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"Sólo nos falta la madera para poder huir de aquí"

Las yolas, pateras del Caribe, ofrecen la única vía de escape del país devastado

DANIEL LOZANO

El imparable éxodo de los que huyen de Puerto Príncipe continuó ayer. Los haitianos no se creen que su tragedia tenga final. Y escuchando al jefe de la Misión de la ONU, Edmond Mulet, que considera una "pesadilla" la logística de la distribución humanitaria, pocas dudas quedan.

La mayoría opta por regresar al interior del país. Otros intentan cruzar a República Dominicana, histórica tierra de promisión para los haitianos. Y los más ambiciosos sueñan con llegar a Canadá, Europa y, sobre todo, EEUU. La vía más normal son los visados. Y las colas en las embajadas, tan largas como las que había ayer frente a las oficinas a las que llegan las remesas de dinero, que reabrieron sus puertas. O las filas en la que sudaban centenares de personas frente a las oficinas de emigración en busca de un pasaporte.

Washington ha dejado claro que no permitirá una oleada migratoria

Falta otro sistema de viaje, el más arriesgado: por mar, en yolas, las pateras del Caribe. "En 40 años que llevo en la capital, jamás una yola salió para Miami", sonríe Baptiste Gesnel, uno de los supervivientes del terremoto que tumbó el muelle de la Villa de la Paz. Sus muertos están enterrados muy cerca, en una fosa común.

La ruta de escape se sitúa a varias horas de la capital, en San Luis del Norte, Jermie o Cabo Haitiano. Barcos cargados con decenas de emigrantes parten de este muelle buscando las poblaciones del interior, pero también recorriendo la primera etapa a EEUU.

"En 40 años, jamás una yola salió para Miami", sonríe Baptiste Gesnel

Público contactó ayer con uno de los constructores de los barquitos. "Estamos preparados para lanzarnos desde San Luis del Norte. Tenemos los esqueletos de las embarcaciones, sólo falta la madera y otros elementos. Y para ello necesitamos el dinero de los que van a viajar", confesó miss Arnold, vinculada de alguna forma a estos viajes. El precio de los materiales se ha puesto por las nubes: desde 1.500 dólares hasta 3.000. Las embarcaciones más grandes superan las 100 personas.

Las autoridades estadounidenses han dejado claro que no van a permitir una ola migratoria. No olvidan la crisis de los balseros, que lanzó desde Cuba a miles de desesperados y hambrientos cubanos en 1994. Incluso los marines han descrito cómo barquitas haitianas se han acercado a su buque en busca de refugio.

"Otro barco, el Hamilton, es el que nos agarra en alta mar, quema las yolas y nos devuelve a Haití", rememora Threfel Nacisse, uno de los que espera en el camión que le conducirá a Beaumont, a mitad de la ruta para la ansiada Jermie.

Barquitas haitianas se acercan a los buques de EEUU pidiendo refugio

El chófer lleva horas intentando reparar el dañado eje para emprender un viaje que ahora cuesta el doble que hace diez días. "Me voy con mi familia. Y no quiero regresar a Puerto Príncipe hasta dentro de unos meses, para recoger lo que quedó dentro de mi casa hundida. En Beaumont tendremos comida. Y agua. ¿Futuro? Dependemos de Dios y de los blanquitos", relata Jean Mellian, vendedora callejera de 22 años a la que la tragedia le ha borrado la sonrisa.

Medio centenar de personas se concentran en torno al periodista. Expectantes, pero con su orgullo y sus ganas de salir de un bache tan hondo como el infierno. Y se ofrecen para trabajar, como Philippe, "el haitiano que mejor saber hablar español". Y lo pronuncia tan mal, pero con tantas ganas, con tanta ilusión, que esas siete palabras se convierten en el final de una crónica que nunca debió de ser escrita.

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