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Latigazos de violencia e impunidad en Haití

El deterioro de la seguridad tras el seísmo es imparable. A la fuga de presos se une una fuerza policial que se toma la justicia por su mano

DANIEL LOZANO

Dos veces condenado, dos veces salvado. Bolivar Ralph ha engañado a la muerte por segunda vez en sólo cien días. Estamos en el gueto caliente de Solino, laberinto en vez de calles cerca del corazón de Puerto Príncipe. Cuando más se estrecha el laberinto aparece un lugar mínimo, alquilado por la madre de Bolivar tras desplomarse el hogar familiar durante el terremoto del pasado 12 de enero. Postrado sobre el suelo, casi sin moverse, este joven de 24 años cura las heridas del cuerpo y los miedos del alma. Su relato, que conoce todo su barrio pese a que no es público ni ha sido denunciado, es espeluznante: la radiografía de la impunidad rampante en el Haití posterremoto.

"Estaba con mi amigo Brito Joel, comprando viandas fritas a las 11 de la noche. Llegó una patrulla policial, seis agentes. Nos pusieron manos arriba y nos registraron. No encontraron nada, pero estaban rabiosos. Nos tumbaron en el suelo y comenzaron los golpes. Querían saber dónde íbamos a comprar drogas a aquella hora. Nos golpeaban con sus porras en la cabeza, en la espalda, en los tobillos".

A la Comisión de Derechos Humanos le preocupa la violencia policial

Brito, albañil de 42 años, un "hombre de respeto" muy querido en su barrio, llevaba un par de tragos encima. O más, pero su actitud no era violenta, según su compañero. Comenzaron las amenazas. "¡Vamos a daros un tiro! ¡Os vamos a matar!', nos decían mientras nos propinaban más y más golpes", continúa Bolívar, casado y con tres hijos que viven del trabajo de su abuela.

Algo después, tiempo difícil de medir, los dos hombres fueron arrojados a la parte trasera del coche patrulla, un pick up. Cuatro de los agentes se sentaron con ellos, apretándoles con sus botas contra el suelo. Les llevaron hasta una zona de escombros, en Pacot. "Nos arrojaron entre los desperdicios de cemento, apuntándonos con sus armas. En ese momento perdí toda esperanza, pensé que iba a morir. Y comencé a rezar, para despedirme de la vida, igual que en el terremoto. Ellos permanecían alrededor, discutiendo. Se alejaron unos metros. Y yo aproveché mis últimas fuerzas para correr y esconderme en la oscuridad. Me persiguieron, gritando y apuntando con el foco. Esperé un tiempo y salí huyendo. No escuché ningún disparo. Y escapé".

Bolívar llegó hasta su casa escondiéndose entre las sombras que acompañan la noche haitiana. Avisó a la familia de su amigo y varios se desplazaron hasta Pacot. "Jamás lo podré olvidar", asegura Fatmimi, vecino e íntimo amigo de los dos, al recordar lo que vieron allí. El miedo de este joven de 24 años le hace ser prevenido. Sólo da su mote al reportero. "El cuerpo de Brito estaba amarrado de pies y manos, de rodillas contra el suelo. Le habían puesto un tanque de agua encima, con cemento en su interior. Y tenía dos agujeros en la cabeza, como dos balazos", relata Fatmimi. Los familiares de Brito creen que los policías escenificaron así su muerte para dar a entender que se trataba de una venganza, que el barrio le había matado por ladrón. Y han denunciado el crimen ante la Policía de la Misión de Estabilización de la ONU en Haití (Minustah).

Nadie lo admite, pero todos saben que hay ejecuciones extrajudiciales

En su informe del año pasado, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos volvió a incluir a Haití en su lista negra, junto a Colombia, Honduras, Cuba y Venezuela. Y resaltó que la corrupción y "el aumento de la violencia policial contra adolescentes y jóvenes" son dos de sus principales preocupaciones.

La situación no ha mejorado. Ni mucho menos. La fuga de la cárcel de la Pénitenciaire durante el seísmo ha devuelto a la calle a 7.000 delincuentes, muchos de ellos sangrientos milicianos de las famosas bandas de los guetos, desde Cité Soleil a Mattisant. Uno de ellos, el famoso Ti Mize, fue arrestado hace unas semanas en el interior del país. Intentaba recomponer su banda.

Otros 536 fugitivos también han sido detenidos en estos meses, según Frantz Lerebeus, portavoz de la policía. Varios de ellos fueron capturados en Santo Domingo, donde se habían escondido tras su fuga. "Algunos han muerto en enfrentamientos con la policía", reconoce el portavoz. Lo que todo el mundo sabe, y nadie reconoce oficialmente, es que algunos de estos gángsters fueron literalmente ejecutados. También se han producido linchamientos.

Edmond Mulet, responsable de la Minustah, admite que la seguridad sigue siendo un gran reto y las bandas criminales, el gran temor. Hasta el secretario general de la ONU ha pedido y obtenido 680 policías extra para la Minustah.

Los refuerzos han llegado tarde para Bolívar, que se retuerce de dolor. Tiene múltiples hematomas por todo el cuerpo. "¿Miedo? No, este es mi país. Tal y como está la situación, no me puedo esconder en otro sitio. Es muy triste que ocurran estas cosas. ¿Denunciar? ¿Para qué?".

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