Reivindicación de Juan Marsé

Cristina Fallarás, Manuel Garí, Marià de Delàs y Fernando Ruiz-Goseascoechea

Yo quería ser Marsé – Cristina Fallarás*

Yo me fui a vivir a Barcelona por Juan Marsé. Así es. Corría 1986, tenía 18 años y llevaba desde que me acuerdo sentándome en el murete del malecón de Calafell, frente a l’Espineta, la taberna marinera de los Barral. Era lectora compulsiva y quería ser escritora, lo del periodismo ya vino después, y también tuvo que ver con él.

Me sentaba en el murete porque allí, en las mesas de fuera, estaban los escritores, las escritoras. El editor y escritor Carlos Barral me impresionaba, y Jaime Gil de Biedma, Rosa Regàs, Anna Maria Moix, Alfredo Bryce Echenique. Todos por allí. Pero el que a mí me fascinaba era Marsé. Después leí todos sus libros y encontré la palabra: Compacto. Aquel hombre de manos camperas y cara labrada, su serenidad, su falta de impostura, estaban luego en su obra. Pero antes yo había pasado mi adolescencia y mi primera juventud contemplándolo, sentía que ya lo había visto. Compacto.

He leído bastantes textos sobre él publicados en las últimas 24 horas, desde su fallecimiento este domingo pasado. No es cierto que fuera un macarra. No es poca la gente que tiende a describirlo como tal o como el día después de un chuleta de barrio, seguramente porque resulta cómodo echar mano del Pijoaparte. Era un hombre serio y tímido al que no le gustaba andarse con tonterías. Serio y muy divertido. Los serios divertidos son los mejores.

En una profesión, la de escritor, repleta de petulantes y relamidos, él no fingía, no había impostura en su forma de contar historias, ni en su forma de sentarse, de opinar sin piedad, él no templaba gaitas.

Así que un día, tras años mirando escritores, tras haberme enamorado de Últimas tardes con Teresa, Ronda del Guinardó, Un día volveré y Si te dicen que caí, me largué a estudiar a Barcelona. Elegí periodismo (entonces Ciencias de la Información) desde luego sin ninguna de esas tremendas vocaciones que aseguran haber sentido muchos de mis colegas. Yo no quería ser periodista, yo quería ser Marsé, qué barbaridad, qué idiota.

Sin embargo, ya que tenía lo del periodismo a mano, decidí aprovecharlo. Junto a un puñado de jóvenes acabábamos de montar un periódico gratuito de barrio en Nou Barris, zona obrera. A la primera que pude, por supuesto, me hice con el teléfono de Marsé. “Hola, me llamo Cristina Fallarás, trabajo en un periódico de barrio y quiero entrevistarle”. No han sido pocas las excusas recibidas al principio de mi carrera de llamémoslo “prensa alternativa”. Sin embargo, su invitación fue inmediata, fui a su casa, le entrevisté y seguí entrevistándole después en la SER y más tarde en El Mundo y aún en algunas ocasiones más. Sin duda es la persona a la que más veces he entrevistado en mi vida.

Un día, siendo un chaval, mató un pajarillo con una escopeta de balines. El horror que le produjo ese acto fue tal que ya mayor seguía contándolo. Era un hombre bueno y le repugnaban la idiotez y la crueldad.

Yo quería ser Juan Marsé porque a su alrededor, y con él en el centro, existía un mundo culto pero no fatuo, una forma de andar descalzo por la orilla, de escribir sin hacer alarde de un magisterio ante el que cualquier creador o creadora honesta suspira y sonríe, conversaciones junto al mar, noches largas y, en su caso, una austeridad compacta, una honestidad compacta, un compacto respeto por sí mismo y por su trabajo.

Además, claro, era el suyo un universo político. Por las referencias a la Guerra Civil, por supuesto, por el retrato de una clase obrera también, por todas esas cosas que ha contado. Sin embargo, después de observarlo durante tantos años, creo que lo más político de Juan Marsé estaba en un compromiso íntimo por no pactar con el engaño, con el relato que construye el engaño, el propio y el histórico.

