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Crisis económica El G-7 agrava su brecha de desigualdad social desde el estallido de la crisis de 2008

Las diferencias entre las rentas más altas y más bajas entre las siete grandes potencias industrializadas del planeta se han acentuado. De forma paulatina desde la década de los ochenta del siglo pasado, pero de manera fulgurante a raíz del ‘credit crunch’ de 2008. En un clima de moderación salarial y de encarecimiento de servicios esenciales como la educación, la sanidad y del precio de la cesta de la compra.

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Pasada reunión de los líderes del G-7 en París. Markus Schreiber/Pool via REUTERS

Las mayores economías del planeta han sido el epicentro de la desigualdad social que ha dejado el tsunami financiero que originó la crisis financiera de 2008. Un fenómeno que se ha instalado en sus sociedades civiles, aunque once años después de la quiebra de Lehman Brothers el clima de rebelión –¡indignaos!, fue el grito que trasladaron voces intelectuales como la del diplomático y escritor francés Stéphane Hessel, el economista Thomas Piketty o el pensador José Luis Sampedro en España, a la población bajo el argumento de que la crisis económica, en realidad, era una estafa social en toda regla– se haya diluido y las calles hayan dejado de albergar grandes manifestaciones de protesta. 

Un estudio de la consultora McKinsey, titulado Inequality: A persisting challenge and its implications, añade algunos elementos de juicio todavía, si cabe, más elocuentes. Porque las desigualdades entre ricos y pobres se han acrecentado en los estratos sociales de las principales economías del planeta. Hasta dejar en un limbo a sus clases medias. David Fine, que suscribe la autoría de un equipo de investigación del think-tank de esta firma, el McKinsey Global Institute, explica que la brecha de rentas entre los socios del G-7 se agudizó en 2014. Cuatro años después de que los programas de estímulo monetario y fiscal engendraran un ciclo de negocios artificial que ahora, en los albores de 2020, parece que toca a su fin.

Los salarios se han estancado por todas las latitudes del G-7

Los cálculos retrospectivos de este informe aseguran que ese ejercicio, el 1% de los patrimonios más suculentos del G-7 estaban en posesión del 27% de la riqueza total de este selecto club. Ese año, de recuperación bursátil, el escalafón más rico de sus milmillonarios duplicó con creces el 13% de beneficios globales que ya lograron acumular en el ejercicio precedente. Mientras –dice la radiografía de esta consultora– los salarios –la fuente de ingresos por antonomasia de las clases medias y bajas– se han estancado por todas las latitudes del G-7 y el coste de bienes y servicios básicos, como la educación o la sanidad, han repuntado muy por encima de las tasas de inflación medias. Y, para más inri, en los augurios no son nada favorables. El equipo de Fine asegura que nada hace presagiar que acontezcan subidas de ingresos laborales y profesionales y que la salud de estas economías –y de la actividad mundial, por ende– se torna cada vez más frágil, con altas volatilidades en los mercados y perspectivas de descensos bruscos que repercutirán en el índice de pobreza global.

Condicionantes sociales de la pobreza en el G-7

El diagnóstico de McKinsey se basa en el coeficiente Gini, el método por excelencia que mide la desigualdad de ingresos, dentro de un país, pero puede utilizarse para medir cualquier forma de distribución desigual, ideado por el economista italiano Corrado Gini en 1912, y que introduce una escala que va del índice 0, que representa la igualdad total y 1 que expresa el valor máximo de desigualdad.

Las economías de rentas altas han pasado de representar el 80% del PIB al 71%

El mundo –resaltan los investigadores del informe– ha revertido la tendencia en equiparación de ingresos entre las potencias industrializadas y los mercados emergentes. En los años que han transcurrido desde el inicio del milenio, las economías de rentas altas han pasado de representar el 80% del PIB al 71%, mientras que las de ingresos medios, donde se sitúa China o India, han logrado subir su peso desde el 14% al 22%. Tendencia que sigue convergiendo a un ritmo constante. También la dispersión de la riqueza se ha ido corrigiendo. Desde el 0,44 al 0,36 en el periodo 2000-2014. “Visto en perspectiva, esta corrección” ha tenido como protagonistas a estas dos potencias asiáticas, que “han recortado considerablemente la brecha de riqueza y de rentas con las naciones más ricas desde la década de los ochenta y que han conseguido unos resultados positivos en la redistribución de sus recursos” entre sus poblaciones. En cambio, en el seno del G-7 se ha producido una evolución variable y contradictoria. Por norma general, han sido capaces de registrar fuertes crecimientos económicos y de empleo, pero persisten en ellos –en unos más que en otros– altos niveles de desigualdad y sólo alguno de ellos ha traducido con éxito sus presiones impositivas y sus transferencias de políticas sociales en un descenso de sus cotas de pobreza.

En el G-7 perviven, además, factores personales que determinan sus escasos resultados en este terreno. “El género, la edad, la ética, el lugar de residencia o la cultura familiar -el mayor o menor arraigo y las ayudas intergeneracionales en los hogares- afectan al orden de oportunidades entre sus ciudadanos”. Las mujeres y los jóvenes entre 25 y 35 años son ahora más propensos a lograr títulos académicos de postgrado, pero sus remuneraciones y patrimonios están aún lejos de las de los hombres o las personas de edad madura, entre 55 y 65 años.

