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Estados Unidos Crece la mendicidad en Los Ángeles asfixiando a jóvenes y ancianos

La falta de albergues y la subida de los alquileres se ensaña con los jóvenes y ancianos y deja una nueva ola de indigentes en uno de los condados más prósperos de Estados Unidos.

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El mariachi mexicano Luis Valdivia posa frente dos carteles que denuncian la escalada del alquiler con la llegada de nuevo propietario. Crédito: Aitana Vargas (4/8/2017)

El último domingo de cada mes, Frankie Mercado se enfunda en un disfraz de payaso, instala una carpa en el centro de Los Ángeles y, ayudado por un grupo de voluntarios, reparte comida caliente, agua, ropa y calzado a los sin techo que malviven hacinados en un mar de tiendas de campaña sucias y roídas en Skid Row – el barrio angelino con la mayor densidad de indigentes de Estados Unidos, y donde el fuerte olor a orina, excrementos y basura atrae a las ratas e impregna varias manzanas a la redonda.

Solo en este barrio que se prolonga poco más de once kilómetros cuadrados, se estima que viven entre cinco mil y ocho mil mendigos de los casi 59.000 que ya hay por el condado de Los Ángeles. Y es que, según el último conteo realizado por LAHSA, la Autoridad de Servicios a Desamparados de Los Ángeles la población de indigentes ha aumentado en el último año un 16% en la ciudad de Los Ángeles y un 12% en el condado – cifras de infarto para dos motores económicos de la región que contribuyen a que California sea la quinta economía mundial.

"La situación ha empeorado. Skid Row siempre ha estado superpoblado, pero ahora hay más tiendas de campaña aquí y en la periferia del centro", explica Mercado, una de las figuras que más visibiliza la causa de los sin techo en esta gigantesca urbe y a quien popularmente se le conoce como "Hiccups".

Una vez al mes, Frankie Mercado se transforma en el payaso “Hiccups” y reparte comida, agua y ropa a miles de mendigos en el barrio angelino de Skid Row. Crédito: Aitana Vargas (24/9/2017)

Durante décadas, los intentos por encapsular y separar a los indigentes de Skid Row del resto del centro han sido infructuosos, pero tampoco han frenado la llegada de nuevos residentes a la zona. En los últimos años, el corazón de la urbe se ha convertido en un llamado hot spot, con restaurantes de moda, salas de concierto, museos y un creciente número de yuppies mudándose a lujosos edificios nuevos por los que pagan alquileres imposibles. Aquí, mendigos y residentes pudientes viven codo con codo dos realidades muy distintas.

Y con esta dicotomía como telón de fondo, la solidaridad de Mercado contrasta aún más con el sentir general de la población hacia los sin techo – un sentir que gravita entre la indiferencia, la incomprensión y el rechazo.

"El que no trabaja y vive en la calle en este país es porque es un flojo", asegura Fernando Vilchis

"El que no trabaja y vive en la calle en este país es porque es un flojo", asegura Fernando Vilchis, abogado latino que regularizó su situación migratoria a través de la amnistía de Ronald Reagan y que posteriormente obtuvo la nacionalidad estadounidense.

Sin embargo, un análisis más exhaustivo destapa que la problemática de la mendicidad tiene raíces más profundas. En el año 2018, LAHSA logró alojar a más de veintiún mil indigentes en viviendas permanentes, pero no fue suficiente para impedir que una nueva oleada de vagabundos se instalara en las calles de Skid Row y otras zonas del condado.

De norte a sur y de este a oeste, pequeños campamentos de vagabundos han surgido como burbujas espontáneas en rincones urbanos y espacios antes vacíos. Algunos han instalado sus tiendas de campaña debajo de los puentes que comunican la interminable red de autopistas del condado. Hay quienes se han adueñado de las aceras y parques, plantando allí sus carritos de la compra, sofás, sacos de dormir, colchones y otras posesiones – también sus mascotas. Otros viven a lo largo del paseo marítimo de destinos turísticos como Venice Beach y Santa Mónica y se duchan en los baños públicos de la playa.

"La gente tiene un concepto idealizado de Hollywood que gira en torno a la fama y al éxito. Sin embargo, la realidad está muy alejada de esa visión", asegura Marisa Caichiolo

Mientras tanto, hay quienes descansan apoyados sobre las icónicas palmeras que flanquean el Paseo de la Fama. Porque aquí, en la ciudad de las alfombras rojas, ni siquiera el glamur de las estrellas ni el teatro Kodak ––donde cada año se celebra la televisada gala de los Óscar– logran enmascarar esta sobrecogedora realidad que no aparece ni en las guías de viaje, ni en las películas de Hollywood: Es el gran secreto a voces de una urbe que vive de su imagen y donde, en 2018, más de dieciséis mil sin techo convirtieron sus vehículos en dormitorios.