“Yo solo escribo historias”, decía. Y sí, en eso consiste. La Literatura permanece y lanza hacia el futuro aquello que somos, que fuimos. Lo escrito retrata un mundo y ese mundo está en el mundo. Cuando mañana, los hijos de los hijos de mis hijos se interesen por la posguerra española, porque sobre el pasado se construye, sin duda los libros de Marsé les serán mucho más útiles que cualquier tratado de Historia. E inconmensurablemente más bellos, más ricos, más certeros. Compactos.

Tengo la fea sensación de que con la muerte de Juan Marsé desaparece un mundo que no ha encontrado recambio. Y desde luego una enorme parte del mío propio. Hace décadas de dejé de querer ser Juan Marsé, en un sentido amplio. Nadie puede ser Juan Marsé, ni parecérsele de lejos.

Notas:

* Artículo publicado el 21 de julio de 2020 en Público: https://blogs.publico.es/cristina-fallaras/2020/07/21/yo-queria-ser-marse/


Maldita sea. Ha muerto Juan Marsé – Manuel Garí

Así de acertado fue el tuit de Maruja Torres. Así supe la mala noticia y así, de inmediato, me invadió la misma rabia. Ella le conocía, yo no. Pero como si le hubiera tratado. Desde los años sesenta formaba parte de ese mundo entre real e irreal que forman las lecturas que le acompañan a cada cual. Marsé nacido Faneca -como aquel anarquista- hablaba de hombres y mujeres, de ricos y pobres, de trabajadores y maleantes: de la sociedad humana. Como, por cierto, también hizo en los mismos años otro grande y con otro lenguaje, Jean-Marie Straub el cineasta comunista heterodoxo, autor de la inolvidable “Sicilia!”, nacido el mismo día exactamente que Marsé y del que se declaró asiduo lector.

Marsé ha sido demasiado creativo, inconformista e inclasificable como para que sea material de uso en las banderías españolistas versus convergentes o viceversa. Fue un currante nato -de lo contrario es incomprensible su producción- que debía pensar como Baudelaire, otro inclasificable, inconformista y creativo cuando afirmó la boutade de que “para trabajar basta estar convencido de una cosa: que trabajar es menos aburrido que divertirse”. Me interesa lo que escribió, lo mucho que escribió, no la minucia.

Poco antes del famoso 14 de marzo del Estado de alarma por el Covid-19[1] tuve que preparar unas lecturas para un público muy especial, ávidos lectores, lectoras y escuchantes de menos de 8 años. Y, qué casualidad, les leí en dos tardes seguidas dos Marsé muy refrescantes “El detective Lucas Borsalino” y “La fuga de río Lobo”. Fue un éxito de crítica que se tradujo en petición de ambos en papel para leerlos por su cuenta antes de dormir. ¿Fue una casualidad la elección? Probablemente no, jugaba a valor seguro.

El mismo que había reconocido en «La oscura historia de la prima Montse» que como en “El amante bilingüe” se da una polarización entre dos seres, hombre y mujer, complejos. Conflicto que también asoma en “La muchacha de las bragas de oro” entre ella y el ex franquista reciclado, pero sobre todo se hace evidente en “Últimas tardes con Teresa” entre el buscavidas Pijoaparte y la burguesita Serrat del barrio de los Pujol (entre delincuentes anda el juego). Entre las gentes de los barrios obreros -tal cual son con sus potencialidades y miserias- y las gentes de las “torres” de Sant Gervasi. Entre gentes que desean lo que el otro es. Y que no se mienten llamándole amor a lo que es sexo. Y dónde exuda el conflicto de clases, la desigualdad, la inviabilidad de esa sociedad. Marsé presenta todo ello incardinado en la vida de una ciudad, Barcelona. Precisamente porque profundiza la pequeña historia de las personas dentro de la historia su comunidad con una mirada entre realista e irónica y pegada a unas calles y unas plazas concretas, su obra alberga temas de fondo con dimensión universal.

