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Un episodio trascendente: el norte de Siria está en juego

El conflicto sirio ha entrado en una nueva fase una vez que el presidente Bashar al Asad, con la asistencia de Rusia, ha consolidado su dominio en gran parte del país. Ahora, turcos y estadounidenses negocian el futuro del Kurdistán sirio, una pieza vital para la estabilidad de Siria y de la región.

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Una foto de archivo de una bandera nacional siria ondeando junto al eslogan del Estado Islámico en una rotonda donde las ejecuciones fueron llevadas a cabo por militantes de ISIS en la ciudad de Palmira./REUTERS

Turquía y Estados Unidos negocian estos días qué ocurrirá con el Kurdistán de Siria cuando las tropas estadounidenses se retiren, algo que no tiene fecha concreta, aunque el presidente Donald Trump dijo en diciembre que sucederá pronto. No está claro cómo va a terminar el conflicto en esa región pero este problema preocupa no solo a los turcos y a los kurdos, sino también a Damasco, Washington, Moscú y Tel Aviv.

La última idea presentada por los estadounidenses es crear una “zona de seguridad” en la frontera oriental entre Turquía y Siria, dentro de este país, de unos 32 kilómetros de anchura. En un primer momento, Ankara, que ha aceptado la iniciativa, propuso que fueran los mismos turcos y sus aliados quienes controlaran la zona.

Sin embargo, se trata de una idea difícil de aceptar para los kurdos, entre otras razones porque dentro de esos 32 kilómetros quedan algunas localidades importantes, como Qamishli, bastante pobladas, lo que en principio hace poco aconsejable, y hasta inviable, una presencia del ejército turco y sus milicias aliadas.

La situación del nordeste sirio es problemática. Los kurdos, aliados de Estados Unidos, han desalojado al Estado Islámico de la mayor parte de territorio que ocuparon a mediados de esta década, cuando el esplendor del califato de Al Bagdadi. No obstante, la clara derrota del califato no significa que los yihadistas hayan desaparecido, como se vio en el atentado suicida del miércoles en Manbij, que se cobró la vida de una quincena de personas, incluidos cuatro soldados de Estados Unidos.

El control de la “zona de seguridad” es vital para la estabilidad de la región, pero los planteamientos que se han publicado en estos últimos días lamentablemente no garantizan la estabilidad necesaria. Las negociaciones en curso entre Ankara y Washington pretenden aclarar quien asumirá la responsabilidad de esa amplia área, aunque todo indica que se anda por mal camino.

Algunos medios han publicado que Francia y el Reino Unido no descartan enviar unidades militares a la región, o reforzar las que ya tienen. Incluso se ha publicado que se está buscando un paraguas múltiple en el marco de la OTAN. Ambas opciones equivalen a abrir una caja de Pandora peligrosa cuyo contenido se desconoce, como también se desconoce si esa caja va a explotar a corto o medio plazo, algo que sin duda ocurrirá si entran allí fuerzas no locales.

La complejidad del problema es mayúscula, pero la intervención de fuerzas extranjeras lo hará todavía mayor. Los kurdos sirios han abierto un diálogo con Damasco e incluso invitaron, el 28 de diciembre, al ejército sirio a que entrara en la región del oeste del Éufrates, incluida Manbij, para frenar la entrada de los turcos y sus aliados.

La solución debería venir por ese lado, es decir, por garantizar la integridad de Siria de acuerdo con las recientes resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. El ejército sirio, que en 2011 contaba con unos 300.000 efectivos, pasó a tener menos de 50.000 en el vértice de la guerra civil. Con esa fuerza reducida, Damasco no podía atender las demandas militares que reclamaba la guerra, pero con la ayuda de Rusia y la recomposición paulatina del estado, eso está dejando de ser un problema.

Una intervención extranjera como la que parece que estos días están negociando Ankara y Washington será sin duda una mala solución que más pronto que tarde se revolverá contra los elementos de esa fuerza extranjera, de ahí que lo ideal es que sea el ejército sirio el que se encargue de garantizar la estabilidad en todo el país, incluido el Kurdistán.

Recordemos que una parte considerable de la población del nordeste de Siria son kurdos de origen turco, que durante el siglo XX huyeron al Kurdistán sirio en busca de protección. Los kurdos de Siria tienen derecho a que se les reconozca como ciudadanos de pleno derecho en Siria, algo que por diversos motivos no ha ocurrido, aunque ahora se presenta la oportunidad de que suceda.

Los kurdos de Siria no solo están hablando con Damasco por el temor que tienen a Turquía, sino que poco después de que Trump anunciara la próxima retirada de tropas enviaron mensajes a Moscú para que haga de mediador. El presidente Vladimir Putin, que este mes se reunirá con el presidente Recep Tayyip Erdogan, sin duda tratará de mediar entre ambas partes, así como con Damasco.

Pese al sigilo con que se llevan las discusiones, algunas de las demandas kurdas que han trascendido son razonables, como disfrutar de una cierta autonomía o reconocer su lengua, aunque la fuerza militar que han conseguido durante la guerra puede llevarles a exigir otras demandas que con toda seguridad no serán aceptadas por Damasco.

Volviendo a la “zona de seguridad”, es probable que Trump y Erdogan lleguen a un acuerdo si no hay injerencias de terceros. En este sentido, el consejero para la Seguridad Nacional, John Bolton, es el hombre más peligroso. La semana pasada Erdogan no quiso recibirlo en Ankara, adonde llegó procedente de Tel Aviv con las ideas israelíes dentro de su cartera, ideas partidarias de ir consolidando la división de Siria ocurrida durante la guerra civil, como ya antes se consiguió la división de Irak.