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ISIS ¿Dónde surgirá el próximo 'Estado Islámico'?

El ISIS ha fallecido. Es historia, según acaba de proclamar la Administración Trump. Sin embargo, no parece que esté sepultado. De sus cenizas en Siria e Irak puede resurgir otros califatos. Siguiendo la doctrina de su desaparecido líder Abu Bakr al-Baghdadi, dado por muerto por Washington, pero al que sus servicios secretos sitúan en Irak o Afganistán. Y sus tácticas de expansión. Nigeria, Mali, Libia, Yemen e incluso otra vez Siria, o Filipinas pueden albergar en el futuro un nuevo Daesh.

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Donald Trump muestra en un mapa la zona de influencia del ISIS. REUTERS/Carlos Barria

Durante un largo periodo de tiempo antes de su desaparición, en la ciudad siria de Al-Baghouz, hace un mes, el autodemoninado Estado Islámico (ISIS, Daesh o Califato, según la nomenclatura al uso) fue uno de los numerosos grupos yihadistas que sembraba el terror con sus múltiples tácticas para perpetrar atentados, tanto en latitudes bajo la administración islámica, como en territorios o contra objetivos occidentales, aunque con una clara preferencia por los ataques suicidas de integrantes de su organización.

En su época de máximo esplendor, cuando proclamó el ISIS por varias regiones de Siria, Irak y Líbano, consiguió implantar la sharia a lo largo de un vasto territorio, similar en extensión al Reino Unido, su impronta pasó a ser el combate abierto. Todo un ejército de voluntarios ha combatido en sus múltiples frentes abiertos. Desde batallas contra una alianza de fuerzas occidentales, con incursiones aéreas y tropas terrestres, hasta contiendas contra los ejércitos de sus territorios ocupados, contra las milicias kurdas o, incluso, contra posiciones turcas.

Una lucha sin cuartel para lograr su objetivo: la unión de todas las regiones habitadas por musulmanes bajo su control, desde Irak, su centro inicial de operaciones desde su misma constitución en 2003, con la aquiescencia y el apoyo de Osama bin Laden y Al Qaeda. Dominio que abarcaba todo el Levante mediterráneo: Siria, Jordania, Israel, Palestina, Líbano, Chipre y el sur de Turquía. Y cuya declaración expansiva incluía alianzas con múltiples milicias y células islamistas de toda índole y confesión, como las que operaban en la Península del Sinaí, en Egipto, al Este de Libia o en Pakistán. Su violencia despiadada contra el hereje y su férrea concepción fundamentalista de las leyes del Islam facilitó su capacidad de reclutamiento de yihadistas. También su habilidad para acarrear y atesorar financiación, a través del acceso y venta de petróleo, por ejemplo, en el mercado negro y sorteando los embargos y la escasa producción de crudo de países como Irak desde los años que sucedieron al derrocamiento de Sadam Hussein.

Diez millones de personas se desplazaron al Califato y decenas de miles de ellos se alistaron a sus filas como combatientes, atraídos por la recolección de cientos de miles de dólares desde la proclamación del ISIS, en 2014 y por las duras afrentas contra la civilización occidental de su carismático líder Abu Bakr al-Baghdadi, al que los servicios secretos estadounidenses sitúan en Irak o Afganistán, después de admitir su error al declararlo muerto el pasado verano. Es el terrorista más buscado por la CIA y el FBI. El sucesor de Bin Laden, al que las fuerzas de asalto del Ejército de EEUU desean dar caza con más urgencia. Quienes le conocen destacan su arrogancia, su fanatismo religioso y su habilidad para tomar el control, primero, y ganarse la lealtad, después, en su Califato. Desde su protectorado ha enviado comandos terroristas a amplias latitudes y logró ampliar la capacidad gravitatoria del universo yihadista, hasta aspirar seriamente a enarbolar la bandera del Daesh en alguno de los emiratos. "Ha sido capaz de concienciar en otros líderes regionales la recreación y la reconceptualización del Estado Islámico", explica Fawaz A. Gerges, profesor de la London School of Economics y autor de ISIS: una historia.

