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Elecciones en Venezuela Maduro afronta su reválida frente a la crisis y una oposición dispersa

El presidente trata de calmar a las bases chavistas, que ahora se ven golpeadas por la crisis, mientras la división en la oposición, que aboga por la abstención, le deja sin una alternativa real en las presidenciales de este domingo

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El presidente de Venezuela, Nicolas Maduro, con su esposa Cilia Flores y el exfutbolista argentino Diego Maradona durante el mitin final de la campaña electoral, en Caracas. REUTERS

“Los mismos que hace unos meses pedían elecciones son los que ahora llaman a no votar. Yo no lo entiendo”. Yaricsa Reyes, de 48 años, ocupa una de las primeras filas del acto con el que Nicolás Maduro cerró su campaña para las elecciones presidenciales que tendrán lugar el domingo. Reyes reconoce que la vida no está fácil, dice que para salir adelante “hay que ser un santo porque hay que hacer milagros”, pero considera que cualquier otra opción sería peor.

Venezuela celebra elecciones presidenciales el domingo en un contexto extraño. Lo más previsible es el triunfo de Maduro, la oposición se divide entre votar y la abstención a la que convoca el sector duro, EEUU y sus aliados dicen que no reconocerán el resultado y el debate en la calle está más centrado en las dificultades económicas que en la pugna electoral.

Un hecho constatable: La inflación se ha disparado, lo que hace que muchos productos sean inalcanzables a pesar de los incrementos de salario aprobados por el Ejecutivo. Y eso hace mella en la población, incluso en quienes no dudan de su lealtad hacia el proceso bolivariano. El Banco Central de Venezuela no ofrece datos sobre el incremento de los precios, por lo que las únicas cifras existentes son las que da la oposición a través de la Asamblea Nacional, que lo sitúa en el 3000% en un año.

Una paradoja: en uno de los momentos en los que el proceso bolivariano afronta más dificultades económicas es cuando menor interés mediático existe sobre Venezuela.

El presidente de Venezuela, Nicolas Maduro, en el acto de cierre de campaña de las elecciones presienciales de este domingo. REUTERS/Carlos Jasso

“Mientras estén presionando al pueblo levantarán su espíritu patriótico. Que vengan, que les esperamos con lo que sea”. Tomás Correa, de 44 años, es activista social en la parroquia del Valle, un barrio popular en el oeste de Caracas. Es otro de los que se agolpan en primera fila, horas antes de que Maduro pronuncie un discurso al que se sumará el mítico futbolista argentino Diego Armando Maradona.

Estos actos masivos son una mezcla de rumba (el término venezolano para salir de fiesta) y reafirmación del proyecto político y la identidad. En los buenos tiempos, cuando Hugo Chávez obtenía triunfos aplastantes y el barril de petróleo se pagaba a 140 dólares, era un modo de mostrarse al mundo y una forma de que las clases populares tomasen un espacio que les había sido históricamente vetado. Ahora, cuando las colas (para comprar alimentos subsidiados, para cobrar un cheque en el banco) forman parte del paisaje habitual de Caracas, las bases chavistas mantienen las tradiciones.

No había en la avenida Bolívar tanta gente como en aquella histórica concentración en las siete avenidas del 7 de octubre de 2012, que terminaría siendo el último acto masivo del exmandatario, pero la avenida estaba a reventar. También ayuda que los trabajadores públicos tengan fiesta con motivo de estos eventos, pero eso es algo que ocurría también antes del chavismo.

Vista general del mitin de cierre de campaña del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en el centro de Venezuela. REUTERS/Adriana Loureiro

Regresemos a la contienda electoral. Lo más previsible es la victoria de Maduro. De hecho, lo contrario sería una sorpresa mayúscula. Es posible que en sus filas exista desgaste, pero en peores condiciones llega la oposición. Como reflexiona Luis Manuel Fajardo, de 21 años, “compite contra sí mismo”. No lo dice porque no tenga confianza en el proceso electoral, como argumentan los opositores que piden la abstención, sino porque cree que ni Henri Falcón ni Javier Bertucci tienen opciones reales. “Los otros son corrupción y una vuelta atrás. Ya han planteado la dolarización de la economía. ¿Están locos?”, afirma.

