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Elecciones en Suecia La ultraderecha pone a prueba al emblemático Estado de Bienestar sueco

Las elecciones de este domingo en Suecia no son una cita con las urnas al uso. Aquellas que dirimían si la socialdemocracia perdía o ganaba un puñado de escaños. O si los liberales llegaban a tocar el poder, como a principios del milenio. Ahora, los grupos anti-inmigración exhiben músculo y trasladan al electorado la sostenibilidad del sistema de prestaciones sociales sueco. Con la corona, su divisa, en caída libre.

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En los lugares de trabajo se está produciendo una dura disputa entre partidarios de la socialdemocracia y del nacional populismo de los Demócratas Suecos (DS) por captar el voto de los empleados. / REUTERS - INTS KALNINS

La ultraderecha sueca de Jimmie Äkesson -xenófoba (rechazo contumaz al inmigrante en uno de los países más condescendientes y hospitalarios como cobijo de refugiados); euroescéptica hasta el tuétano (promete en su ideario electoral un referéndum de salida de la UE) y albergue tanto de figuras nazis de los tiempos de la segunda contienda bélica mundial como de jóvenes movimientos que reivindican, con la pertinente retórica revisionista de la historia, el Tercer Reich-, no se juega su entrada en el Riksdag. Su presencia en el Parlamento se consumó en las anteriores elecciones, en 2010, cuando acapararon el 5,7% de los sufragios. 

En los comicios de este domingo, ocho años después, su objetivo es más ambicioso: tienen opciones reales de liderar el futuro Gobierno sueco. Porque los irónicamente denominados Demócratas Suecos (DS), que diría Stieg Larsson, autor de la saga Millenium y estudioso de los movimientos de extrema derecha europeos, especialmente en las latitudes escandinavas, se han encaramado al segundo lugar de las encuestas de intención de voto. Algunos sondeos les otorgan el 19,8% de respaldo social, a tiro del 24,6% que recabarían los socialdemócratas del actual primer ministro, Stefan Löfven.

Insistía el difunto Larsson, hacia el ecuador de la década pasada, que la jerga al uso del populismo ultra escandinavo -en especial, el sueco- abusaba de las alusiones a la democracia, a la justicia y a la libertad. Para, a renglón seguido revelar, sin tapujos ni el más mínimo sonrojo en sus rostros, sus perfiles autoritarios o sus constantes referencias a su sacrosanto principio de defensa de la ley y el orden. Pese a su palpable falta de respeto por los derechos civiles y su infatigable aversión a cualquier adversario o rival político. Dentro o fuera de sus partidos. Porque se hacen rodear de una aurea mesiánica construida mediante el uso (y abuso) -avisaba Larsson- de falsos relatos en favor de la libertad, la igualdad y la fraternidad, que inspiraron la Revolución Francesa de 1789 y que se asentaron en la modernidad, a través de las constituciones democráticas posteriores.

El apoyo a los Demócratas Suecos ha ido creciendo respecto a los Socialdemócratas. / BLOOMBERG

Elaboración del discurso xenófobo

Mensajes cargados de visceralidad, con un notable déficit de racionalidad que, sin embargo, calan profusamente en unas sociedades avanzadas como las occidentales, con un acceso ilimitado a la información, aunque cada vez menos permisivas con el diferente, primero, y con la globalización, después, y que parecen que se habitúan a convivir con las fake news. En la era de la post-verdad. Donde, parece que todo es veraz y, por lo tanto, válido. Hasta los asaltos a la privacidad desde las redes sociales por parte de emporios (Facebook o Google han admitido haber participado en procesos ilícitos para inclinar la orientación del voto en el Brexit británico), gobiernos (la injerencia de Rusia en el triunfo electoral de Donald Trump en EEUU, en convocatorias europeas recientes a favor de la extrema derecha o movimientos segregacionistas, como el catalán, destinados a acabar con la UE) y grupos extremistas que, en conjunto o de forma aislada, desean subvertir, en realidad, la ley y el orden establecidos.