"La gente tiene un concepto idealizado de Hollywood que gira en torno a la fama y al éxito. Sin embargo, la realidad está muy alejada de esa visión", asegura Marisa Caichiolo, doctora en psicología y comisaria de arte que lleva décadas viviendo en California. "Esta idealización genera una brecha muy grande entre la clase alta y los sin techo que carecen de la atención médica que necesitan, y abre una fuerte discusión sobre la salud mental en la sociedad angelina".

La percepción de la curadora coincide con los resultados del estudio realizado por LAHSA: El 29% de los vagabundos sufre problemas mentales graves o adicciones al alcohol y a las drogas. Pero, quizá, uno de los datos más reveladores es que el rostro de la indigencia está mutando.

"Los desamparados en las zonas adyacentes (a Skid Row) son más jóvenes que los de Skid Row", cuenta Mercado.

Y es que la metrópolis está asfixiando cada vez a más jóvenes y ancianos y expulsándolos a la calle. Todo por culpa de la imparable subida del precio de los alquileres y unos salarios estancados desde hace años que dificultan la supervivencia en una ciudad donde, para permitirse un alquiler medio mensual, un residente debe ganar 47.52 dólares por hora, según LAHSA.

"Los desamparados en las zonas adyacentes (a Skid Row) son más jóvenes que los de Skid Row", cuenta Mercado

De hecho, con una normativa que solo pone techo al precio de los alquileres en edificios construidos antes de 1979, cada vez más angelinos se enfrentan al desahucio. Así lo refleja el informe Priced Out, Pushed Out, Locked Out que indica que entre 2010 y 2018, más de medio millón de propietarios del condado de Los Ángeles iniciaron acciones judiciales para desahuciar a sus inquilinos.

Luis Valdivia lo sabe bien. Este mariachi de profesión y su hermano Enrique recibieron una orden judicial de desalojo en el año 2017. Ocurrió después de que el nuevo propietario del complejo de apartamentos donde vivían en el barrio de Boyle Heights incrementara el precio del alquiler mensual de 1020 a 1825 dólares, una escalada del 80%.

Para este mexicano, perder su apartamento implicaba perder su fuente de ingresos. Cada mañana, el músico caminaba cien metros hasta llegar a la Plaza Mariachi, punto de encuentro de la comunidad mariachi de la ciudad.

"A la plaza viene mucho cliente a buscar músicos…y podemos ir ahí a buscar trabajos", relata el artista a Público.

Haga calor o frío, los mariachis, enfundados en sus trajes charros y con guitarra en mano, se sientan pacientemente hasta que el dueño de algún bar, negocio o el padre de una cumpleañera los contrate para una actuación o celebración. Hay días rentables y otros que, en cambio, se van a casa con las manos vacías. Pero cuenta Valdivia que durante más de treinta años ha subsistido gracias a esta tradición y ahora, por fortuna, "hay mucho trabajo".

La directora de “Unión de Vecinos”, Elizabeth Baley, posa frente al edificio de apartamentos donde Luis Valdivia lleva más de dos décadas viviendo. Crédito: Aitana Vargas (4/8/2017)

Ante el "alza injusta" del alquiler amenazando su única fuente de ingresos en 2017, la indignación se propagó rápidamente por la comunidad. Con el respaldo de la Unión de Vecinos, comenzó una movilización social y mediática que, en 2018, culminó con un acuerdo de tres años y medio entre el propietario del edificio de viviendas y los inquilinos.

Por un apartamento de dos habitaciones, el nuevo contrato contemplaba un precio mensual de 1375 dólares el primer año, y una subida anual del 5% a partir del segundo.

"El incremento el segundo año me resulta caro y pagamos la renta con esfuerzo cada mes. El que salió ganando fue el dueño", se lamenta este músico que sabe bien que, cuando venza el periodo de tres años y medio, se quedará de nuevo a merced de un hombre de negocios que tendrá libertad absoluta para imponer el precio del alquiler a su antojo y dejar al mariachi a las puertas de la calle.

"Si nos echan, no tengo adónde ir, pero espero que lleguemos a un acuerdo", concluye.