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La nueva guerra en el Sáhara silenciada por Marruecos

Desde que el Polisario dio por roto el alto el fuego el 13 de noviembre, los soldados saharauis han disparado más de mil proyectiles contra el muro que divide la antigua provincia española, según la ONU. La prensa internacional ha podido observar por primera vez uno de estos ataques sobre los que el régimen de Mohamed VI mantiene un total hermetismo.

Soldados saharauis lanzan un cohete de 120 mm contra una base militar marroquí en el muro que divide el Sáhara Occidental, el 15 de octubre de 2021.
Soldados saharauis lanzan un cohete de 120 mm contra una base militar marroquí en el muro que divide el Sáhara Occidental, el 15 de octubre de 2021. JAIRO VARGAS

Los misiles Grad de 120 milímetros y fabricación soviética salen disparados y aún pasan varios segundos antes de que el oído lo advierta. Esta tarde han sido dos los proyectiles lanzados por una unidad del Ejército de Liberación Popular Saharaui antes de que el sol cayera del todo en la zona de Mahbes, al norte de los llamados territorios liberados, en la sexta región militar de esta histórica guerrilla. El lejano murmullo de las bombas llega un minuto después de su impacto, a unos ocho kilómetros, y dos columnas de humo comienzan a ascender en el horizonte de cielo y arena. Se supone que han caído sobre el muro defensivo que Marruecos empezó a construir en los 80 ante las repetidas incursiones saharauis en sus territorios ocupados. Quizás más allá. No importa demasiado si han alcanzado el objetivo, lo importante para el Frente Polisario es que la prensa pueda ver por primera vez en casi un año que los ataques existen y que son respondidos.

Pocos minutos después suenan las detonaciones de la réplica marroquí, mucho más numerosas. Han de hacer frente al ataque coordinado y simultáneo de otras dos reducidas unidades saharauis apostadas a tres y cuatro kilómetros respectivamente. La artillería alauí se percibe más cercana y el oficial al mando saharaui, el veterano Bali Hamudy, inquieto ante la presencia del grupo de periodistas, da la orden de alejarse y volver a los vehículos. La operación ha terminado por hoy. Solo falta regresar a cualquier lugar desierto adentro y rezar para que los drones marroquíes no sobrevuelen los oxidados y vetustos Land Rover de los atacantes, que se mueven sin luces en plena oscuridad, sorteando piedras y dunas en el vasto páramo del Sáhara Occidental.

Tras el breve bombardeo, Hamudy explica que así son la mayoría de las escaramuzas que los soldados de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) llevan a cabo con frecuencia desde que el pasado 13 de noviembre el Frente Polisario diera por roto el alto el fuego pactado con Marruecos en 1991. Tras casi un año de la vuelta a las hostilidades, en total silencio mediático y político, el Polisario quiere probar que la guerra no son solo los cientos de partes que ha emitido en estos meses; que es real, aunque no se perciba, aunque no lo parezca.

Una antigua unidad antiaérea saharui se desplaza antes de realizar un ataque a la zona norte del muro marroquí.
Una antigua unidad antiaérea saharui se desplaza antes de realizar un ataque a la zona norte del muro marroquí. JAIRO VARGAS

Esta es la primera vez que la prensa independiente —con las ausencias de los medios públicos RTVE y Agencia Efe— puede ser testigo de un ataque en este frente intermitente. O tal vez, demasiado amplio. Se extiende de norte a sur sobre los más de 2.000 kilómetros de muro. Marruecos lo fue adelantando y sembrando de minas mientras menguaban las posibilidades de celebrar el ansiado referéndum de autodeterminación saharaui, y después de casi tres décadas de tensa e improductiva calma para los refugiados de la RASD, el Polisario trata de forzar un cambio por la vía que, para la mayoría de los entrevistados, nunca debió interrumpir, la lucha armada.

Esta en su llamada de atención ante la indiferencia internacional que les ha envuelto, y llega en pleno auge de las tensiones entre Marruecos y Argelia, el eterno aliado saharaui, el país que les cedió un pedazo de desierto en el que levantar sus jaimas tras la masacre marroquí. Ya son de adobe y ladrillo, y en ellas vive una generación que no había conocido la guerra, pero tampoco un presente digno. Menos aún pueden pensar en un futuro siquiera aceptable.
"Hemos crecido como refugiados, con una parte de la familia separada en los territorios ocupados. Como joven saharaui sentí que tenía una responsabilidad moral y un deber nacional. Mi pueblo está en guerra y no dudé en participar", dice Omar. Tiene 22 años y tras una etapa de estudios en Cuba y otra en Libia, el fin del alto el fuego le pilló estudiando en Argelia. Acudió a la formación en la escuela militar y varios meses después carga su AK-47 con orgullo. Está pendiente de otra beca para estudiar ingeniería en Rusia. Si se la dan y aún no ha sido herido o ha caído "mártir", dejará el ejército. No es obligatorio, y voluntarios no faltan. Tanto es así que la escuela militar ha tenido que readaptarse para poder formar a tantos jóvenes que no ven otra alternativa.