En este terreno, ya abonado desde hace más de una década, como alertaba Larsson, es en el que concurrirán a las urnas los 7,268 millones de electores con derecho a voto en un país con una población que ronda los 11 millones de habitantes. Casi 100.000 más que en la cita de hace cuatro años. Aunque con varios factores inesperados en cualquier contienda política sueca de la historia reciente. La ley y el orden, impulsada por inusitados altercados violentos en una sociedad con una larga tradición de estabilidad, y el señalamiento al inmigrante como culpable único de una más que dudosa ola descontrolada de altercados -de la que se hizo eco, con rectificación obligada, en el pasado reciente hasta el mismo presidente de EEUU, Donald Trump, fiel devorador, según sus propios testimonios, e hipotético suministrador de noticias falsas, a juzgar por el periplo de alguno de sus ex colaboradores más cercanos, como Steve Bannon, antiguo banquero y hasta su llegada a la Casa Blanca, editor de Breitbart, uno de los sitio web más profusos en la difusión de rumores sin confirmar- ha puesto en tela de juicio al mismísimo Estado de Bienestar sueco.

Público en un acto de campaña de Jimmie Akesson, líder del partido ultraderechista Demócratas Suecos. / REUTERS - FREDRIK SANDBERG

Äkesson ha sido el artífice de que las elecciones sean, en el fondo, un plebiscito sobre el futuro del sistema de ayudas sociales de Suecia. Quizás, el más emblemático de todo el mundo. Con permiso del resto de sus vecinos escandinavos. Orgullo de un país que, si no se demuestra lo contrario con el sentido del voto de este domingo, se vanagloria de que el alto coste de su modelo, superior al 60% de la presión fiscal del país, es el precio que la sociedad debe pagar por tener acceso a la calidad de sus servicios educativos, de sanidad o de asistencia a personas mayores o al cuidado de menores o refugiados. De ahí que en el subconsciente colectivo de Suecia nunca se haya mostrado fervor por las rebajas de impuestos -a las que, hasta ahora, se han catalogado, generalmente, como medidas que restan eficiencia al Estado de Bienestar-, ni se admita el fraude fiscal como algo banal o sin trascendencia.

Plebiscito al estado del bienestar

“Las elecciones serán un referéndum implícito sobre el Estado de Bienestar”, reconoce el primer ministro, Löfven, pocos días antes de la contienda. El líder socialdemócrata no sólo acepta así el desafío de Äkesson de demoler el tradicional debate electoral de lucha ideológica entre el centro izquierda y los moderados, la formación integrada por liberales, centristas y democristianos que dirige Ulf Kristersson, tercer aspirante en la carrera y que se declara heredero de Fredik Reinfeldt, el último primer ministro conservador, que puso en marcha una tímida reducción tributaria, en 2006. Sino que, con su aceptación de la realidad, afronta también el reto del ideario ultra que, en paralelo, busca acabar con lo que desde el DS denominan privilegios y subsidios a los inmigrantes. Un beneficio del sistema bipartidista sueco.

En los lugares de trabajo se está produciendo una dura disputa entre partidarios de la socialdemocracia y del nacional populismo del DS por captar el voto de los empleados

Kristersson, con un punto menos de intención de voto que su contrincante de la extrema derecha, pretende gobernar con el apoyo entre bambalinas, en el Riksdag, aunque descartando, con tibieza, una probable coalición con el DS. El dirigente moderado busca desmarcarse también de las críticas al estado de bienestar con un discurso alejado rupturista de Äkesson. Por ejemplo, centrando el debate público en otro espinosos asuntos, la pertenencia a la OTAN (vieja discusión en Suecia y en Finlandia, naciones que siguen sin asociarse a la Alianza), después de que se haya instalado el temor a las interferencias políticas desde Rusia -Suecia restableció hace dos años el servicio militar obligatorio, instaló un contingente permanente del Ejército en la Isla de Gotland y movilizó a los reservistas, mientras aleccionaba a casi cinco millones de hogares sobre cómo actuar en ataque extranjeros-, frente al Swexit que plantea Äkesson, quien no tiene reparo alguno en llamar nido de corrupción al club comunitario y en proclama a los cuatro vientos su intención de abandonar a la que denomina “institución supranacional”.

