antonio Barandiarán el domingo 18 de mayo cuando ambos se encontraron. No obstante, la Policía asegura que ellos también estaban cerca de su escondite.


Dos días después, a las once de la noche, Thierry era detenido sin que opusiera resistencia. Acababan así veinticinco años de clandestinidad. A él, vestido con un llamativo lacoste verde, sólo le quedó el consuelo de lanzar horas después una soflama delante de las cámaras de televisión. Ya no podía hacer lo que más le gustaba, pasar inadvertido.

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