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Elecciones EEUU Biden y Trump apuran la campaña con la mirada puesta en el voto latino y los estados bisagra ante una participación anticipada récord

Pensilvania y Florida están llamados a decantar las elecciones, celebradas en el mayor clima de polarización de las últimas décadas. Hay muchas ganas de votar: 83,5 millones de personas lo han hecho ya de forma anticipada, más del 60% de todos los votos de hace cuatro años.

Donald Trump lanza su gorra al final de un acto electoral.
Donald Trump lanza su gorra al final de un acto electoral. — REUTERS

Después de muchos meses de campaña, llega el momento crucial para Estados Unidos: sus ciudadanos eligen durante el primer martes después del primer domingo de noviembre, según establece la Constitución, si el próximo presidente será el actual mandatario, Donald Trump, o el candidato del Partido demócrata, Joe Biden.

El primero lo ha centrado todo en dar por cerrada la pandemia del coronavirus, en la gestión económica (el pleno empleo técnico de febrero y la presunta recuperación actual) y en presentar a los demócratas como comunistas violentos. Biden se ha presentado como el candidato sin estridencias y con promesas para la clase media como un plan de transición sostenible que creará "millones de empleos" y un seguro médico público.

Más de 90 millones de personas ya han votado de forma anticipada

El mapa electoral está más o menos claro: aparte de los estados claramente demócratas (fundamentalmente en ambas costas) o republicanos (en el interior y el sureste del país, sobre todo), la clave estará en nueve estados considerados bisagra este 2020, sobre todo Pensilvania y Florida; en ambos gana Biden en las encuestas. A nivel nacional, el demócrata gana por 8,8 puntos, según la media de sondeos elaborada por FiveThirtyEight. Una cosa está clara: hay muchas ganas de votar: más de 90 millones de personas ya lo han hecho de forma anticipada, más del 65% del total de votos de hace cuatro años. FiveThirtyEight prevé una participación total estas elecciones presidenciales de 154 millones de personas, muchos más que los 137 millones que votaron hace cuatro años (un aumento del 12,4%). En 48 horas empezarán a disiparse las dudas.

Precisamente, en uno de los últimos empujones de la campaña, Trump viajó ayer hasta Pensilvania, donde tuvo nada menos que cuatro eventos. Su vicepresidente, Mike Pence fue a Carolina de Norte, otro de los estados bisagra. Biden, por su parte, dio un mitin en Flint, Michigan, otro Estado clave, junto a Barack Obama, en la que fue la primera aparición conjunta de los otrora vicepresidente y presidente de Estados Unidos, respectivamente. La aparición de Obama ayer se produjo tras otro mitin suyo el pasado martes en Florida, Estado al que acudió ayer la candidata a vicepresidenta de Biden, Kamala Harris, para dar varios mítines. Las casillas clave en esta partida de ajedrez electoral están más que claras para ambos partidos.

Biden tiene ahora mismo un 89% de opciones de victoria

Aunque las encuestas en el ámbito nacional dan casi nueve puntos por encima a Biden (incluso algunas de los últimos días le han concedido un margen de hasta 12 puntos), se considera que, por el reparto de población en los Estados, sería factible para Trump ganar las elecciones si Biden no saca más de cinco puntos en el cómputo global de votos. A partir de ahí, cada punto porcentual hacia arriba para Biden aumenta exponencialmente sus opciones de victoria final. FiveThirtyEight calcula que, con las encuestas actuales, Biden tiene ahora mismo un 89% de opciones de victoria.

Los demócratas no se fían

Sin embargo, los demócratas no se fían. Ni de las encuestas ni de cómo se comportará el voto latino en 2020. Este voto resultará clave para dirimir Estados como Florida y Texas. Pero las elecciones no se ganan (o no sólo) por el número de votos. En 2016, Hillary Clinton venció a Trump por 2,1% y casi tres millones de papeletas en el cómputo global nacional y, sin embargo, fue el magnate neoyorkino quien se alzó con la presidencia holgadamente. La presidencia se gana obteniendo más miembros en el órgano que elige al presidente, el Colegio Electoral. Hay que tener una mayoría de 270 asientos en ese órgano. En 2016, pese a tener menos votos, Trump obtuvo 117 asientos más (344 miembros frente a 227).

Los latinos son, por primera vez en la historia, la minoría más amplia que participa en unas elecciones, por delante de la población negra. Votarán 32 millones de latinos (13% del censo) frente a 30 millones de negros (12,5%). En 2016, pese a lo que se pudiera pensar por su enfoque supremacista y antiinmigración, Trump obtuvo un tercio de los votos de esta comunidad y en 2020 hay encuestas que no descartan que obtenga un apoyo similar. Por este motivo, todas las miradas se centran en Texas y Florida, que aportan al Colegio Electoral 38 y 29 asientos (67 entre ambos).

En ambos Estados la comunidad latina es amplísima y los dos territorios son, junto a California, donde, con diferencia, la población ha votado más masivamente de forma anticipada: en Texas el viernes habían votado ya de ese modo más personas que en todas las elecciones de 2016. La media de encuestas elaborada por FiveThirtyEight le da a Trump la victoria en Texas pero apenas por un estrecho margen del 1,8% (48,1% frente a 46,9%); Biden ganaría en Florida por dos puntos (48,6% frente a 46,6%). Por eso en Estados Unidos todas las miradas están puestas en el otro Estado de esos considerados bisagra que conceden un elevado número de asientos en el Colegio Electoral, Pensilvania (20).