La socialdemocracia pierde fuelle electoral

Löfven hace hincapié en que, detrás de todos estos movimientos, subyace el deseo de los neonazis de desmantelar el bienestar sueco. Estandarte electoral de una socialdemocracia que obtendrá, si se confirman los escrutinios de opinión, el peor resultado electoral de su historia. Una herramienta para contener la fuga de votos, a la que saca lustre con un baño de realismo electoral: el recetario de que los inmigrantes están mandando a la quiebra al sistema de protección social del país se ha situado en el centro de la arena política.

Los escrutinios de opinión otorgan el peor resultado electoral de su historia al partido socialdemócrata. / BLOOMBERG

De ahí que gran parte de la campaña electoral, el dirigente socialdemócrata haya incidido en las bondades de la economía sueca. Caracterizada por su ortodoxia presupuestaria, por el dinamismo de su PIB, de 540.000 millones de dólares, y de sus mercados y por la dimensión global de sus empresas. Con altas dosis de competitividad, creación de empleo, productividad y digitalización. Según coinciden un amplio abanico de clasificaciones globales de think-tanks que hace buena la frase de su primer ministro en el tránsito del milenio, Goran Persson, quien para explicar a sus homólogos las claves del éxito del milagro económico sueco acudía a la comparación: la economía sueca “es como un abejorro, del que nadie piensa que con un cuerpo tan pesado y unas alas tan cortas pueda ser capaz de volar, pero lo hace”.

Garantía financiera sobre las pensiones

Hasta el punto de sortear crisis financieras, globales, con credit crunch incorporado, como a que aún asola a ciertos países casi un decenio después. Por mucho que la supuesta pócima mágica del neoliberalismo actúe cada vez que puede contra una fórmula que -cacarean- produce demasiados gastos ilimitados sobre sus servicios sociales, perjudican el consumo y eternizan los subsidios a las clases más desfavorecidas. Mientras justifican la solidez financiera de las pensiones futuras en las inversiones de sus fondos en los mercados internacionales. O, dicho de otro modo, abusan de una contradicción supina. 

El Gobierno de Löfven ha comenzado a salvaguardar las pensiones de los ‘millennials’, elevado la cuota de retorno de su fondo de inversión y aumentado la recaudación fiscal

Por un lado, critican el intervencionismo del Estado al tiempo que, por otro, relacionan la liquidez de los generosos retiros a las acertadas carteras de capital que mueven en los parqués bursátiles. Sin dejar elogio alguno a la gestión del gobierno de Löfven, con su titular de Finanzas a la cabeza, Magdalena Andersson, que ha propiciado mayores ingresos por la creciente recaudación sobre el capital y el IVA, con subidas tributarias, ha contenido gastos y ha destinado los 10.000 millones de euros adicionales que albergarán las arcas suecas para atender, a partir de 2025, las primeras coberturas por jubilación de los millennials, desde el fondo de pensiones sueco. El conocido como AP. Un suculento pastel inversor que gestiona activos superiores a los 155.000 millones de euros y que reducirá, del 30% al 20%, su obligación de invertir en bonos seguros.

La mitad de ese porcentaje se sumará a la cartera de valores corporativos, que acapara otro 40% de los recursos del fondo inversor. Sin desviarse de su consigna de adquirir acciones de empresas y sectores con objetivos constatables de sostenibilidad medioambiental y de responsabilidad social. Este cambio en las directrices inversoras “elevará las actuales cuotas de retorno” -del 5,6% de media anual desde 2001- “y consolidará las pensiones” de la próxima generación, dice Andersson. Respetando el criterio de acometer inversiones en activos seguros, algo que contempla la ley sueca. Pero aprovechando -alerta la política socialdemócrata- “la prolongación de la etapa de tipos de interés bajos” para realizar las nuevas operaciones.

Coyuntura económica y monetaria volátil

El problema para la estrategia de Löfven es que la coyuntura inmediata le viene mal dada. Y que la extrema derecha no ceja en su empeño de insistir en que más de los índices delictivos revelan una porción mayoritaria de extranjeros en la comisión de actos punitivos, de vincular la urgencia por la reforma regulatoria de la inmigración a la llegada de refugiados de Siria e Irak, en 2015 y de que se acabe con la generosidad europea con la admisión de extranjeros. Como ya han hecho sus vecinos daneses. O ellos mismos. Porque las leyes suecas se restringieron ostensiblemente en 2016, con normas de asilo, residencia temporal y reagrupamientos familiares más exigentes. Según el censo sueco, el 16% de los residentes en el país son extranjeros. Además de potenciar los controles en los principales puntos fronterizos.

