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EEUU 'Ambas Nogales': Las siamesas separadas por la crisis migratoria

A pesar del muro que se alza entre las ciudades fronterizas de Nogales (México) y Nogales (EE.UU.), los migrantes siguen desembarcando en cascada en la peligrosa urbe del norte de México en su arriesgada odisea hacia EE.UU.

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Apoyadas sobre el muro fronterizo en Nogales (México) hay decenas de cruces de madera en honor a los migrantes que perecieron tratando de alcanzar EE.UU. con vida. / Aitana Vargas

A primera hora de la mañana, un sol tenue comienza a vislumbrarse sobre el horizonte iluminando la vegetación del desierto y los cactus que se alzan como exóticas figuras a ambos lados de la interestatal I-19 que une Tucson con la ciudad fronteriza de Nogales. Situada en el estado Arizona, Nogales tiene una hermana siamesa en el estado mexicano de Sonora, con quien comparte nombre y una barrera de separación que ha ido engrosándose con los años y situando a la región en el corazón del discurso migratorio y político de Estados Unidos.

A mediados del s. XIX, EE.UU. adquirió parte del territorio mexicano a través de la Venta de la Mesilla y partió en dos la Calle Internacional, columna vertebral de ‘Ambas Nogales’, como los lugareños llaman a las dos ciudades. Desde entonces, el destino de estas urbes ha quedado unido de manera irremediable. Pero, si para los mexicanos el lado estadounidense es un espejismo de agua en mitad del desierto, desde la primera potencia mundial miran hacia la ciudad hispana como esa hermana sumida en la miseria que es incapaz de controlar el flujo migratorio hacia el norte, acabar con el crimen y erradicar el narcotráfico –este último alimentado por el fuego endiablado de una industria armamentista cuyo flujo recorre el camino inverso: de EE.UU. a los carteles mexicanos–.

En territorio anglosajón lleva viviendo casi 76 años el mexicano Marco Antonio Estrada, conocido como Tony Estrada, cuyos padres apostaron en 1944 por el país estadounidense como el lugar más adecuado para criar a sus hijos.

De tez morena y arrugas curtidas bajo el calor del desierto, Estrada ha dedicado su vida a trabajar en las fuerzas del orden. Primero en el Departamento de Policía de Nogales, del que llegó a ser jefe interino, y luego al frente del Departamento del Alguacil del Condado de Santa Cruz, donde ha logrado resistir la ida y venida de siete gobiernos. También es el único alguacil hispano de los quince condados que conforman Arizona.

"La gente podía venir sin visa ni tarjeta (de residencia) en días especiales, pero todo eso cambió como en 1995", Tony Estrada

“Crecí aquí en los años en los que estaba más o menos libre la entrada…La gente podía venir sin visa ni tarjeta (de residencia) en días especiales, pero todo eso cambió como en 1995”, afirma el mexicano desde su despacho.

En aquella época, la entrada en vigor de NAFTA, la devaluación del peso mexicano y una economía azteca en caída libre condujeron al cierre de varias fábricas y propiciaron la fuga de trabajadores mexicanos hacia Estados Unidos. Algunos incluso cruzaban al país vecino por las vías del tren. El aumento del flujo migratorio hacia el norte se tradujo en un mayor despliegue de agentes fronterizos estadounidenses, así como en la instalación de cámaras de seguridad y sensores de movimiento.

Tony Estrada, alguacil del condado de Santa Cruz en Nogales (Arizona), es un ferviente opositor a la política migratoria de Donald Trump. / Aitana Vargas

La barrera de separación cobró también mayor protagonismo en los años 90 y EE.UU. aprovechó para darle un nuevo impulso. Sin embargo, había sido el gobernador de Sonora quien, en 1915, instaló por primera vez una modesta alambrada que apenas estuvo en pie unos meses. Ya en 1918, tras la ‘Batalla de Ambas Nogales’, México y EE.UU. acordaron la construcción de una nueva valla –esta vez, permanente–.

“Como en el 1995 más o menos, empezaron a poner una valla de metal de acero en el área urbana de la frontera. Algo muy feo porque no podía ver uno a sus vecinos de aquí para allá, ni ellos para acá”, relata este alguacil que, además de declararse anti-Trump, insiste en que los migrantes mexicanos que en la actualidad buscan refugio en suelo estadounidense lo hacen por “desesperación”, “necesidad” y porque EE.UU. “descuidó” a su vecino.

"Si EE.UU. hubiera ayudado a México para que la gente se quedara, no habría este flujo migratorio"

“Si EE.UU. hubiera ayudado a México para que la gente se quedara, no habría este flujo”, afirma Estrada, que también lamenta que la migración de centroamericanos, sobre todo de madres con hijos, se haya disparado en los últimos años.

El recorrido por el muro que causa la división

Rozando el mediodía, uno de los agentes del alguacil, Paul Estrada, se sube en el coche patrulla, pone rumbo al muro fronterizo y hace un pequeño alto en una colina desde donde se observa la Colonia Buenos Aires, situada en Sonora.

“En este momento hay vigilantes desde el otro lado que nos están observando. Saben qué estamos haciendo y están pasando información a los narcos de nuestros movimientos”, advierte. “México se ha 'colombianizado' y ese barrio es uno de los más peligrosos”.

Minutos después comienza el viaje por las crestas y valles que recorren la línea fronteriza de oeste a este entre Ambas Nogales. El terreno es árido y montañoso y dificulta el cruce de personas. Hace unas semanas, el agente encontró el cadáver de un hombre con la piel seca, momificada y pegada a los huesos a pocos metros del muro. Había llegado con fuerzas para saltarlo. Pereció metros después.