Fajardo trabaja en un espacio recuperado, una antigua hidroeléctrica a 30 minutos en coche de Caracas donde un grupo de jóvenes cultiva y ha creado un taller de serigrafía. Vive en casa con su madre, su hermana y su abuela. Dice que pasan dificultades económicas pero cree que el problema está en que “todo se ha vuelto negociable”. “Cada quien intenta sacar lo máximo al vender y el que lo paga es el pueblo. Todos somos un poco responsables”, afirma. Se define como “chavista no gobernero” y cree en “profundizar en la revolución” como mecanismo para acabar con los dos males que, a su juicio, lastran al gobierno: corrupción y burocracia.

También se muestra crítico con la gente que, como su primo, han emigrado. “Marchó a Perú para poder comer (galletas) Oreo”, dice, con media sonrisa.

Varias personas observan desde su vivienda el mitin de cierre de la campaña electoral de Nicolás Maduro, para las presidenciales de Venezuela. REUTERS/Adriana Loureiro

“Estamos afrontando una guerra económica”, dice José Manuel Gallardo. Es trabajador del Ministerio de Economía, admite que la escasez ha golpeado también el sector sanitario pero confía en los esfuerzos del Gobierno para paliar las dificultades.

Hace cinco años, cuando Maduro se enfrentó a Henrique Capriles, entonces líder de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), la oposición concurría en bloque y con un único liderazgo. Había transcurrido únicamente un mes desde la muerte de Chávez y los opositores se quedaron a menos de 250.000 votos del actual presidente.

Ahora, tres aspirantes prometen una alternativa al chavismo. Se trata de Henri Falcón, exgobernador de Lara, Javier Bertucci, pastor evangélico y Reinaldo Quijada, antiguo miembro del PSUV que abandonó el partido con la llegada de Maduro al gobierno.

El grueso de este bloque, al menos el mediático, clama por la abstención como forma de no legitimar el modelo político venezolano. Eso resta todavía más sus posibilidades ante un presidente que mantiene su base social. Con dificultades, pero la mantiene.

Nadie, absolutamente nadie, niega que este sea un tiempo duro en Venezuela. Sin embargo, todos los entrevistados en las filas bolivarianas dejan clara una cosa: un cambio en el modelo sería un paso atrás.

Cola de usuarios esperando el autobus en Caracas (Venezuela). EFE/Cristian Hernández

Dejemos la marcha chavista y regresemos atrás 24 horas. A las 10:00 horas en Chacaíto. Allí estaba convocada una manifestación opositora que tenía previsto dirigirse a la sede de la Organización de Estados Americanos (OEA), para instarle a que no reconozca los resultados de las elecciones.

Un millar de personas caminan con pasos rápidos, clamando los lemas de siempre, los que hacen referencia a rechazar “una dictadura como la cubana”. Como la marcha se desarrolla en el este de Caracas, feudo tradicional opositor, no parece que pueda terminar en disturbios a no ser que comiencen a quemarse contenedores o trate de cruzarse esa línea imaginaria que separa el bastión de la MUD del centro de la capital.

Winston Flores, diputado en la Asamblea Nacional, la que está en manos opositoras y no tiene poderes reales desde la elección de la constituyente, anuncia una nueva ofensiva de movilizaciones. Dice que las del domingo son elecciones fraudulentas, pero que la oposición realizará un monitoreo para luego no reconocer al presidente y volver a comenzar con las protestas.

“No haremos grandes marchas como en 2017, sino focales”, asegura. Las movilizaciones, conocidas como “guarimbas”, de hace un año, concluyeron con un saldo de más de un centenar de muertos por ambos bandos.

Manifestantes opositores participan en una marcha hasta la sede de la Organización de Estados Americanos (OEA), contra las elecciones presidenciales en Venezuela, en Caracas. EFE/Cristian Hernandez

La situación ha cambiado mucho desde entonces, aunque el discurso del ala dura antichavista sigue siendo el mismo. En realidad, no ha variado mucho desde 1999, cuando Chávez se impuso por primera vez.

“No hay que votar para que se vea la ilegitimidad de las elecciones”. Quien habla es un joven de 25 años, camina encapuchado, dice que estudia ingeniería informática y que trabaja en un centro comercial. Lleva manifestándose desde 2014, cuando la oposición lanzó una primera oleada de marchas que provocaron 43 muertos. Junto a él, algunos chavales han cubierto su rostro y llevan guantes para poder devolver los botes de humo. No ocurrirá nada, así que la estética de guerrilla urbana no pasará de performance para la legión de periodistas.