Esta noche volveré a abrir “El embrujo de Shanghái” después de volver a ver la peli de Trueba. No me aburro nunca ni de una ni de la otra. Que la tierra le sea leve.

Notas:

[1] Me niego usar el femenino con el virus porque lo digan Arturo Pérez-Reverte y sus secuaces de la rancia RAE. No busquen motivo ideológico alguno, simplemente porque no me da la gana cambiar de artículo porque lo digan.


Tratemos a Juan Marsé como se merece – Marià de Delàs

La agenda de narraciones y ensayos pendientes de lectura crece sin parar. Es imposible dar abasto con todas aquellas obras que uno se propone leer y, para colmo, en nuestras estanterías tenemos almacenados, e incluso ordenados, por puro romanticismo, un montón de libros que han marcado de alguna manera nuestras vidas y que merecen relectura. Entre ellos se encuentran, claro está, los de Marsé. Creo que no tengo ningún amigo, salvo aquel que toma ejemplo del detective Carvalho, que no guarde celosamente en su casa al menos una de las historias que nos ha dejado el enorme escritor catalán. Un personaje que no se prodigaba casi nada en los medios.

Apenas se dejó entrevistar, y a pesar de ello, su presencia en la vida pública es y será muchísimo mayor que la de otras celebridades que matarían por aparecer en alguna pantalla.

Un escritor que dio visibilidad a la Barcelona ignorada, la de los barrios, la de su gente de verdad, sus niñas y niños, la vida clandestina, el miedo, la pobreza, los señoritos, la imprescindible delincuencia, los policías…

Marsé militó durante unos pocos años, cuentan, pero en su narrativa a menudo estaba presente el compromiso político, aunque fuera en forma de fantasía.

Los escenarios que describió son los de su ciudad -el del bar Delicias, el cine, los patios, el terrado, los barrancos que ya no existen, el almacén- pero sus historias han llegado a todas partes.

Fue una “figura incómoda para algunos”, quizás porque tal como lo define nuestra compañera Lidia Penelo, “era un insobornable”.

Sus personajes, Teresa, el Pijoaparte, Jan Julibert, Balbina, David y su perro flaco, el escritor falangista y su sobrina Mariana… son ya universales, pero están estrechamente vinculados a tiempos y recuerdos muy concretos, también incómodos y necesarios.

Morirse tiene el inconveniente de que impide hablar y escribir, pero se utiliza mucho a los difuntos, en cualquier sentido. Hay que recordar bien lo que dijeron y escribieron. Conviene releer a Marsé y a las personas que él admiró, para no maltratar su memoria.


La literatura más generosa – Fernando Ruiz-Goseascoechea

Como una gran parte de los españoles de mi edad, el proceso de iniciación literaria se produce a través de la cultura popular, especialmente el cine, los tebeos y la música. Pero también a través de los libros, aunque mi despertar social, una vez pasada la fiebre de Defoe, Verne y Salgari (mentira, eso nunca pasa) no fue como pretendían en los colegios, a través de insignes escritores del Siglo de Oro, o de gigantes de la literatura francesa o inglesa. Mas bien, fue todo lo contrario.

El ejemplo paradigmático es mi bautizo como apasionado lector, que se realiza a través de los tebeos de El capitán Trueno. Eso sí, y aquí viene lo interesante, tardé años en saber que Víctor Mora, la mano que daba vida a mi héroe era comunista y estaba afiliado al PSUC; ningún censor pudo nunca intuir que el más célebre héroe del cómic hispano dedicaba todo su empeño a derrocar tiranos y a colocar en su lugar consejos de ancianos, “que era lo más parecido que se me antojaba a una república”, como diría su creador años más tarde.