Las remuneraciones  de las personas de enter 25 y 35 años están lejos de las de entre 55 y 65

Las mujeres, por ejemplo, ganan sólo 84 centavos de cada dólar que obtienen los hombres. El informe elige otro botón de muestra. “Los residentes en ciudades superan en conocimientos educativos superiores a los que habitan en áreas rurales en más de una tercera parte; sin embargo, sus niveles de desempleo son notablemente más elevados y, en consecuencia, sus registros de ingresos sostenibles en el primer estadio de su periplo profesional, resultan también inferiores. Los salarios en estos países se han estancado. Desde 2005, las rentas reales disponibles han mermado en uno de cada cuatro ciudadanos que viven en seis de los socios del G-7. Todos, excepto Alemania, donde la presión de los poderosos sindicatos industriales –y el tradicional acceso a los consejos de administración de las empresas de representantes de los trabajadores– ha permitido rebajas mínimas en las bases imponibles de sus empleados durante el escenario postcrisis. Este retardo ganancial ha actuado particularmente contra la clase media y los profesionales técnicos o de un grado de conocimiento académico medio-alto.

Deudas en aumento

La educación, la salud y los costes de vivienda han crecido muy por encima de la inflación promedio en EEUU y la UE. La deuda inmobiliaria contraída por los ciudadanos del G-7 ha saltado desde el 87% de la renta disponible en 1995 al 123% en 2017. La OCDE también ha incidido en los últimos tiempos en este fenómeno que se cierne sobre sus socios y advierte a sus gobiernos sobre la necesidad de actuar para no estrangular a sus clases medias. “Hemos alcanzado un punto álgido.

La deuda inmobiliaria contraída por los ciudadanos del G-7 ha saltado desde el 87% de la renta disponible en 1995 al 123% en 2017

La desigualdad no puede amenazar el futuro, por lo que debemos tomar cartas para articular cauces que restablezcan la salud patrimonial de las clases medias”, afirma su secretario general, el mexicano José Ángel Gurría. “En nuestro informe –enfatiza Gurría– In It Together, sobre crecimiento inclusivo, se revela nítidamente que no existe una relación directa entre dinamismo e igualdad; todo lo contrario, un cambio de paradigma en esta dirección abre ventanas de oportunidades para espolear el vigor de la actividad productiva y elevar los niveles de vida del conjunto de los ciudadanos”. E incide en que esta senda de mejora requiere incentivar a las clases medias. En el primero de estos estudios, la OCDE (The Squeezed Middle Class) precisa que este estrato social, que esta institución multilateral engloba por sus ingresos, entre el 75% y el 200% de las rentas medias nacionales se ha contraído en la mayoría de los socios de este club en el actual ciclo de negocios, surgido de las cenizas de la crisis de 2008 y pone cifras elocuentes: “Mientras casi el 70% de los baby boomers de los sesenta llegaron a entrar en este grupo social, ahora, sólo pueden catalogarse como tales al 60% de los millennials”.

La influencia de la clase media “ha caído drásticamente” en el área OCDE. Excepto en contados y escasos países, estas rentas están en la actualidad por debajo de los niveles cosechados hace diez años, con repuntes anuales leves del 0,3%, una tercera parte menos que la riqueza labrada por el 10% de patrimonios más altos. “En la actualidad, la clase media navega en un bote a la deriva en medio de un mar de peligrosos arrecifes”, afirma Gurría.

Causas de la pérdida de poder adquisitivo

Los expertos de McKinsey también hacen referencia a la órbita de la OCDE. “El diferencial en el gasto de consumo entre el G-7 y el resto de socios de esta organización se ha reducido a la mitad desde 2000”. Motivo que evidencia que “la distribución de la riqueza entre la población de las siete mayores economías ha sido substancialmente más desigual que la de sus rentas y éstas, de igual manera, ha divergido también respecto a los gastos de consumo”.

La renta neta real ha descendido un 25% en seis de los siete integrantes del G-7 desde 2005

Un equilibrio que, en cambio, han logrado países como Letonia o Eslovenia, frente al deterioro en igualdad social que han registrado Suiza o EEUU. Bélgica, Polonia y Suecia han suscrito mejorías leves. En Francia, Reino Unido o EEUU –donde más del 60% de sus residentes admiten tener problemas o se han visto en la obligación de pedir préstamos privados para abordar gastos extraordinarios de más de 400 euros al mes, según encuestas oficiales– los grandes patrimonios, poseedores del 1% de la riqueza nacional de cada país, ya protagonizó un salto cuantitativo extraordinario, al pasar del 20% al 27% del poder adquisitivo total, en la década de los noventa. Una cota que han logrado mantener inalterable ya en 2014 y que han revalorizado aún más en el último lustro.

El informe de la firma de consultoría reconoce que la desigualdad aflora en época de crecimiento leve. Pero alerta de que, en esta ocasión, la brecha entre sustratos sociales se ha disparado. Los ricos son más ricos, y los pobres más pobres. De forma más que substancial. Por factores como las reformas laborales, que han liberalizado la movilidad y las condiciones de contratación, pero que también han restringido derechos laborales, por la escasa propensión a la empleabilidad de los empresarios o por el tratamiento que han realizado los sistemas judiciales sobre los despidos, colectivos o no, en un prolongado periodo de indeterminación económica.

El resultado palpable, desvela McKinsey, es que la renta neta real ha descendido un 25% en seis de los siete integrantes del G-7 desde 2005. A excepción de Japón. Con la consecuente pérdida de liquidez disponible para el 60% de sus poblaciones. En EEUU la proporción de hogares de clase media retrocedió desde el 61% en 1971 a sólo el 50% en 2015, y casi dos terceras partes de ellos han bajado en el escalafón social. Con, además, amenazas sociales preocupantes. Como el hecho de que sea el único país industrializado donde la esperanza de vida se ha reducido hasta certificar que es la más baja de las economías de rentas altas. Los excesivos gastos en Sanidad y la incertidumbre profesional-laboral está detrás del incremento de suicidios y el alto consumo de opiáceos de la sociedad estadounidense.