"Abu Bakr ha sido capaz de concienciar en otros líderes regionales la recreación y la reconceptualización del Estado Islámico"

Sin embargo, ¿podría recrearse la idea de un nuevo Estado Islámico? Y, sobre todo, ¿dónde se darían las circunstancias para que germinara otro Daesh? Caladeros para el resurgimiento de otro califato. El semillero de territorios donde podría implantarse es muy variopinto. Existen reductos de un tamaño variado donde han arraigado caladeros de extremismo islamista. En el norte de Nigeria o el sur de Filipinas. Donde la capacidad de que fuerzas locales asuman los dictados del Califato podría llegar a combinarse para emprender una acción similar a la que inició Al-Baghdadi y que culminó en la proclamación del ISIS, en 2014. Y zonas en las que también persisten hostilidades étnicas, como las que aprovechó el califa de todos los musulmanes del mundo entre suníes y chiíes o entre árabes y kurdos para establecer su hegemonía en su amplia zona de influencia. A la que acudían combatientes a través de rutas turísticas como las de Jordania, Líbano o Turquía sin levantar demasiadas sospechas.

Entre los círculos de vigilancia occidental no se prestaba atención especial a las fronteras entre Irak o Siria. Sobre todo, después de que la Administración Obama replegara las tropas de EEUU de Irak o de que Europa se dejara de involucrar en la guerra civil siria. Las ambiciones del grupo terrorista de Al-Baghdadi se tradujeron con inusitada rapidez en conquistas de territorios. El final de la guerra en Yemen podría también ofrecer una oportunidad al Califato. Al Qaeda en la Península Arábiga ha tenido bajo su dominio una extensa región del sur del país. Hasta en dos ocasiones distintas y sus líneas de financiación y su poder de influencia en la guerra que libran los rebeldes chiítas, los hutíes, respaldados por Irán y las fuerzas árabes-suníes lideradas por la colación entre Arabia Saudí y la mayor parte de sus emiratos vecinos. Con la excepción de Qatar.

Sus combatientes navegan entre dos aguas. Sin decantarse por un bando u otro. A la espera de que un recrudecimiento de las tensiones les permita intervenir. De momento, se ocupa con un especial énfasis en reclutar adeptos entre la población local. En sintonía, por ejemplo, con su Al Qaeda del Norte de África, su filial al otro lado del Mar Rojo, advierte contra la imposición de la sharía estricta. Soterradamente. Intentado captar la adhesión de una sociedad defenestrada por la lucha interreligiosa desde hace más de un decenio y tras cuatro años de escaso éxito bélico por parte de la coalición militar saudí.

Otra opción más que probable es Mali, donde opera el llamado Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (JNIM, según sus siglas en inglés) una escisión de Al Qaeda del Norte de África que impulsó el yemení, Nasir Abdel Karim al-Wuhayshi, alias Abu Basir. El JNIM ha fortalecido la red de alianzas con las comunidades locales del oeste del Sahel. Hasta el punto de armar a aldeas de pastores y agricultores que han sido atacados por grupos insurgentes. En un clima en el que se huele una guerra civil. A pesar de las fuerzas de pacificación francesas auspiciadas por la ONU. El gobierno malí tiene como máxima preocupación la colisión entre fuerzas extremistas, que pueden proceder también de otras partes del Sahel. Pero los grupos yihadistas del perfil del ISIS conocen mecanismos para frenar acciones contra sus intereses. Entre otros, mediante el uso de redes sociales y otros canales de propaganda. O utilizando flujos de contacto entre movimientos islamistas para atacar objetivos estratégicos e instalar nuevos califatos. Tentáculos que resultan más eficientes cuanto más desatendido estén determinados territorios de la supervisión de la comunidad internacional.

En este contexto también surge también el escenario libio. A donde han recalado combatientes del ISIS procedentes de Siria e Irak en los últimos meses, y que están actuando entre los señores de la guerra del país y el frágil gobierno de Trípoli, un estado todavía fallido. Libia es uno de los focos sobre los que se aprecia de manera más contundente el cambio dictaminado por Donald Trump en la estrategia de seguridad nacional de EEUU y que se caracteriza por minimizar, dentro del orden de prioridades de la Casa Blanca, el terrorismo y sus redes de financiación, asunto que ha dominado la agenda global desde los atentados del 11-S. En favor de las tensiones con otros grandes poderes mundiales, como Rusia o China. Y que lleva aparejada una reducción de fondos y recursos personales a la contrainteligencia, esencial para evitar atentados terroristas.

Un viraje que, por supuesto, también puede repercutir en Siria donde, aunque el nivel de hostilidades de la guerra civil se ha reducido, las milicias salafistas del Frente Nusra de Hayat Tahrir al-Sahm aún mantienen ciertos controles territoriales en la región de Idlib. Con un ejército de 20.000 soldados han creado una amplia red de contactos e intereses con grupos civiles y políticos sirios. Al igual que fuera de su órbita territorial. Porque comparte cauces habituales con Al-Shabab y sus 9.000 combatientes en Somalia, donde ha instaurado una plataforma de ayuda sanitaria y usa fondos para construir infraestructuras y para ayudar a las familias más necesitadas.