Dominio público

¿Para qué sirven las estatuas?

Alfredo González-Ruibal

Arqueólogo. Director del proyecto 'Arqueología del Valle de los Caídos'. Instituto de Ciencias del Patrimonio (CSIC)

¿Para qué sirven las estatuas?
Estatua a Martínez Campos en Madrid

Desde hace unos años, en Madrid se libra una guerra de estatuas. Aparecen unas, desaparecen otras. Para entender por qué pasa esto, quizá lo primero que debamos preguntarnos es para qué sirve una estatua. Los más escépticos dirán que para nada. En la novela Un hombre astuto, de Robertson Davies, cambian la placa del pedestal de una escultura para dedicársela a otro personaje y nadie se da cuenta. ¿Alguien sabe, sin mirar la Wikipedia, quién fue Eugenio Espejo o en qué consistieron los logros de Martínez Campos, ambos inmortalizados en la capital de España?

Parecería incluso, como opinan algunos, que la mejor forma de olvidar a alguien es dedicarle un monumento. ¿No sirven para nada, pues? ¿Son una forma decimonónica de conmemoración que no debería preocuparnos? No tan rápido. Si carecieran realmente de utilidad no nos encontraríamos inmersos en una lucha global de inauguraciones y derribos, desde California a Ucrania. Está claro que sirven, aunque no tengamos muy claro para qué.

Para saber para qué sirve una estatua tenemos que preguntarnos antes cómo funciona. ¿Qué es lo que hace exactamente? Lo que hace es, en primer lugar, ocupar espacio público de forma visible. Y eso lo hace muy bien: por el mero hecho de existir nos informa, al menos, de que merece estar ahí, apropiándose de un lugar de todos. Que merece ser vista.

La función de una estatua es, además, transmitir mensajes. Estos son explícitos e implícitos. El mensaje explícito es el que transmite el personaje conmemorado en cuestión y sus logros. Generalmente nos fijamos en este tipo de mensaje para burlarnos de la efectividad de los monumentos. Porque el relato explícito tiene una vida útil muy corta y se suele escapar a casi todo el mundo.


El mensaje implícito, en cambio, es tremendamente efectivo, básicamente porque es mucho más simple y no requiere ni de conocimientos específicos de historia ni de que uno se lea la cartela—y la entienda. Los arqueólogos sabemos bien de la importancia que tienen los objetos y la comunicación no verbal para imponer ideas y valores. Es cómo ha funcionado la ideología durante miles de años, con una masa de población analfabeta, y es como sigue funcionando en buena medida hoy—ahora no solo con monumentos, claro, sino con nuevos medios y tecnologías.

Las estatuas, que ocupan espacio público de forma ostentosa, nos llevan a asumir que lo que representan son los valores hegemónicos y las virtudes cívicas de nuestra sociedad. Por eso importa que en las calles de Madrid en el siglo XXI veamos erigirse monumentos a guerreros coloniales con mostacho y actitud agresiva o marinos del Antiguo Régimen—y no a médicos o científicas o luchadores por los derechos humanos. Porque aunque no sepamos exactamente su historia, nos dicen que la defensa del imperio y el belicismo merecen ocupar espacio público y visible. Por encima de otros valores. Ese es el mensaje implícito.

De todos los personajes que pueden ser conmemorados, la derecha en Madrid ha elegido en los últimos años la figura de tres hombres, tres militares imperiales: el almirante Blas de Lezo, un soldado de la guerra en Filipinas y un legionario de la Guerra del Rif. Con la estatua de este último nos pretende convencer de que los valores que representa un soldado colonial de 1921, combatiente en una guerra de ocupación atroz y asimétrica, son los que deben manifestarse en el espacio de todos, mientras que los valores que representa Indalecio Prieto, un socialista liberal que defendió la democracia frente a la dictadura, no deben ocuparlo: el ayuntamiento ha anunciado que renombrará su calle.  Mientras en el resto del mundo se retiran estatuas a agentes coloniales, líderes racistas y mercaderes de esclavos, en Madrid se erigen estatuas a héroes del imperio. En esto, como en tantas otras cosas, la capital de España se está convirtiendo en una anomalía en Occidente.

Las estatuas sirven. Todavía. Sirven para naturalizar ideas y valores en nuestras calles. En el caso de Madrid se trata de ideas y valores contrarios a los que deberían primar en una sociedad democrática moderna. En el espacio público, en el lugar de todos, deberían levantarse monumentos que expresen aquellos ideales con los que todos los que defendemos la democracia podamos identificarnos. Quizá no sean muchos. Pero es que quizá no necesitemos tantos monumentos.

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