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Las lluvias pillan a Buenos Aires desprevenida

Vecinos y comerciantes se quejan de que cada año se repiten las inundaciones y no se toman medidas

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Los porteños viven hace cinco días con los pies mojados y la cabeza echando humo. El cielo plomizo estalló el jueves entre las 6 de la mañana y las 2 de la tarde dejando 61,3 milímetros por centímetro cuadrado, o lo que es lo mismo, la ciudad se volvió una pista acuática una vez más. Los buses se convirtieron en lanchas. Los automovilistas ataron sus coches con mangueras a los árboles como si se tratara de botes amarrados a un muelle. Los peatones se volvieron sirenas. Los que mejor lo tomaron salieron a pasear en su kayak.

El aguacero obligó a cerrar los dos aeropuertos de la ciudad, se canceló el metro, hubo cortes de luz, fallaron los semáforos, se evacuó a 2000 personas y un tercio de la ciudad quedó anegada. Un comunicado de la Asociación empresaria Fedecámaras señala que 'más de 50.000 comicios minoristas de la Capital y 80.000 del conurbano sufrieron grandes pérdidas'. En promedio, al menos el 30% de la mercadería se perdió.

Hace 20 años que sucede lo mismo en Buenos Aires, una ciudad con comportamiento bipolar. En 2007 recibió más de 2 millones de turistas interesados en visitar una las ciudades con mayor cultura y mejor arquitectura de América Latina. En una charla de café, cualquier porteño dirá orgulloso que Buenos Aires y sus habitantes se parecen más a Europa que al resto del continente. Sin embargo, la lluvia, la basura y la inseguridad son un baño de tercermundismo que alejan a la capital argentina del viejo continente. El jueves solo podía compararse a la ciudad con Venecia o Amsterdam.

Cada vez que el aguacero supera los 30 milímetros, el arroyo Maldonado que atraviesa subterráneamente las entrañas de la ciudad se desborda, las tapas de las alcantarillas ceden y el agua fétida empieza a brotar. 'Esta historia se repite todos los años', se quejaron los vecinos del barrio de Liniers, una de las zonas que más afectadas.

La canción del Gobierno

Ante cada inundación, los sucesivos alcaldes de Buenos Aires tiemblan, anuncian obras y critican la gestión anterior, en un ejercicio que asemeja al alcalde Quimby de la serie norteamericana Los Simpson. El jueves, la canción no fue distinta. El jefe de Gobierno, Mauricio Macri, ofreció una conferencia de prensa para atajar el malhumor de los porteños y anunciar, gigantografías mediante, el plan de obras por 334 millones de euros que prometió durante la campaña.

'Si me preguntan qué va a pasar si vuelve a suceder esto en una semana, tengo que decir que va a pasar lo mismo', confesó. Lo mismo en tres años, agregó. Recién al final de la gestión- en 40 meses- concluirán las obras que ampliarán el cauce de desagüe del arroyo. En un intento por diferenciarse de sus antecesores, pidió que lo juzguen en función del cumplimiento en la ejecución de las obras.

Macri ocupa un espacio de centroderecha y obtuvo el 61% de los votos utilizando un discurso pragmático en torno a los problemas municipales concretos y renegando de las ideologías. Pero los porteños no se cebaron en torno a las obras de infraestructura, sino por la falta de previsión ante una tormenta que estaba anunciada hacía 10 días.

'Entiendo que asumieron hace poco y que las obras toman tiempo. Pero ustedes no tienen un plan de contingencia. Tardaron tres horas en venir. Si no fuera por los vecinos que me ayudaron a atar el auto a un árbol se me hubiera ido', le espetó un automovilista al jefe de Gabinete, Horacio Rodríguez Larreta.

También hubo quejas por la falta de limpieza en los sumideros, a cargo de las empresas de recolección de basura, que hubiera reducido la acumulación de agua. Los comerciantes criticaron la ausencia de la Policía de tráfico, lo que permitió a los buses continuar sus recorridos. 'Al pasar, los autobuses crean las olas que nos rompen los escaparates', explicaron los comerciantes de Palermo, el barrio mitológico del escritor Jorge Luis Borges, que ahora acoge lo último en tiendas de diseño, restaurantes de cocina internacional y bares de moda.

El domingo, una tromba marina -un tornado- se posó sobre el Río de la Plata ante la sorpresa y el terror de los porteños. El Instituto Meteorológico mantiene la alerta por lluvias y tormentas hasta el miércoles. Hasta entonces, solo pueden acercarse al barrio de San Telmo, y rezarle al patrono de los navegantes.