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El drama de los refugiados Croacia expulsa con brutalidad a los migrantes que intentan llegar a la UE

Cuerpos amoratados, huesos fracturados, prótesis rotas a patadas... Cientos de relatos denuncian los abusos y la violencia que la Policía croata emplea contra las personas atrapadas en Bosnia y que, a falta de una respuesta a una petición de asilo que no llega nunca, se ven obligadas a tratar de cruzar las fronteras comunitarias en trayectos a pie de hasta 15 días.

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Agentes de la Policía croata escolta na varios migrantes. - REUTERS

Estaba acabando junio, amanecía, y Aziz apareció en el campo de refugiados de Velika Kladusa con un ojo morado, la cara hinchada y una marca del golpe de una porra en la mejilla. Tanto este joven como quienes estaban con él aseguran que fue la Policía croata quien le golpeó después de haber sido deportado de vuelta a Bosnia.

Fue el primer caso que se conoció en Velika Kladusa sobre una devolución acompañada de violencia. Aziz es un nombre falso, como los serán todos los demás que aparezcan en este texto, por temas de seguridad. El suyo sólo es el primer caso de todos los que se han ido documentando desde aquel día.

No Name Kitchen ha documentado 254 deportaciones, la mayoría con violencia. 43 eran menores

Para tratar de buscar protección y reponerse a la falta de respuesta de los miembros de la Unión Europea a las peticiones de asilo emitidas desde algún punto de los Balcanes, a los migrantes sólo les queda la opción de tratar de llegar a algún país europeo y hacer el trámite in situ. Y para llegar, con pasaportes que no sirven para cruzar fronteras, la única forma es hacerlo de forma ilegal.

'The Game'

Aziz había salido dos días antes de Kladusa a eso que los refugiados y refugiadas han pasado a llamar The Game. Un juego siniestro que consiste en llegar hasta Italia desde Velika Kladusa, un pueblo fronterizo de Bosnia donde viven cientos de personas refugiadas de diversas nacionalidades llegadas de países con conflictos y guerras.

Un niño de cinco años herido tras caerse al suelo por un empujón de un policía croata. - NO NAME KITCHEN

The Game puede iniciarse en cualquier otro pueblo fronterizo de Bosnia y de Serbia hacia la Unión Europea. Pero no se acaba en Croacia. Se acaba en Italia. Hay que cruzar Croacia y Eslovenia para llegar al objetivo, la ciudad de Trieste, para poder librarse de una devolución en caliente. Hay que cruzar bosques, caminando de noche y escondiéndose durante el día, en trayectos que pueden durar hasta 15 días. La militarización anunciada en la frontera entre Eslovenia e Italia aumentará aún más el nivel de dificultad pronto.

Desde el caso de Aziz, el campo de Velika Kladusa ha visto a cientos de sus residentes regresar con relatos de abusos de la Policía: la prótesis de Aldin que sustituye a la pierna que perdió por una bomba que le impactó en Irak, rota por una patada; el hueso del omóplato fracturado del sirio Hamid; el cuerpo amoratado, desde la boca hasta los pies, de la siempre elegante Eram, que escapa de los malos tratos de su marido en Irán con su hijo adolescente; o la espalda amoratada de un niño de 5 años nacido en el Kurdistán, que cayó al suelo cuando la policía golpeaba a su padre mientras lo llevaba en brazos.

Devoluciones en caliente, golpes y robos

Las historias son muy similares las unas a las otras. En algún punto en Croacia o Eslovenia, la Policía descubre a un grupo de migrantes. En muchas ocasiones, no son los agentes quienes los descubren, sino que son ciudadanos quienes los ven y deciden avisar a las autoridades. Hay quienes aseguran haber visto a la Policía pagar por estos chivatazos.

Muchos migrantes vuelven sin dinero encima, después de haber sido robados por policías croatas tras, en algunas ocasiones, pasar 24 horas en un calabozo

Son muy pocos los que consiguen que sus peticiones de asilo se tramiten, según los testimonios que la organización No Name Kitchen, presente en Velika Kladusa de la mano de Balkan Info Van, ha podido recoger. En la mayoría de ocasiones, a los migrantes se les devuelve nada más pisar territorio comunitario. Muchas veces vuelven con unos papeles que han firmado en esloveno, que no comprenden porque no han contado con un traductor, y que convierten las deportaciones en legales. También llegan con los teléfonos rotos o, directamente, sin ellos. Y muchos sin dinero encima, después de haber sido robados por policías croatas tras, en algunas ocasiones, pasar 24 horas en un calabozo.