Varias colinas más adelante, una cazadora permanece perforada entre los pinchos superiores del muro de acero cobrizo que, en algunos tramos, alcanza los seis metros de altura. La concertina, una de las últimas y polémicas medidas adoptadas por Trump a principios de este año para desalentar la inmigración ilegal, fue duramente criticada por las autoridades a ambos lados de la frontera por las graves lesiones que puede causar. Para el migrante que trata de cruzar, solo hay dos opciones: o derribar los rizos de púas o confiar en que el abrigo le proteja de estas.

A pesar de las promesas de Donald Trump, el muro de separación entre las ciudades fronterizas de Ambas Nogales cuenta con tramos por donde inmigrantes y narcotraficantes pueden cruzar al vecino anglosajón. / Aitana Vargas

Con el horizonte como telón de fondo, el muro resulta interminable. Pero a varios kilómetros del centro urbano de Nogales se observa un tramo donde la valla llega a su fin, dando paso a una barrera de vehículos que no levanta más de metro y medio del suelo. Aquí comienza el gran tormento para Trump.

“En esta zona no se puede poner un muro porque la fuerza del río, cuando hay agua, lo tira”, explica el agente.

A pesar de los sensores de movimiento y las cámaras de seguridad, este es uno de los puntos por donde los inmigrantes más osados, los polleros y los narcos tratan de colarse a territorio anglosajón. Algunos logran burlar las medidas de seguridad y a los agentes fronterizos. Otros son arrestados. Y otros mueren.

Cuenta Tony Estrada que el despliegue de agentes fronterizos y de otras fuerzas de seguridad ha convertido al pequeño condado de Santa Cruz en el más seguro del estado. También es uno de los más transitados y cuenta con tres puestos fronterizos: uno para peatones, otro para vehículos y otro comercial. “Del lado mexicano, es un país del tercer mundo”, lamenta.

La vida entre fronteras de los migrantes

Los que se aventuran a pie hacia la república mexicana, no tienen que caminar demasiado para encontrar decenas de pequeñas cruces de madera apoyadas a lo largo del muro con los nombres de los migrantes –adultos y niños– que murieron tratando de alcanzar el oasis estadounidense. Sobre este improvisado panteón hay pintadas y referencias al muro elevado por Israel para encapsular los territorios palestinos. Y frente a las cruces, justo cruzando la Calle Internacional, hay modestas casas bajas en cuya acera se sientan los vecinos a contemplar la valla de acero que se alza ante ellos.

Sobre esta avenida nos subimos en un taxi de color blanco. El conductor no lleva cinturón de seguridad. El mío está roto y el motor del coche se para con cada alto del camino. Al doblar una esquina, el taxista comenta que la situación para los mexicanos se ha recrudecido con la llegada de Trump y que cada vez más inmigrantes de otros países usan Nogales (Sonora) como punto de cruce.

“Se está poniendo muy dura la situación para que mucha gente saque sus papeles y pueda ir a trabajar allá”, asegura Roberto Esquer mientras me lleva a un albergue de migrantes.

La mexicana Silvia Cayetana y sus hijos hacen fila en la calle para recibir cena en uno de los albergues situados en Nogales (México). / Aitana Vargas

Al bajar del taxi, el sol de la tarde todavía calienta con intensidad en la ciudad mexicana. Y debajo de una carpa instalada en la acera, hay unos cien migrantes haciendo fila para recibir agua y comida en el albergue Kino (KBI). A la fila van sumándose rápidamente migrantes centroamericanos, cubanos, venezolanos y mexicanos procedentes de otros estados del país.

“He venido acá por las guerras y el peligro”, asegura la mexicana Silvia Cayetana mientras sostiene en brazos a uno de los tres hijos con los que su marido y ella han viajado hasta la ciudad fronteriza. “No se puede estar tranquilo. Los niños no pueden estar bien allá”.

A pocos metros, apoyado sobre la valla de un aparcamiento, se encuentra el hondureño Daniel Mejía, que atravesó Guatemala y México para llegar aquí. Gran parte del trayecto lo realizó sobre ‘La Bestia’, el tren más peligroso utilizado por los migrantes para acortar el largo recorrido por tierras mexicanas.

Teódolo García llegó al albergue de KINO en Nogales (México) tras ser deportado por las autoridades migratorias estadounidenses. / Aitana Vargas

“Tengo tres niños y una esposa y, con lo que me pagan, no me ajusta para todo. Pero no me los quise traer a ellos porque me vine en el tren y es muy peligroso traerse niños en el tren”, relata. “Pasas por lugares donde hay secuestros, asaltos, robos…Y por ahí se ven cosas feas. El otro día, cuando estábamos esperando el tren con otro amigo, miramos cómo el tren agarró a un señor y lo partió en dos enfrente de la casa de migrantes”.

"El otro día, cuando estábamos esperando el tren con otro amigo, miramos cómo el tren agarró a un señor y lo partió en dos enfrente de la casa de migrantes"

A Sonora, Mejía llegó hace tres días con una visa humanitaria emitida por las autoridades mexicanas. A dos amigos los arrestaron por el camino. Ahora tiene que esperar aquí hasta que le asignen fecha para comparecer ante un juez estadounidense y convencerle de que le autorice a iniciar la solicitud de asilo. Cree que ser refugiado en México puede ayudarle.

A su lado hay migrantes que llevan meses esperando su turno. Todavía resplandece en sus ojos el brillo de la esperanza. Pero el último migrante en incorporarse a la fila, Teódolo García, está a punto de perderla.

“Me acaba de echar para fuera la migra (autoridades migratorias de EE.UU.), pero no tengo fondos para volver”, dice el sinaloense. “Quizá trate de regresar con un coyote, pero está duro”.