Las batallas electorales decisivas que podrían dejar a Trump sin el control del Congreso
El presidente estadounidense no solo podría perder la mayoría de la Cámara de los Representantes, sino que también hay posibilidades reales de que los demócratas le arrebaten el Senado.

Washington DC-
A estas alturas, no hacía falta que Donald Trump lo explicitara, pero las elecciones de medio mandato del próximo 3 de noviembre se han convertido en un plebiscito sobre su presidencia. Esto, de entrada, no tendría por qué ser nada excepcional: las midterms, que se celebran cada cuatro años y coinciden justo en el ecuador de los mandatos presidenciales, acostumbran a ser una cita gris precisamente porque siempre sale damnificado el partido que está en el Ejecutivo. Pero en esta ocasión, los comicios se producen después de casi dos años turbulentos de Trump en el poder.
En 2024, Trump volvió al poder con la perspectiva de una presidencia cómoda. Con una mayoría conservadora en el Supremo ya asentada —que ese verano le había concedido inmunidad presidencial—, el republicano logró conseguir la Casa Blanca y erigir también una ajustada mayoría en ambas cámaras del Congreso. El magnate regresaba por la puerta grande con una trifecta en la que los demócratas, minoría tanto en la Cámara de los Representantes como en el Senado, tenían poco margen para frenar su agenda.
El control férreo de Trump sobre el partido también le permitió doblegar a sus legisladores a voluntad —con pequeñas excepciones, como la publicación de los papeles Epstein— y adoptar una presidencia prácticamente unilateral. El magnate se embarcó en la guerra de Irán sin consultar con el Congreso y desde entonces ha estado toreando el Capitolio para seguir con su plan. El problema es que esa complacencia ahora va a salir muy cara a los legisladores y al mismo Trump, quien retenía la mayoría en ambas cámaras por un número muy ajustado.
Las midterms sirven para renovar por completo la Cámara de los Representantes y un tercio del Senado. En la Cámara de los Representantes, actualmente los republicanos controlan 218 escaños de 435, es decir, tienen el mínimo justo para poder ser mayoría. Los demócratas tienen 214 escaños, además de que hay dos vacantes y un congresista independiente. Se trata de Kevin Kiley, del tercer distrito de California, que abandonó el Partido Republicano este año, pero sigue como miembro de la Cámara.
Como todos los asientos están en juego, los demócratas, que actualmente tienen 214 legisladores, solo necesitan sumar cuatro asientos de los 21 que se dibujan como clave, además de mantener los que ya tienen. Desde que empezó el año, las encuestas preveían que los demócratas pudieran arrebatar el control de esta cámara con relativa facilidad. Un pronóstico que se ha ido reforzando a medida que han pasado los meses y se ha encarecido el coste de vida.
Lo más interesante e inesperado es la contienda para el Senado. En estas elecciones, de los 100 escaños que conforman la Cámara Alta, 35 van a las urnas este noviembre. Trump logró controlarlo gracias a una ajustada mayoría de 53 senadores (el mínimo para la mayoría son 50). De entrada, no parecía probable que los demócratas tuvieran opciones de disputar el control al magnate, ya que necesitan tener al menos 51 senadores para hacerse con el Senado. Una mayoría de 50 no sería suficiente, ya que en este caso el vicepresidente JD Vance tendría el voto para desempatar.
Para alcanzar los 51 escaños, los demócratas necesitan cambiar de color al menos cuatro estados, además de defender el resto de asientos que tienen en juego. De estas 35 carreras que hay en juego, unas 13 son las más importantes, aunque son siete las que se han convertido en terreno disputado. Carolina del Sur y Nebraska son dos estados que, por el momento, siguen teñidos de rojo y no se esperan sorpresas. En el lado demócrata hay cuatro estados que también se mantienen firmes: Minnesota, Carolina del Norte, Georgia y New Hampshire.
Siete carreras en disputa en el Senado
Los siete estados que van a ser clave para determinar el control del Senado son Míchigan, Maine, Ohio, Iowa, Kansas, Alaska y Texas. De este grupo hay dos contiendas especialmente calientes: las de Míchigan y Texas. En ambos estados, los demócratas no solo tienen opciones de ganar, sino también de hacer historia. En Míchigan, el progresista Abdul El-Sayed, si logra imponerse a su rival republicano, Mike Rogers, podría hacer historia y convertirse en el primer senador musulmán. Su triunfo, además, demostraría que una agenda de izquierdas puede ser competitiva en estados bisagra.