Este coctel de deterioro económico y del clima social contra la inmigración ha elevado la aversión hacia el foráneo y ha hecho que la clase trabajadora se ha arrojado a los brazos del nacionalismo nórdico. Así lo atestigua la Confederación Sindical Sueca (LO), vinculado al partido socialdemócrata y uno de los vehículos de financiación de la formación de Löfven. “En los lugares de trabajo se está produciendo una dura disputa entre partidarios de ambas formaciones”, según admite Karl-Petter Thorwaldsson, el líder de la LO, que tiene 1,4 millones de afiliados, “seducidos por el compromiso de los ultraderechistas del SD de reducción del estado de bienestar y sus airadas protestas contra la política de inmigración socialdemócrata”. Como ha venido haciendo en los últimos ocho años en el Parlamento, donde se ha forjado un indiscutible estatus de movimiento supremacista. 

La corona sueca se ha dejado un 8% de su valor respecto al euro ante la preocupación por posibles cambios en políticas migratorias, impositivas y laborales tras las elecciones

A través de propuestas para frenar los flujos de entrada de extranjeros, eliminación de programas activos de empleo, rebajas fiscales o supresión de toda influencia sindical sobre las ayudas al desempleo. “Es la táctica que empleó Trump” en su victoria en EEUU, enfatiza Thorwaldsson. “Pero, a pesar de que sabemos por otros países que los efectos de este populismo pueden llegar a ser dramáticos”, parte de los trabajadores suecos ha sucumbido ante estos cantos de sirena. “Incluso sabiendo, como se supone, que conocen que un descenso del primer salario del 30% supone que retroceden también, más tarde o temprano, el resto de retribuciones, porque se hace insostenible el salario mínimo”.

Para más inri, los vientos monetarios no son precisamente favorables. La corona sueca evoluciona a niveles nunca visto desde la crisis financiera de 2008 y registra descensos continuados respecto al euro. Eso sí, nada comparado con las caídas libres de las divisas emergentes. La moneda sueca se ha dejado un 8% de su valor frente a la europea, pero ya se ha dejado notar en una pérdida de las ventas minoristas. A la corona no le ha sentado nada bien la recta final de la campaña electoral.

Hacer Suecia Grande con más impuestos

La izquierda, socialdemócratas y verdes, abogan por controles regulatorios de los flujos y subidas de impuestos como rasgos esenciales de la defensa de bienestar

Ante esta tesitura, la socialdemocracia se afana por poner datos en el debate que justifiquen sus políticas en defensa del estado de bienestar. Por ejemplo, que los 207.000 nuevos trabajadores que se unirán a la fuerza laboral sueca en 2025, serán insuficientes para financiar el sistema. Lo ideal es que se alcanzara una cifra próxima a los 448.000 aseguran varios estudios de centros de investigación. Si se quiere acometer, además, políticas activas, subvencionadas o no, para afrontar la digitalización de las cadenas de valor empresariales e impulsar la empleabilidad a medio plazo. De ahí que abogue por la entrada de empleados foráneos de forma regulada. Además de prever un alza de impuestos adicional, equivalente a tres puntos del PIB, ya en 2020. En este propósito, el principal partido sueco ha encontrado el apoyo de los Verdes. Su foco de actuación en materia de impuestos son los tributos ecológicos.

“Deben elevarse para salvaguardar el clima y que puedan así reducirse la fiscalidad personal, las cotizaciones sociales y, en consecuencia, la presión fiscal de todos los suecos”, afirma Per Bolund, su líder y titular de Mercados Financieros en el Gobierno de coalición con los socialdemócratas. Bolund también es partidario de establecer un tipo tributario a los bancos, pese a haber fracasado en su propósito en dos ocasiones durante la legislatura que toca a su fin. Porque, en sintonía con su homóloga de gabinete, Andersson, “aumentar impuestos y hacer más amplio y generoso el estado del bienestar para luchar contra las desigualdades, la mayor lacra que ha generado la crisis financiera de 2008, es hacer a Suecia más grande de nuevo”, parodiando el lema de Trump que le llevó a la Casa Blanca.