En su capital, Filadelfia, dio Barack Obama su primer mitin de esta campaña el 21 de octubre, y desde el miércoles se suceden en dicha ciudad protestas promovidas por el movimiento Black Lives Matter tras la muerte de un ciudadano negro tiroteado por la policía. FiveThirtyEight le da a Biden, oriundo de ese Estado, una ventaja de 5,1 puntos frente a Trump (50,1% frente a 45%). Si Biden gana en dos de estos tres territorios, dará un salto de gigante para ser presidente; si gana en los tres, tendrá la Casa Blanca en bandeja.

En el resto de los estados bisagra (seis territorios que aportan 72 asientos en el Colegio Electoral), la media de los sondeos prevé una victoria de Trump por un punto en Ohio (18 miembros en el ente electoral), un empate técnico entre ambos en Iowa (6 asientos) y una victoria de Biden por casi dos puntos en Carolina del Norte y Georgia (15 y 16 asientos), por tres puntos en Arizona (11 asientos) y por seis puntos en Nevada (6 asientos). De llevarse finalmente Trump Iowa, territorio tradicionalmente republicano, el presidente sacaría de estos Estados bisagra 24 miembros en el Colegio Electoral y Biden el doble, 48.

Pero todo esto no son más que sondeos. Los demócratas no se fían. El voto masivo previo podría interpretarse como una reacción contundente a favor de Biden y para expulsar a Trump de la Casa Blanca, pero también como el resultado de un votante convencido por los machacones mensajes del presidente en cuanto a que Biden (sic) implantará un régimen comunista en el país... Trump, que no deja de alentar conspiraciones de todo tipo, aprovecha cada mitin y cada entrevista para calificar a los demócratas como "izquierda radical, comunista y violenta", como un partido que "impondrá la medicina socializada"; y hasta aseguró en un mitin el pasado jueves que si Biden gana "cerrará la economía y el país".

Atrás queda ya el balance de los dos debates cara a cara que mantuvieron en televisión ambos candidatos el 29 de septiembre y el 22 de octubre, con resultados desiguales. El primero fue un espectáculo de ruido y bronca que no le sentó bien a la imagen de ningún candidato. En el segundo, Trump estuvo más sosegado pero en su estilo (atacando a Biden y esparciendo desinformación más que desgranando su proyecto político para los próximos cuatro años) y Biden se presentó como el candidato de la clase trabajadora y desmenuzó las líneas maestras de su programa: programa de transición sostenible para reducir gases y crear "miles de empleos" en ese sector, la creación de un seguro médico público (que llamó Bidencare, como recuerdo del Obamacare, tan atacado y mermado por la administración Trump, incluso en plena pandemia) o la eliminación de la reforma impositiva de Trump, que beneficia enormemente a las grandes corporaciones y las grandes fortunas.

Trump, frente a esto, además de atacar a los demócratas, sólo juega la baza económica: habla, sin una base factual, de una recuperación económica "sin precedentes" y da por finalizada la crisis del coronavirus, ante lo que emplea como símbolo su propia recuperación de la covid-19 (su contagio impidió que se produjera el debate previsto el 15 de octubre con Biden). "Tenemos la medicación para combatirla y la vacuna prácticamente lista", afirma recurrentemente, a pesar de que no es cierto: ni existe medicación efectiva contra el virus ni la vacuna está a semanas de ser aprobada. Pero el presidente usa esto como cortina de humo para esconder la realidad: esta semana Estados Unidos ha superado su propio récord de contagios con 500.000 personas infectadas en siete días; el viernes el país alcanzó el pavoroso récord mundial de contagios en un solo día con 100.000 casos.

Con todo, está por ver la eficacia de los debates y su repercusión en el voto puesto que la enorme mayoría de los estadounidenses afirma al ser encuestado que tiene su voto decidido. De hecho, muchos analistas en los medios de comunicación del país han reclamado que este sea el último año en que se produzca debates presidenciales.

Así las cosas, la jornada electoral del martes se plantea frenética en medio de un clima absolutamente polarizado y bajo la amenaza de Trump de no reconocer el resultado de las elecciones, a las que califica constantemente, de nuevo sin base real alguna, de estar "amañadas" por los demócratas.

Se teme que el resultado definitivo tarde varios días en conocerse

El riesgo de este escenario es que, ante el aumento de votantes en estos comicios y ante el enorme número de voto anticipado y por correo (debido a la pandemia, que ha hecho que mucha gente prefiera votar mediante alguna de estas dos modalidades no presenciales), es probable que el resultado electoral no se pueda conocer la misma noche del martes (sobre todo si el resultado entre ambos es muy ajustado) y se teme, de hecho, que el resultado definitivo tarde varios días en conocerse. Cuatro Estados, por ejemplo, no empiezan a procesar los votos hasta el mismo día de las elecciones, entre ellos Pensilvania, un Estado clave.

El temor en Estados Unidos es volver al escenario de 2000 entre George Bush hijo y Al Gore, cuando se disputaron la presidencia pendientes en aquella ocasión de Florida. El caso acabó llegando al Supremo en un proceso de recuento de votos y recursos judiciales que se prolongó hasta diciembre y que tuvo al país en vilo.

En este caso, la administración Trump no ha priorizado en el Senado aprobar en este mandato el nuevo paquete de ayudas por el coronavirus (a pesar de que la propuesta inicial se aprobó por los demócratas en mayo en la Cámara de los Representantes), pero sí la sustituta de la jueza Ruth Bader Ginsberg, fallecida hace pocas semanas, en el Tribunal Supremo. Trump corrió para proponer a la jueza ultraconservadora Amy Coney Barrett, nombramiento que fue aprobado por el Senado republicano enseguida. La jueza juró su cargo el pasado martes y garantiza así una mayoría conservadora de 6 a 3 en la alta corte estadounidense. Otra baza más de Trump en caso de que las elecciones finalmente se tengan que dirimir en este tribunal.

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