Público
Público

Así se elimina a los musulmanes en la Crimea del zar Putin

Los tártaros han conmemorado el 76 aniversario de la deportación masiva de Stalin denunciando las "purgas" con las que el Kremlin los está expulsando nuevamente de su patria. Como en la China de los uigures, o estás con el Kremlin o eres un terrorista islámico.

Musulmanes, junto al Centro Islámico de Kiev, durante el Festival del Sacrificio. FERRAN BARBER.
Musulmanes, junto al Centro Islámico de Kiev, durante el Festival del Sacrificio. FERRAN BARBER.

Si eres tártaro, dos opciones tienes en la Crimea de Putin: o te sometes al nuevo zar de Rusia y bendices la anexión de la Península a Moscú o te arriesgas a ser encarcelado bajo la recurrente acusación de ser un terrorista islámico. Y eso es justamente lo que le sucedió a Ismail Ramazanov, un activista de 33 años, y oriundo de Novy Mir, al que el Kremlin torturó y encarceló por luchar contra la ocupación rusa de Crimea.

A Ismail suele vérsele a menudo por el Centro Cultural Islámico de Kiev, en la calle Dehtiarivska, el lugar de reunión más popular y frecuentado por los musulmanes ucranianos, donde de hecho le encontramos orando junto al imán de la mezquita durante el Eid al Fitr, el festival del Sacrificio con el que los musulmanes celebran el final del Ramadán.

Su historia es un modelo de manual de la clase de ardides que, según los activistas tártaros, acostumbran a urdir los Servicios Federales de Seguridad de Putin (FSD) para dotar de alguna clase de sostén legal a su guerra sucia contra la minoría musulmana o cualquiera que se oponga a la anexión. "Entraron en mi casa el 23 de enero de 2018 cuatro hombres armados, con las caras ocultas tras pasamontañas, y me plantaron una pistola Makarov y 24 balas", nos explica Ismail.

Después, se lo llevaron, y nadie supo de él hasta que apareció al día siguiente ante una audiencia judicial del distrito de Simferopol haciendo aspavientos de dolor y con evidentes signos físicos de haber sido torturado. Extraer una confesión a golpes es un procedimiento habitual en Rusia y ahora, también, en la República de Crimea. Hay cientos de testimonios semejantes en los informes de las ONG; voluminosos inventarios de opositores tártaros martirizados por los matones del FSD. La organización Human Rights Watch ha mencionado en ocasiones estas fantasías judiciales fabricadas como "falsos cargos terroristas".

Musulmanes, en la mezquita del Centro Islámico de Kiev. FERRAN BARBER.

"Me golpearon en mi casa y también dentro del coche en el que me trasladaron. Uno de los policías que me acompañó al juzgado me había estado torturando algunas horas antes, pero el fiscal se negó a que me efectuaran un examen médico y a que me atendieran en el hospital", nos cuenta Ramazanov.

Ese mismo tribunal que lo mantuvo encarcelado durante seis meses bajo la acusación de extender ideas "extremistas" en una radio online conocida como Zello se negó algo después a que se analizaran las 24 balas supuestamente halladas en su casa, para determinar si había rastro en ellas de las huellas dactilares de Ismail. Esa absurda decisión vino a probar la magnitud de la chapuza policial y judicial amañada por los agentes de los Servicios Federales de Seguridad.

Nunca olvidará Ramazanov el tiempo que pasó en aquel presidio ruso, cuyas descripciones solo igualan en horror a la de algunas cárceles de Oriente Medio como la prisión kurda de Erbil. Tal es el hacinamiento en el centro de detención de Simferopol que los hombres deben turnarse para dormir en los camastros. Se sabe que antes convivían apretados presos sanos con enfermos de tuberculosis. Ahora comparten el coronavirus. Aunque se prohibió a sus familiares visitarlos, se da por hecho que estos días la pandemia se ha extendido entre ellos. No es una especulación.

En las mazmorras donde en 2018 recluyeron a Ismail, existe un solo baño en cada celda, que consiste con frecuencia en un agujero. El lugar carece de ventilación o de calefacción. Es terriblemente frío durante el invierno y tórrido en verano, lo que lo convierte en un paraíso de las pulgas, los chinches, la sarna, las cucarachas y ahora, también, el coronavirus. El agua está podrida y son alimentados con basura. Mantener a esos reclusos sobre los que a menudo no pesan ni siquiera cargos conocidos en semejantes condiciones es en sí mismo una tortura.

Tras su arresto, la prensa rusa no dudó en referirse a Ramazanov como "terrorista islámico" y en culparlo de extender el odio interétnico y la violencia. Tramas semejantes se han tejido para privar de libertad a muchos de esos tártaros, a quienes a menudo se vincula a una organización política llamada Hizb ut-Tahrir, perseguida por los rusos pero legal en Ucrania y en el resto del mundo. Ni siquiera Moscú ha justificado nunca las razones por las que persigue a ese partido, ni menos todavía, ha perfilado conceptual y jurídicamente su definición de "terrorismo islámico". Los tártaros reciben a menudo el mismo trato de los rusos que los uigures por parte del Gobierno chino.

Ismail fue liberado el 14 de julio de 2018, tras pasar seis meses en la cárcel. "No me tuvieron más tiempo confinado más porque esa es la pena máxima que contempla la legislación rusa para los cargos de propaganda extremista", dice.

Un millar y medio de incidentes violentos semejantes al que él sufrió han sido documentados desde la anexión rusa de Crimea, en marzo de 2014, tras el Euromaidán. En el transcurso de estos seis años, ha sido literalmente barrido todo rastro de la Prensa independiente o de cualquier voz disidente que ponga en entredicho las narrativas de Moscú. Al menos cinco periodistas tártaros se hallan encarcelados actualmente.

