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El león progresista del Senado

   

ANTONIO LAFUENTE

Edward Moore Kennedy, más conocido por el diminutivo de Ted, era el menor de cuatro hermanos varones pertenecientes a un clan del que nunca se ha sabido bien si está maldito o tocado por la gracia de los dioses. De los cuatro vástagos de Joe, es el único que ha muerto por causas naturales, pero su vida está marcada por la tragedia, tanto la propia como la de toda su familia.

Nació en Boston el 22 de febrero de 1932 y, aunque es el tercer senador más longevo en la historia de EEUU —entró en el Senado en 1962 ocupando el escaño de su hermano John—, no parecía destinado a un futuro político tan brillante como aquél o Robert, su otro hermano. Entonces ya estaba casado con Virginia Joan Bennett, con la que tuvo tres hijos, Kara Anne, Edward y Patrick, y una tormentosa relación sentimental.

Su aspiración de ser presidente quedó truncada en 1969 a causa de un accidente en el que, tras una noche de juerga, estrelló el coche en el que viajaba con una amiga, Mary Jo Kopechne. Ted Kennedy huyó y ella murió.

Al conocerse el escándalo, el senador dio la cara en la televisión y, aunque reconoció que no tenía "disculpa", negó tanto haber bebido como haber acosado a Mary Jo. Dio igual, ya estaba tocado por la reputación familiar que dice que los Kennedy son políticos, bebedores y mujeriegos. Él, desde luego, fue las tres cosas.

El incidente de Chappaquiddick, el lugar de este suceso, le persiguió durante su carrera presidencial y se considera como una de las causas que le llevaron a perder las elecciones primarias frente a Jimmy Carter en 1980.

La otra fue una entrevista en la televisión donde Ted, reconocido como brillante orador, no dejó de tartamudear. El menor de los Kennedy, que había escrito los discursos de despedida de sus hermanos John y Robert, el primero asesinado durante su mandato como presidente y el segundo durante la campaña presidencial, fue incapaz de explicar ante las cámaras por qué quería dirigir el país.

Tras renunciar a su aspiración a la Casa Blanca, se concentró en la labor legislativa, aunque mantuvo unas costumbres poco puritanas, que le llevarían a la portada de las revistas de cotilleo. Un comportamiento que escandalizó a muchos estadounidenses, a los que el alcohol y el sexo les parecen el mismo diablo.

En 1992 se casó con su segunda mujer, Victoria Anne Reggie, con la que llevó una vida más familiar. Desde entonces, su imagen empezó a blanquearse al mismo ritmo que lo hacía su pelo y ya para el final de su vida se ganó el calificativo de León del Senado, como símbolo de respeto. También fue labrándose una reputación de defensor de los derechos civiles y voz de la clase trabajadora y de los desfavorecidos.