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Lampedusa, entre las revueltas y la crisis humanitaria

Casi 4.000 refugiados llegaron a la isla italiana durante el fin de semana. El Gobierno no es capaz de gestionar la crisis humanitaria y usa a los extranjeros con fines electorales

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Las imágenes corresponden al programa Annozero de Rai 2  el pasado jueves. No es necesario saber italiano o francés para darse cuenta de que la situación en Lampedusa es desesperada. La pasada noche desembarcaron en la pequeña isla italiana del Estrecho de Sicilia otras 900 personas. En 24 horas 2.000. En todo el fin de semana 3.721. Desde que comenzara el año unos 18.000. Hoy hay cerca de 7.000 presentes en la localidad.

La mayoría proceden de Túnez, de donde huyen desde que se produjeran las revueltas que acabaron con el régimen de Ben Alí. En febrero, la llegada de 6.000 personas en menos de un mes hizo saltar las alarmas e Italia, España, Grecia, Malta, Francia y Chipre pidieron ayuda a la Unión Europea. Estos países sostenían que el momento de tensión en el norte de África podía provocar un flujo de refugiados e inmigrantes sin precedentes a los países del norte del Mediterráneo.

Roma solicitó a los 27 un acuerdo para repartirse a estas personas, pero lo máximo que consiguieron fue el envío de una misión Frontex, cuya actuación se amplió el viernes cinco meses más. Nada ha servido para disminuir las travesías desde Túnez, que sigue sumido en la inestabilidad política y ha perdido el control las fronteras.

Aún así, la gestión del Ejecutivo italiano en Lampedusa es más que deficiente. El centro de retención de la isla tiene una capacidad para 850 personas por lo que rápidamente se vio desbordado. En la actualidad alberga a más de 2.000 en condiciones lamentables de salubridad e higiene. El resto de los magrebíes acampa en el propio puerto o en los alrededores con tiendas de campaña improvisadas fabricadas a base de bolsas de basura, telas o mantas.

Para paliar la situación, el ministerio de Interior está intentando trasladar a los extranjeros en barcos y aviones al resto de centros del país que se encuentran igual de saturados. Además, se han comenzado a habilitar edificios y estructuras que puedan servir de centro de acogida para estas personas. Se ha llegado a pensar hasta en la construcción de un campamento de refugiados en el islote de Lampione, pero el Gobierno espera porque los alcaldes de las localidades que están acogiendo a los inmigrantes empiezan a rebelarse.

La semana pasada, el titular de Interior, Roberto Maroni, pactó con las regiones un plan para albergar a 50.000 personas en caso de que el flujo migratorio no se frene. Al mismo tiempo, Italia ha proporcionado a Túnez un crédito de 150 millones de euros para fomentar el empleo y ha prometido entrenar a los militares y policías que trabajan en los puertos.

Sin embargo, el ambiente en Lampedusa está cada vez más encendido. Cerca de 2.000 inmigrantes se rebelaron el pasado viernes en el puerto y tomaron al asalto los contenedores con la comida que se les proporciona cada día. Hartos de la situación, piden ser trasladados cuanto antes y mientras tanto, no tener que esperar entre tres y cuatro horas cada día para que se les repartan los alimentos.

Anoche, una pareja fue agredida por un grupo de cinco inmigrantes que asaltaron su casa y esta mañana varios representantes del centroderecha se han encadenado en el puerto solicitando medidas al Gobierno.

El comportamiento de los habitantes de la isla, 5.000 en total, está siendo ejemplar por el momento, conscientes del trato inhumano que se les está dando a los inmigrantes. Pero si los robos o las intimidaciones se extienden, entonces el panorama será mucho peor.

El futuro de todos estos magrebíes será la expulsión ya que Italia se niega a catalogarlos como refugiados argumentando que, según Naciones Unidas, sólo aquellos que lleguen de países en guerra pueden ser vistos como tal. Así que en cuanto pisan suelo italiano entran directamente a formar parte de una lista de personas investigadas por inmigración ilegal. Es decir, son considerados delincuentes.

Es el caso de Yaeb Saba, un pequeño que nació en un barco repleto de etíopes que partió el pasado miércoles de Trípoli camino de Lampedusa.

Muchas mujeres de la localidad, en cuanto se enteraron de la noticia de la llegada del recién nacido, prepararon todo para que él y su madre tuvieran todo tipo de atención. Estas personas creen que el Gobierno debería considerarlo lampedusano a todos los efectos, como dice Cinzia Gritti, profesora de primaria, al Corriere della Sera.

El problema de fondo es otro. En mayo se celebran elecciones municipales y servirán de termómetro tras los escándalos sexuales de Silvio Berlusconi. Su estabilidad depende de que todo vaya bien en los comicios para la Liga Norte, partido xenófobo y separatista liderado por Umberto Bossi, que sostiene el Gobierno con su apoyo.

Un partido que lleva iniciativas en Lombardía tan particulares como la prohibición a la apertura de restaurantes de Kebab o comercios dirigidos por chinos. Y que en anteriores campañas electorales ha recurrido a los posters racistas.

El presidente de la República, Giorgio Napolitano, dijo esta mañana en una conferencia ante la ONU que ninguno debería olvidar el pasado emigrante de los italianos.

De hecho, en otras situaciones, Italia acogió a los refugiados que huían de la guerra en los Balcanes, que a veces llegaban a un ritmo de 15.00 al día. Pero aquello ya es historia. Bossi aboga por 'mandarlos todos a casa y basta'. Solución más pacífica que la que daba hace ocho años: disparar a las barcazas en el mar para impedirles que llegaran a la costa.