Hace solo unos días -el pasado 18 de mayo- la minoría musulmana de los territorios de Crimea usurpados por los rusos conmemoraban el 76 aniversario de la deportación en masa de los suyos. Para no desafiar las restricciones impuestas por el Gobierno de Kiev como consecuencia de la pandemia, los activistas musulmanes desfilaron en vehículos o se concentraron en pequeños grupos, entre cuyos rostros conocidos se hallaba el del propio Ismail Ramazanov, que ha devenido en un icono de la resistencia tártara contra el imperialismo ruso, o el del joven presidente de la Casa de Crimea de Kiev, Alim Aliev.

Ismail Ramazanov fue encarcelado por las autoridades rusas y acusado de ser un terrorista islámico. En la imagen, en el Centro Cultural Islámico de Kiev. FERRAN BARBER.

"Los algo más de seis años transcurridos desde la ocupación rusa de la Península han supuesto una amenaza permanente contra la nación tártara y todas las señas culturales y de identidad de su pueblo", nos dice Alim en su oficina de la Crimea House. Más de cien activistas siguen encarcelados a día de hoy, y se tiene constancia de al menos siete muertes y quince desapariciones.

Algunos de estos presos políticos han seguido hacinados en Simferopol durante la cuarentena, pese a que se hallaban gravemente enfermos. Ni siquiera quienes han sufrido fiebres altas y dificultades respiratorias han recibido tratamiento médico.

La estrategia adoptada desde el principio por el Kremlin para desacreditar al pueblo tártaro ha sido describir su movimiento nacional como una agrupación de radicales extremistas. Vistas las circunstancias, las comparaciones entre Putin y Stalin son casi inevitables. En 1944, 193.865 tártaros fueron cargados en trenes de ganado y transportados como bestias desde sus tierras ancestrales de Crimea a Uzbekistán, Cheremia, Kazajistán y varios oblast rusos. Muchas de esas familias dispusieron solo de minutos para tomar consigo sus posesiones más preciadas. Cerca de la mitad habían muerto de inanición un año más tarde para mayor gloria de la Unión Soviética.

Los tártaros suelen referirse en su lengua a lo ocurrido como sürgünlik, que significa “exilio”. Varios gobiernos de la Europa del Este -entre ellos, el de Ucrania- además de Canadá han convenido que la palabra que mejor describe aquellos episodios es genocidio.

Desde que Rusia se anexionó Crimea y Sebastopol, otros 25.000 tártaros han tenido que abandonar su patria huyendo de la persecución del Kremlin y de la represión con la que los rusos intentan silenciar a cualquiera que se oponga a la anexión, y entre ellos, la cantante Jamala, ganadora del festival de Eurovisión. Estos musulmanes de Crimea creen que su nación se hallaría de momento más a salvo del lado de Ucrania y de sus aliados occidentales.

Según dicen, los hechos ocurridos durante los últimos seis años respaldan esa percepción. Una de las primeras decisiones adoptadas por Moscú en los territorios ocupados fue precisamente prohibir la tradicional conmemoración de la deportación de Stalin. El Kremlin envió hasta helicópteros el pasado día 18 para asegurarse de que los tártaros no saldrían a la calle. Temían que el 76 aniversario de su envío a Siberia y Uzbekistán brindara una coartada para alentar nuevos disturbios.

Aunque adopten otras formas, las purgas han vuelto -dicen estos musulmanes ucranianos de origen túrquico. La historia se ha conjurado nuevamente para trazar un bucle que amenaza una vez más con expulsarlos de la Península de Crimea, donde representaban el 12% de la población de acuerdo al censo de 2001.

El director de la Casa de Crimea, Alim Aliev, posa junto a la foto de varios supervivientes de la deportación de Stalin de tártaros a Uzbekistán y Siberia. FERRAN BARBER.

El kanato de Crimea fue creado por los tártaros de Crimea en 1441 y tres siglos después, en 1783, fue anexionado por el Imperio Ruso. Varios gobiernos de breve duración se establecieron durante los primeros compases de la guerra civil rusa, a cuyo término ese territorio acabó convirtiéndose en
la República Autónoma Socialista Soviética de Crimea. Tras la Segunda Guerra Mundial (1946) y la deportación de Stalin, la república fue rusificada; privada de su autonomía y convertida en un oblast que, en 1954, fue transferido a Ucrania. Hasta bien entrada la década de los ochenta, ya en plena perestroika, no se permitió el regreso de los tártaros.

En 1991, Crimea recuperó su estatus de república autónoma dentro de la URSS y se aprobó un estatudo de autonomía, que entró en vigor junto a la creación del Consejo Supremo de Crimea. Y un año después, tras la disolución de la Unión Soviética, la Península pasó a ser una república autónoma de Ucrania. Y así, hasta que un día después de los referendos celebrados en Crimea y Sebastopol el 16 de marzo de 2014, este territorio volvió a estar bajo el control de Rusia.

El grueso de los tártaros que se han visto obligados a abandonar sus hogares desde entonces se han refugiado en Kiev y otras ciudades ucranianas, desde donde se han organizado con el apoyo y las simpatías del Gobierno y de sus socios europeos y norteamericanos, que no escatiman dólares en la arena mediática para impedir que prevalezca la versión que Moscú viene vendiendo desde el Euromaidán. La gran mayoría de los tártaros se opusieron desde el principio a la anexión y boicotearon el referendo con el que Moscú trató de legitimarla, en defensa de los intereses de los rusos de Crimea.

Más noticias de Internacional