Mis futuras inclinaciones literarias jamás las mencionaron en el colegio, bien por desconocimiento o por mala fe. Yo, ávido lector, estaba abierto a todo, por supuesto, pero había algo en aquella Barcelona de los años 70 que me empujaba hacia terrenos extraños y heterodoxos. Estoy hablando de Francisco Candel, Marce Rodoreda, Aurora Bertrana, los Goytisolo, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, María Aurelia Capmany, Alfonso Costafreda…

La Generación del 50, también conocida como la Generación de los Niños de la Guerra, está marcada por la Guerra Civil y por unos valores perfectamente definidos: educación religiosa, represión sexual, nacionalismo españolista, anti-comunismo, autoritarismo, ley y orden social, importancia de la familia, etc. ¡pero con muchas ganas de vivir!

Descubrí en sus lecturas, en especial la de los integrantes de la sección catalana de la generación, la Escuela de Barcelona, un estilo por mí desconocido, aparentemente menos literario pero, a la vez, más sincero. Me hacía sentir bien ese espíritu fuera de los cánones tradicionales y esa mano de procedencia multidisciplinar y autodidacta. Son autores y personajes que donde mejor se desenvuelven es en la calle, y su fuerza reside en el dominio de la ironía y la evocación de la memoria; y eso marca una distancia con la generación anterior, la del 36. Sin embargo, enlaza armoniosamente con muchos de los integrantes de la generación del 27.

Efectivamente, regresa la luz y el color, aunque las historias sean desgarradoras y estremecedoras. La tristeza ya no les inmoviliza, sino todo lo contrario. Hablan de familias rotas, de mujeres maltratadas y humilladas, de niños abandonados, de enfermos desahuciados, pero abordan de frente el amor, el deseo y hasta la muerte. Narran sus historias, fusionando el escritor y el personaje, y con sus historias y su pasado crean un proceso por el que se afirman así mismas.

Mi primera lectura comprometida vino, cuando tenía 16 años, de la mano de Francisco Candel, un hombre que escribía sobre su barrio, Can Tunis, en la ladera de Montjuic, el epicentro de la inmigración barcelonesa en los años 50, y los problemas de adaptación de ésta. Candel, vecino del barrio al que llegó con 2 años, hizo suyas estas preocupaciones, convirtiéndolas en materia literaria, y provocó la censura o la prohibición de muchas de sus obras. Curiosamente, el primer libro de Candel me lo recomendó mi madre, se llamaba Dios, la que se armó, un libro en el que contaba las reacciones sorprendentes que tuvo su novela (crónica en tono anovelado) más exitosa Dónde la ciudad cambia su nombre. 

Tanta fue mi devoción por Candel que es el único autor por el que he formado cola en El Corte Inglés para que me dedique un libro y, por supuesto, conservo todos sus títulos. Candel mantuvo también una actividad destacada en el mundo de la política, fue miembro del PSUC, senador en las filas del partido Entesa dels Catalans, y concejal de cultura del Ayuntamiento de L’hospitalet de Llobregat.

Fue más o menos en ese tiempo cuando caí rendido ante la obra de Mercé Rodoreda, que había nacido no muy lejos de mi casa, en Sant Gervasi, pero en 1908. La menciono aquí, porque esta mujer que su padre no le permitió ir apenas al colegio, llevo una vida agitada con diversos trabajos (se dedicó a la costura, pintura, periodismo, poesía, literatura juvenil…), compromisos, escritura, exilios, amistades y romances (entre ellos Andreu Nin, dirigente del POUM) pero no tuvo auténtico reconocimiento hasta los años 60, especialmente a partir del éxito de La plaza del Diamente.