“Sufrimos la hiperinflación, el sueldo no alcanza, se ha producido el cierre de empresas como Kellogg (expropiada el martes por orden del Gobierno), crece la represión y el hambre. Vivimos sometidos por las teorías políticas de un libro del siglo XIX, de Karl Marx”.

Vista de cajas de cereales de maíz de la empresa Kellogg en un supermercado de Caracas (Venezuela. EFE/Miguel Gutiérrez

Ivlev Silva fue elegido diputado en 2015 por Acción Democrática. Esta es una de las dos formaciones, junto a Copei, que durante cuatro décadas dominaron la política venezolana a través de un bipartidismo denominado “puntofijismo”. Ese sistema se vino abajo con el triunfo del chavismo. Dice que las tensiones dentro de la oposición han desaparecido, aunque el cainismo es marca de la casa en este sector.

Siempre hay alguien que pasa por la derecha a su antecesor y se hace con el liderazgo. Tras años agrupados en torno a la MUD, actualmente se ha formado una nueva plataforma. Se trata del Frente Amplio Venezuela Libre en el que, además de partidos como Voluntad Popular, Primero Justicia y Acción Democrática, participan sectores de la sociedad civil y la iglesia católica.

Ninguno confía en Falcón o Bertucci, a quienes consideran cercanos al chavismo. Hablando con ellos, queda claro que la única alternativa que ven viable es la presión internacional. Por eso van a la OEA y presionan para que los países no reconozcan los resultados del domingo.

Manifestantes opositores participan en una marcha hasta la sede de la Organización de Estados Americanos (OEA), en Caracas, contra las elecciones presidenciales en Venezuela. EFE/Cristian Hernandez

Hasta el punto se ha convertido una de sus grandes esperanzas que manifestantes como Gladys Cedeño, de 49 años, abogan por la intervención extranjera, aunque sea militar. “Que vengan y que ese sucio caiga”, dice, cuando la marcha opositora ya ha concluido, dos horas después de comenzar. Este no es el caladero de votos para los aspirantes opositores que, aunque críticos con la gestión de Maduro, abogan por la vía de las urnas.

El más conocido es Henri Falcón, a quien muchas encuestas sitúan en el segundo puesto. Fue gobernador en el Estado de Lara entre 2008 y 2017. A esas primeras elecciones se presentó con el apoyo del PSUV, la formación fundada por Chávez. Rompió con el movimiento bolivariano y terminó como jefe de campaña de Henrique Capriles en 2013. Ahora ha roto con sus antiguos compañeros de la MUD, desobedeciendo el mandato de no presentar candidatura a las presidenciales.

Puede presumir de haber terminado mal con los dos grandes bloques políticos de Venezuela. Los opositores tradicionales no le ven como uno de los suyos y le acusan de ser un izquierdista encubierto. Quizás para ganar algo de barniz como antichavista ha propuesto que Capriles sea su ministro de Interior en caso de ganar.

El candidato en las elecciones presidenciales de Venezuela Henri Falcon, del partido Avanzada Progresista, en el mitin de cierre de campaña. REUTERS/Marco Bello

Entre las propuestas del antiguo gobernador están la dolarización de la economía y la petición de ayuda humanitaria a Estados Unidos. Una propuesta que comparten los opositores y que desde el chavismo se observa como un caballo de troya de la intervención norteamericana.“No debió haber aceptado”, dice Cedeño, en relación a la candidatura de Falcón. “Vivimos en un régimen soviético, no hay champú, ya no comemos carne, no hay trabajo ni empresas. Jamás viví una situación como esta”, afirma.

El tercer candidato en liza, Javier Bertucci, es un rara avis que supone la introducción del evangelismo como fuerza política en Venezuela. Sus campañas, con repartos de sopa en un contexto de crisis, son efectistas y como miembro de una congregación religiosa, cuenta con un apoyo garantizado. Más allá de los resultados que obtenga, su candidatura resulta interesante por el papel que los credos evangélicos adoptan en la región.

El jueves, durante su intervención ante miles de personas, Maduro advirtió que una derrota del chavismo supondría incluir a Venezuela en la senda de países como Argentina, donde el triunfo de Mauricio Macri ha implicado el retorno del FMI al país. Se trata de un mensaje a las bases chavistas, a esas que han apoyado el proceso durante dos décadas y que ahora se ven golpeadas por la crisis. La división en la oposición le deja sin una alternativa real, por lo que la clave está en que haya sido capaza de movilizar a sus votantes habituales. Todo ello en una campaña que, al menos en la calle, no tiene especial ambiente de campaña.