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Israel Netanyahu, dispuesto a todo para cambiar el sistema del estado judío

La derecha nacionalista y religiosa, representada en su mayor parte por judíos orientales, más pobres y discriminados, está dispuesta a todo para acabar con el sistema que establecieron los asquenazis. El juicio por corrupción de Netanyahu puede ser el catalizador que consume la transformación.

El primer ministro de Israel en una visita institucional a los colegios de Jerusalén. / REUTERS
El primer ministro de Israel en una visita institucional a los colegios de Jerusalén. / REUTERS

EUGENIO GARCÍA GASCÓN

En Israel se ha creado una situación insólita y peligrosa para el país a causa del proceso judicial en el que está inmerso el primer ministro Benjamín Netanyahu, quien a partir de principios de 2020 tendrá que sentarse en el banquillo de los acusados del tribunal de Distrito de Jerusalén para defenderse de tres cargos de corrupción.

Sus abogados han hecho todo lo posible para demorar el juicio. Las posibilidades de que Netanyahu salga airoso son remotas, de ahí que esté removiendo Roma con Santiago para librarse de los cargos. Su estrategia cada día más evidente es desmontar el sistema judicial, comenzando por el Tribunal Supremo, consciente de que eso puede significar un cambio radical del Israel que conocemos.

En estos momentos no está claro que cuente con una mayoría suficiente para aprobar en la Kneset leyes específicas que le protejan, dado que no todos los diputados de la coalición se han pronunciado de manera favorable, pero a Netanyahu siempre le queda la carta de disolver el parlamento y convocar elecciones.

El último sondeo disponible, de este fin de semana, otorga una amplia mayoría a los partidos nacionalistas y religiosos. Es cierto que restan al Likud tres o cuatro escaños, pero esta pérdida se ve compensada ampliamente con el crecimiento de otros partidos afines. De momento Netanyahu se resiste a convocar elecciones, aunque sabe que es una opción que podrá ejecutar a su entera discreción en el momento que considere oportuno.

El sistema judicial ha estado en el punto de mira del Likud desde hace años. Durante mucho tiempo Netanyahu ha preferido mantenerse al margen, pero la situación ha cambiado radicalmente desde que el cerco judicial ha empezado a apretar. En los últimos dos años, y de una manera creciente, el propio primer ministro y su círculo más cercano no han dejado pasar un día sin desprestigiar el sistema judicial y en especial el Tribunal Supremo.

Ya no se oculta a nadie que Netanyahu está dispuesto a todo para neutralizar su juicio. Incluso algunos de sus aliados pronostican que su comportamiento va a facilitar el derramamiento de sangre, algo que ya ha ocurrido en el pasado, mientras que líderes de la oposición profetizan que Netanyahu, de 70 años, para salvarse, ha puesto al país al borde de una guerra civil.

Las protestas que desde hace semanas se celebran en distintas ciudades están cargadas de odio. De momento, los incidentes violentos han sido pocos, pero la tensión en lugar de disminuir ha crecido. Aunque los manifestantes no representan a la mayoría del país, constituyen un grupo numeroso que está harto de la corrupción y de distintas políticas de Netanyahu, básicamente económicas.

Para los manifestantes, la reciente "normalización" de relaciones con los Emiratos Árabes Unidos no es más que otro juego malabar con el que se pretende ocultar la realidad cotidiana. Después de diez años dirigiendo el país, Netanyahu ha polarizado la sociedad de una manera sin precedentes, incluso mayor que la que condujo al asesinato de Yitzhak Rabin en 1995, lanzando a unos judíos contra otros con una acritud que no puede esconderse.

Se presenta a sí mismo como víctima de una persecución por parte de la izquierda liberal, que controlaría no solo el sistema judicial sino también los medios de comunicación y la policía. Todos ellos, y algunos más, en concreto las élites asquenazis y privilegiadas, estarían confabulados para acabar con su carrera política y para hundir al país en la miseria económica y política.

Su hijo Yair Netanyahu, que vive en la residencia oficial y a quien no se le conoce oficio ni beneficio, se encarga de agitar las aguas contra las élites asquenazis a través de las redes sociales. Sus salidas de tono son siempre controvertidas. Yair arremete igual contra el Supremo que contra el jefe de la policía que contra un artista que ponga en solfa a su padre. De tanto en cuanto, debe dar cuenta de sus exabruptos ante los jueces, pero eso no le impide volver al mismo camino.

Las élites asquenazis creen que el populismo que defiende Netanyahu es el peor de los males que acechan al país. Curiosamente, las bases más amplias del Likud, un partido de derechas o de la derecha extrema, las constituyen los judíos orientales, gente que se considera marginada por las élites y que es la más nacionalista y religiosa.

Mientras el grueso de los asquenazis defiende el sistema que ellos crearon cuando al establecer el estado judío en 1948, los orientales han terminado por ser mayoría, y nada indica que haya vuelta atrás. De hecho, la curva de apoyos que reciben los partidos religiosos y nacionalistas es siempre ascendente, lo que pone en peligro el sistema de 1948, contra el que luchan Netanyahu y sus seguidores.

Lo decisivo es que el grueso de esos votantes sigue creciendo, de manera que cada elección confirma a la derecha y los asquenazis se ven obligados a ser comparsas en la oposición. Ante el empuje de los orientales, el sistema del estado que fundaron los asquenazis se ha quedado obsoleto, aunque se resista a ceder el paso a una mayoría que más pronto que tarde acabará haciéndose con las auténticas riendas de un estado que será muy diferente del que hemos conocido.

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