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El vodevil genovés

La rebelión contra Rajoy venía fraguándose desde antes de las elecciones de marzo

GONZALO LÓPEZ ALBA

Definió Platón la política como el “arte de apacentar a los que andan a pie”, o sea, a los animales bípedos. A Mariano Rajoy, mayoral del rebaño conservador, se le han rebelado los zagales mayores, que no aceptan ser sustituidos por los zagales chicos y, con los mastines jubilados, se le ha desmandado la grey en plena esquila.

Los movimientos de disidencia, que han salido a la luz en la forma más descarnada de entre todas las posibles, y los argumentos que formulan quienes los protagonizan, confirman que la rebelión venía fraguándose desde hace tiempo. Desde antes de que el presidente del Gobierno convocara las elecciones de marzo. A medida que la legislatura pasada se acercaba a su término y se planteaba la confección de las nuevas candidaturas, algunos veteranos del aznarismo, viendo que los verdes pastos del poder seguirían ocupados por la mesnada socialista, decidieron volver a sus lucrativas actividades privadas. Otros, sin embargo, concluyeron que tenían “la obligación de seguir” para ser el hormigón de una barricada que “impida a Zapatero cargarse todo lo que representó la Transición”. Eran estos, curiosamente, los mismos que no dudaron en los años noventa en desestabilizar el Estado constitucional para desalojar a Felipe González del poder.

La memoria de aquellas reflexiones y actitudes se torna vívida al escuchar los argumentos de Jaime Mayor Oreja, retrato carnal del pastor protestante, para justificar el plante de su discípula María San Gil: “Los hay dentro del partido que quieren avalar, apoyar y respaldar la segunda Transición de Zapatero. Estamos ante la culminación de la degeneración del Estado de las Autonomías por la vía de la confederación”. ¿No fue José María Aznar el que reclamó la paternidad de  “la segunda Transición”? España. La segunda Transición, es el título del libro que el entonces líder de la oposición publicó en 1994 con su proyecto de gobierno.

Puesto que, según interpretación unánime, la ponencia de la que San Gil no ha querido hacerse responsable/cómplice endurece el discurso antinacionalista, incorporando plenamente sus tesis, no ha tenido Mayor Oreja más remedio que reconocer que lo importante “no es la literalidad de una ponencia, sino la verdad de las personas”. ¿A qué se reduce entonces el valor de la palabra en la política?

Hay que agradecer a Mayor Oreja que, aunque seguramente no fuera esa su intención, haya confesado abiertamente lo que era palmario: que lo que está ocurriendo en el PP tiene muy poco que ver con un debate ideológico y todo con una lucha por el poder. ¿Cómo justifica su visceral rechazo al entendimiento con los nacionalistas habiendo sido ministro de un Gobierno que tenía como socios al PNV y a CiU (1996-2000)? ¿Cómo explica que pretenda demonizar a Zapatero por haber intentado con ETA lo mismo que el Gobierno del que era ministro del Interior?

Actúa Mayor Oreja como los fariseos, los miembros de aquella secta que afectaban rigor y austeridad, pero eludían los preceptos de la ley, y, sobre todo, su espíritu, pues el golpe de Estado civil que dice querer impedir en España lo ampara y alienta dentro del PP. Si se asume la definición que de la política hizo Platón, es claro que quien no es capaz de pastorear un rebaño menor –un partido– está inhabilitado para apacentar uno mayor –un país–. Ésta es la inhabilitación de Rajoy que se deriva del planteamiento explicitado por Mayor Oreja, como en su día –en coyuntura similar– inhabilitaron los socialistas a Joaquín Almunia.

Pero, por absurdo que pueda parecer en estos momentos, el PP se aproxima tanto al caos que podría acabar dando con la solución. Los chinos utilizan dos ideogramas para escribir crisis: uno significa riesgo; el otro, oportunidad.

El riesgo es que el vodevil genovés (Génova es la calle donde su ubica la sede del PP), a base de estirar la intriga sobre quién será el próximo nominado, acabe con la cazuela desierta mientras que los actores se destrozan sobre el escenario, so capa de mantener una disputa por el contenido del libreto a interpretar.

La oportunidad que tiene el PP es  pasar del debate de las personas al de los proyectos, ya sea aplicando la democracia representativa a través de un congreso que permita la concurrencia de varios candidatos, o de la democracia directa, mediante el método de elecciones primarias. Siendo ambos procedimientos democráticos, la dinámica y el resultado predecible son muy diferentes. El primer  método entrega el poder de decisión a los cuadros dirigentes; el segundo, lo pone directamente en manos de los militantes.

Para descartar las elecciones primarias se escudan los dirigentes del PP en la falacia de que fueron un desastre para el PSOE. El desastre no devino de las primarias, sino de la resistencia –esa actitud de la que Mayor Oreja ha hecho bandera– del aparato a aceptar con todas sus consecuencias el dictamen de los militantes. Pero no hay compuertas para el agua; antes o después, la fuerza líquida siempre vence al hormigón. De aquel encastillamiento surgió como inevitable la apertura que encarnó Zapatero. Ganaron los que así supieron interpretarlo.

Leire Pajín, con conocimiento de causa, le dijo recientemente a Sáenz de Santamaría: “Cuanto más te sacuda la vieja guardia, más te fortalecerás ante la opinión pública”.

Rajoy, a quien ha correspondido la ingrata tarea de pilotar la travesía del desierto de su partido, ha hecho algunos movimientos que, por inestables que parezcan ahora, son ya irreversibles. Lo es, más allá de los concretos apellidos, la incorporación de la generación de Sáenz de Santamaría a los centros de poder. Los zagales chicos no van a tirar ni a devolver el cayado por más que ladrones y lobos se hayan infiltrado en el rebaño. Pero, para que la renovación prospere en el horizonte del próximo congreso del Partido Popular, haría bien Rajoy en acompañarlos cuanto antes de los nuevos mastines, pues nadie sabe mejor cómo enfrentar al lobo que quien desciende de él.

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