En Texas, la épica aumentaría si el demócrata James Talarico logra teñir de azul este bastión republicano: sería la primera vez que esto ocurre desde 1976, cuando el expresidente Jimmy Carter logró ganar en el estado sureño. En un paralelismo destacable, Carter siempre tuvo muy presente el cristianismo en su vida política, igual que Talarico, un joven pastor presbiteriano que está logrando penetrar entre el electorado trumpista gracias a un discurso que integra medidas económicas de izquierdas con la moral cristiana. Tampoco ayuda que su rival, el republicano Ken Paxton, esté marcado por polémicas investigaciones de corrupción mientras fue fiscal general.
En Iowa, las encuestas dibujan una estrecha disputa entre el demócrata Josh Turek y su rival republicana Ashley Hinson. La razón de la remontada de Turek en un estado republicano, en gran parte, es el encarecimiento del coste de vida provocado por la guerra de Irán, así como los recortes en los subsidios médicos que la ley fiscal de Trump ya está empezando a desplegar.
Las razones por las que Kansas se ha convertido en un estado disputado son similares a las de Iowa: esta demarcación rural empezó a dejar de ser terreno seguro para los republicanos debido al daño que han provocado las políticas arancelarias y la guerra de Irán a los granjeros y rancheros. El balance de daños para Trump se entiende mejor si se tiene en cuenta que ningún demócrata ha ganado un escaño en el Senado por Kansas desde antes de la Segunda Guerra Mundial. Si el actual candidato, el reverendo Adam Hamilton, logra ganar, también supondría un triunfo histórico.
Otro elemento que también ha aupado a Hamilton en las encuestas hasta disputarle el liderazgo al republicano Roger Marshall es la cuestión religiosa. De manera similar a lo que está pasando en Texas con Talarico, la vertiente religiosa del demócrata también está influyendo en que algunos votantes conservadores —o que nunca habrían elegido a un demócrata— se lo replanteen ahora.
Maine puede ser el gran talón de Aquiles de los demócratas: a principios de año, la contienda para el Senado en este estado estaba claramente encarrilada a teñirse de azul, hasta que apareció una acusación de agresión sexual contra su candidato, Graham Platner. La polémica, que saltó en verano, reveló cómo el equipo de campaña del partido había hecho la vista gorda ante otras informaciones sobre Platner que ya apuntaban en esta dirección. Todo ello porque era el tipo de candidato que podía apelar a personas que en 2024 habían votado a Trump.
La salida de Platner a mitad de campaña supuso un duro revés para los demócratas en una carrera crítica. Actualmente es Troy Jackson, cuya historia es similar a la de Platner: en lugar de ser un exveterano que montó una pequeña granja de ostras, se trata de un leñador con una fuerte vinculación con la lucha por los derechos de los trabajadores y que ya fue senador en dos ocasiones. Jackson compite contra la republicana Susan Collins.
Trump parece estar apostando por la posibilidad de que su senador por Alaska, Dan Sullivan, mantenga el asiento en estas elecciones frente a la demócrata Mary Peltola. Aparte de ser uno de los destinos de su tour para hacer contención de daños en estos comicios, el presidente estadounidense ha empezado a aumentar las promesas electorales para este estado: nuevas inversiones para un gran oleoducto que hace tiempo que se reclama, e incluso indultos para aquellos que incumplieron las regulaciones de emisiones en el estado.
En el Congreso, el número de carreras a observar se amplía notablemente, aunque el repliegue económico que han hecho los republicanos en los últimos días ya señala que los de Trump dan por perdida la Cámara de los Representantes. O al menos consideran más complicado mantener la mayoría de escaños. De las 46 contiendas que hay que seguir, 21 se dibujan como las realmente determinantes. Florida, Virginia, Arizona, Míchigan, California o Texas son algunos de los estados donde hay escaños que bailan.
En Florida, Arizona y Texas, por ejemplo, se está poniendo a prueba el apoyo del voto latino, que se ha visto erosionado ante la brutal campaña antiinmigración de Trump. Por ejemplo, la congresista hispana por Florida, María Elvira Salazar, tuvo que pronunciarse abiertamente en contra del ICE del presidente estadounidense en un intento por marcar distancias.





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