El cuerpo amoratado de una mujer tras haber sido golpeada por la Policía de Croacia. - Fotografía cortesía de ENZO TOMASIELLO

A pesar de que las historias de violencia policial son un constante, y que muchas veces hayan sido contra menores, probablemente haya sido la historia de Saíd la que más impacto haya creado. Las enormes marcas que dejaron las porras policiales en su espalda impresionan a cualquiera.

"Aparecieron dos policías más con gafas de visión nocturna, caí al suelo y uno me puso en el cuello una porra que producía descargas eléctricas"

Este bereber argelino, de unos 30 años, es una persona tranquila y amable. Hace un año viajó en avión a Turquía, cruzó a Grecia, donde pasó unos meses, y en mayo llegó a Bosnia. Aunque hay rutas más rápidas para llegar a Europa, la de los Balcanes es la más segura, lo que hace que muchas personas de Marruecos, Argelia o Túnez estén por aquí varadas. “Hay muchas opciones de morir ahogado al cruzar el Mediterráneo”, explica Saíd.

La historia que hay detrás de su espalda morada es aún más terrible. Hakim, un chico que le acompañaba, contó que, tras deportarlos a la frontera con Bosnia, la policía les pidió que salieran del coche en parejas. Al salir les esperaban seis agentes con porras, formando un pasillo, por el que los jóvenes tuvieron que pasar mientras recibían golpes.

Un joven atendido tras haber sido herido por la Policía croata. - BÁRBARA BÉCARES

“Eché a correr, pensé que si entraba en territorio bosnio ya no podrían tocarme, era de noche y no veía nada hasta que aparecieron dos policías más con gafas de visión nocturna, caí al suelo y uno me puso en el cuello una porra que producía descargas eléctricas”. Relatos como el de Hakim se han convertido casi en una constante.

Las historias de violencia y abusos de los deportados que llegan a Velika Kladusa tienen un denominador común: las más salvajes ocurren en un lugar particular muy cercano al pueblo. Muchos relatos coinciden, además, en señalar a un policía en particular.

La denuncia pública como forma de reducir la violencia

Marc Pratllusà, voluntario de No Name Kitchen, lleva viendo casos de violencia desde junio de 2017, cuando la organización se instaló en el punto fronterizo de Sid, Serbia, a un paso de Croacia. Nunca se ha conseguido que esta violencia llegue a algún tribunal, pero sí hay épocas en las que remite ligeramente. “Siempre pasa que si Médicos sin Fronteras o Amnistía Internacional pasan a conocer la situación y documentan los casos, lo que hace que aparezca más en los medios, la violencia se reduce una temporada”.

"Los ciudadanos de Europa necesitan saber qué está pasando en sus fronteras"

No Name Kitchen está publicando en las redes sociales los casos más llamativos. Esas publicaciones han conseguido que se haya producido una reducción de la violencia, “aunque no creemos que dure”, explica Pratllusà. La organización ha documentado, sólo en el mes de agosto, 254 personas deportadas. La mayoría sufrieron violencia física. De esos casos, 43 eran menores de edad.

Karolina Augustová, voluntaria de la misma organización y la encargada de compilar estos casos, cree que este trabajo es muy necesario ya que “los ciudadanos de Europa necesitan saber qué está pasando en sus fronteras”. “Lo óptimo sería que los culpables paguen por lo que están haciendo, pero creo que puede ser un poco ingenuo pensar así”. Esta violencia, explica Augustová, “significa una enorme injusticia y una explotación estructural de la política de fronteras: que alguien no tenga papeles no hace que nadie tenga el derecho de violentarlas”.

El Ministerio de Interior croata, por su parte, no sólo niega las acusaciones de brutalidad policial, sino que su única respuesta a las decenas de casos de violencia es atribuir las heridas a peleas entre los propios migrantes.