Traigo también a colación a Rodoreda, porque me gusta imaginarla como puente natural entre su generación y la Escuela de Barcelona. Tiene todos los componentes de narración visual que tuvo la generación del 50.  Influenciada por su compañero Armand Obiols y por Josep Carner, pero también por Marcel Proust, Thomas Mann y Virginia Wolf. Otras escritoras singulares y cercanas de alguna manera a lo que luego fue la Escuela de Barcelona fueron Aurora Bertrana, viajera incansable y creadora de la orquesta Jazz Women, la primera jazz band formada íntegramente por mujeres en Europa, y también  Anna Murià y  María Teresa Vernet…

Con la muerte de Juan Marsé no sólo la literatura se queda huérfana, sino la calle también, a pesar de esa desescalada alocada y a trompicones que los españoles practican hoy en busca de la cerveza y el abrazo. Y es que con la despedida de Marsé nos estamos quedando sin literatos a los que las calles corran por sus venas. Algunos lo intentaron por el camino del postureo señoritingo como Umbral y otros con la minuciosidad y el estudio de laboratorio como Carlos Ruiz Zafón.

Los autores como Marsé son fugitivos de una Barcelona despersonalizada de los años 60, una ciudad a la que el régimen trataba por todos los medios de desdibujar sus rasgos identitarios. Marsé y cuatro más salieron a la calle y disputaron casa a casa, bar a bar, oficina a oficina, plantando cara insolente a la Barcelona inhóspita y triste, marcada por la derrota, y transformada por el fenómeno creciente de la inmigración.

Marsé ha sido del pelotón de los que no se contentó con el flaneo y las noches de bohemia, que también las tuvo, por supuesto. Él fue un currante de las letras, un artesano del relato y un esmerado joyero para diseñar complicados engarces amorosos y vivenciales. Ha sido un moderno, en el mejor sentido de la palabra. De los que empezaron a escribir cuando se acabaron las cartillas de racionamiento y apostaron por una escritura despegada de los rigores de la poesía social, y que se compromete con la resistencia antifranquista, desde su casa, la discoteca y las redacciones de periódicos y revistas. Pero conservan una manera de escribir nueva, más estética y más intimista.

La escritura de Juan Marsé tiene un fuerte componente visual que se deriva principalmente del hecho de que el autor parte de imágenes, no de ideas, a la hora de concebir su creación literaria. Marsé investiga en «Si te dicen que caí», como si fuese un redactor de sucesos, y llega a entrevistarse con el asesino de Carmen Broto, la infeliz protagonista de la novela. Cuenta como si fuese su piel como los charnegos quieren ligar con las niñas pijas de la ciudad; o idealiza al antihéroe perdedor en «Un día volveré», a través de la mirada de un niño muy parecido a él. Y todo eso, mientras ejerce el cargo de jefe de redacción de la revista Por Favor y de la revista Bocaccio, símbolo de la gauche divine, grupo al que Marsé pertenecía pese a su condición de obrero y al que ridiculizó en Noches de Bocaccio.

Pero no todo era Bocaccio; el grupo de Barcelona se crea a partir de la revista Laye, dedicada a promocionar la conciencia civil de un grupo de universitarios de Barcelona, entre los que se encuentran Josep M. Castellet, Jaime Gil de Biedma, Juan y José Agustín Goytisolo, Gabriel Ferrater y Joan Ferraté.

Y la dirige, ni más ni menos que Manuel Sacristán, un comprometido comunista, fundador de las Comisiones Obreras de la Enseñanza, miembro del Comité Antinuclear de Cataluña y fundador de las revistas Materiales, y Mientras tanto.

Más tarde llegan Manuel Vázquez Montalbán, Eduardo Mendoza y Terenci Moix; y los más jóvenes Jaume Cabré, Miguel Ángel Riera, Biel Mesquida, Montserrat Roig, Quim Monzó…Una generación nueva muy relacionada con la resistencia al franquismo crepuscular pero que en sus últimos estertores aún tiene las cárceles llenas y el país sin derechos ni libertades. Un tiempo que se agota y se despide igual que como llegó porque no conoce otra manera de hacer las cosas: estados de excepción, fusilamientos y garrote vil. Es en ese marco cuando yo sigo leyendo a los autores que me interesan. A los generosos que transmiten imágenes, antes que ideas.