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El efecto Bradley da marcha atrás

CARLOS ENRIQUE BAYO

Algunos senadores republicanos, agobiados por la aparente inevitabilidad del triunfo de Barack Obama, han empezado a tildarle de uppity (engreído), calificativo empleado antiguamente por los racistas blancos para referirse a los negros que tenían ideas demasiado elevadas para su condición inferior.

Lo que esos políticos buscan ahora es resucitar el viejo efecto Bradley, así llamado porque supuso la derrota, en 1982, del entonces popularísimo alcalde negro de Los Ángeles, pese a que todas las encuestas le concedían una sólida ventaja de 7 puntos sobre su rival blanco, George Deukmejian, en las elecciones para gobernador de California. Tan inesperado fue que los periódicos dieron la victoria de Tom Bradley en primera edición.

El fenómeno siguió en los ochenta. Al año siguiente, los sondeos mostraron una falsa superioridad de Harold Washington en las municipales de Chicago. En 1989, David Dinkins fue elegido por fin como el primer alcalde negro de Nueva York, pero sus 18 puntos de ventaja en las encuestas cayó en las urnas hasta sólo 2.

Al principio, los sociólogos creían que muchos votantes mentían a los encuestadores para no aparecer como racistas. Pero en 1997 el presidente del Pew Research Center, Andrew Kohut, realizó una investigación que descubrió el verdadero motivo: "Las personas que desconfían de las encuestas [y, por tanto, no se dejan entrevistar y no entran en el cómputo] son también más intolerantes". Ésos son los que depositan votos racistas.

Más recientemente, Daniel Hopkins, de Harvard, hizo un estudio doctoral en el que examinó 133 campañas electorales a gobernadores y senadores entre 1989 y 2006. Halló un efecto Bradley de -3 puntos, como promedio, que afectó a los candidatos negros hasta 1996. Sin embargo, a partir de ese año, la desviación cambió de signo y los políticos de color empezaron a disfrutar de un efecto inverso, ganando un 3% más de votos del que predecían las encuestas.

Se cree que el motivo es que muchos blancos empezaron a votar a aspirantes negros, pero se avergonzaban de ello y no querían reconocerlo en su entorno racial más cercano.

No obstante, ésta es la primera vez que el fenómeno se pondrá a prueba en una carrera hacia la Casa Blanca y los analistas no están muy seguros de qué ocurrirá.

Algunos, como el catedrático californiano Charles Henry uno de los primeros en estudiar el efecto Bradley, creen que Obama sólo se puede asegurar la victoria si llega a las urnas con una ventaja de al menos 10 puntos. Otros observadores estiman que necesita un colchón antirracista de entre el 6% y el 9%. De momento, cumple por la mínima esa condición.

En cambio, otros sostienen que Obama se beneficiará de un efecto inverso. Kathleen Parker, de The Washington Post, opina que hay muchos "republicanos y conservadores que nunca admitirían que van a votar por un negro, especialmente por uno con ideas tan liberales". Parker explica que el efecto inverso se fundamenta en "un código de omertá", el silencio juramentado de los mafiosos. "Nadie habla".

Según un sondeo de Gallup, el 9% de los electores son más proclives a votar a Obama por ser negro, mientras que sólo el 6% están inclinados a hacer lo contrario.

Lo que sí está claro es que si fuera blanco tendría la victoria en el bolsillo. Y que ya sólo puede pararle el racismo oculto de la sociedad.

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