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Los habitantes de la comarca rechazan el sambenito de pobres que arrastran desde que Buñuel pasó por allí

PANCHO TRISTÁN

Éte no es un lugar de pobres. "Aquí se vive tan bien, o mejor, que en muchos lugares de España", me dice el alcalde de Casares de las Hurdes, Olegario Rodríguez Sánchez, del PSOE.

Él siempre se refiere a "la tierra" cuando quiere hablar del municipio: "Aquí la gente la tierra la tiene muy dentro, quizás porque ha sido una tierra dura", sostiene. Aquí viven unas 580 personas. En la escuela de primaria hay seis niños. En el consultorio médico atienden hasta las dos de la tarde. "Después de esa hora tenemos que ir al centro de salud, que está a diez minutos, y dime tú cuánta gente de las ciudades grandes tiene el médico a diez minutos".

Casares es el municipio con menos población de los cinco que integran la comarca cacereña de las Hurdes. Y no tiene demasiado que ver con la Tierra sin pan que contó Buñuel en 1932. De hecho, tampoco todo lo que contó el cineasta tenía todo que ver con la realidad de la zona en aquella época.

En Casares dicen que la comarca era pobre, pero no tan pobre, aunque tampoco les vino mal la "exageración": gracias a eso, dicen, los gobiernos comenzaron a mirar hacia Las Hurdes. Pero lo que no les gusta nada es ese sambenito de pobres de España que todavía arrastran. Porque todavía llega gente y pregunta: "¿Dónde están Las Hurdes?". Estas Hurdes que encuentran no tienen nada que ver con las que buscaban.

Palabra de alcalde

"Claro, tenemos nuestros problemas, como todos los sitios", dice el alcalde. Cerca del 50% de la población de Casares de las Hurdes es pensionista. Los que están en edad de trabajar viven de la cereza o de la aceituna, o trabajan en algunas de las empresas de los alrededores y, casi siempre, dedican algunas horas a la semana a algún pedazo de tierra entregado a la agricultura. "Pero fíjate, los que se fueron a las ciudades trabajan diez horas al día para pagar un piso pequeño", comenta Olegario Rodríguez. Y ante sus ojos, mientras habla, la grandilocuencia de las montañas que los cerezos teñirán de rojo dentro de algunos meses.

Hoy se pasaron por Casares técnicos de la Diputación de Cáceres y de la Junta de Extremadura. A la hora de comer, en el Hostal Restaurante Montesol, Angelita preparó menú para ellos y también para los obreros que trabajan en las obras de la carretera, o en la construcción de la Residencia de la Tercera Edad, o en el pequeño edificio de apartamentos que una constructora promueve en el pueblo. "Eso quiere decir que estamos haciendo cosas -comenta el regidor-, porque aquí estamos muy pendientes de traernos para la tierra todo lo que podamos, pero no es fácil evitar que la gente se vaya", lamenta el regidor.

Y habla entonces de la Residencia de la Tercera Edad: "Ya que se nos va la juventud, lo que no queremos es que se nos vayan también los mayores, y por eso estamos haciendo ese centro".

 Y es cierto que a pesar de las obras, y del movimiento del Montesol a la hora de la comida, se nota que este rincón de las alturas -el pueblo está a más de 700 metros de altura- se mueve despacio, quizás demasiado. Así que el alcalde, 25 años ya en la poltrona del que más manda además de ser maestro, tiene claro qué le pediría para el municipio al próximo presidente del Gobierno: "Que esté cerca de los pueblos y que invierta en los pueblos. Bueno, y hay algo más que quiero decir. A veces no se nos pueden poner los mismos impuestos que en las ciudades. Para la hostelería, por ejemplo, el sistema de módulos resulta aquí muy complicado".

Y el alcalde sigue hablando y la gente de Casares, igual que la de los municipios de Ladrilar, Nuñomoral, Caminomorisco y Pinofranqueado, continúa con su vida en donde la tierra se llama Las Hurdes.

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