A la espera de una escalada

También lo ve así Hamudy, para quien la tregua fue "una trampa que duró demasiado". Él nació cuando el Sáhara Occidental era provincia española, era hijo de un alcalde local y su diploma de estudios lo firmó el rey emérito. Formó parte de la policía nómada hasta que en el 74 se unió al clandestino frente Polisario. Luchó sin descanso desde el 75, primero contra Mauritania, después contra Marruecos y fue herido hasta en siete ocasiones. "El Polisario tendrá difícil convencer a nuestros militares de una nueva tregua. Aunque haya una solución política, solo será forzada por la acción militar", asevera. "Ahora nos centramos en la guerra de desgaste, pequeñas acciones contra bases marroquíes. Pero es un calentamiento, estamos preparados para penetrar el muro, tomar bases, hacer prisioneros y obtener material militar marroquí", dice. "Solo esperamos una orden política", afirma con resignación impaciente.

Pero enfrente tiene a una potencia militar en el Magreb con armamento moderno, drones, antenas y radares que dirigen la artillería y una eficaz influencia política en Europa que se mueve a caballo entre el chantaje migratorio, el control del yihadismo y los acuerdos comerciales. Los saharauis, en cambio, muestran a la prensa sus viejas baterías y proyectiles rusos, sus kalashnikov desconchados y sus viejos Land Rover Santana o Nissan Patrol reconvertidos en pick ups a base de radial. Pese a su superioridad militar, Marruecos prácticamente se limitar a responder, "está casi siempre a la defensiva" y es del todo hermético sobre la suerte de sus bases y tropas en el muro.

Tan solo un reciente informe del secretario general de la ONU, Antonio Guterres, detalla que Marruecos reportó desde el 13 de noviembre al 31 de agosto más de mil bombardeos contra sus posiciones, 22 intentos de cruzar el muro y 724 incursiones de drones de reconocimiento en su espacio aéreo. El 83% de los ataques se concentran en la región del Mahbes, la que dirige Hamudy. El militar saharaui da por buena la cifra, aunque niega que tengan drones.

Las víctimas

Tampoco hay en su región militar bajas o heridos, dice, pese a ser la zona donde más proyectiles se intercambian. Nadie se atreve a dar un balance de muertos en combate, aunque hay cifras aproximadas que se repiten en las conversaciones y que oscilan entre los nueve o diez "mártires" y poco más de 20 heridos.

Pero las víctimas de esta vieja y, a la vez, nueva guerra en el desierto son más que rumores no confirmados oficialmente. Arabia Sidahmed recibe a Público en su jaima casi por sorpresa. La última vez que hubo periodistas en su casa fue para entrevistar a su hermano Chej, un corpulento militar de 37 años que volvía orgullo del frente tras un mes de escaramuzas en el muro. La televisión saharaui acudió para entrevistarle y grabar un recibimiento digno de héroe en el campamento de refugiados de Bojador. "Ahí dijo que podía ser que muriera, pero estaba muy ilusionado", recuerda su hermana.

Una antigua unidad antiaérea saharui se desplaza antes de realizar un ataque a la zona norte del muro marroquí.
Arabia Sidahmed, refugiada saharaui en el desierto argelino, muestra una foto de su hermano Chej, caído el pasado junio en un bombardeo marroquí cerca de la población saharaui de Tifariti. JAIRO VARGAS

La siguiente visita de la televisión fue para hablar con ella tras conocerse que Chej había caído a finales de junio en un bombardeo cerca de Tifariti, al noreste del Sáhara, en los territorios liberados. "No pude decir ni una palabra, no podía hablar", confiesa. Pero la pérdida de su único hermano no ha hecho que Sidahmed cambie de parecer sobre la guerra. "Es triste, pero también un orgullo. Cayó por su tierra", afirma. Y en esa tierra yace, cerca del campo de batalla en el que murió, como marca la tradición nómada de este pueblo. Ella lo acompañó al ayuntamiento el primer día que se fue a combatir. Recuerda que antes de partir le pidió que cuidara de su hijo de cinco años, que vive con su madre en otra wilaya. "Desde que murió mi hermano solo me interesa la causa saharaui, la vida que hay alrededor no me importa mucho", afirma.

En el mismo campamento, Lahsan Salek, de 48 años, prepara té tumbado en un colchón a la sombra de su jaima. Mantiene la pierna en alto mientras uno de sus siete de hijos se coloca en su regazo con cuidado de no rozar el hierro que lleva atornillado de su tibia. Se la fracturó el pasado 22 de noviembre, una semana después de la vuelta a las armas. Fue durante uno de los 22 intentos de traspasar el muro que Marruecos ha reconocido ante la ONU. "Atacamos en pleno día, a las 11 de la mañana, y varias unidades al mismo tiempo. Íbamos a tomar varias bases", recuerda. Pero no salió bien. "Cayeron varias bombas y cuando cruzamos, nos emboscaron unos soldados escondidos en un foso", describe. Hubo intercambio de disparos y él recibió varios. Uno en la rodilla izquierda, otro en la mano y otro que le atravesó la tibia. Lograron sacarlo del frente junto a otro compañero herido de mayor gravedad en el abdomen, pero ambos salieron de aquella, la base fue destruida y los marroquíes tuvieron que retroceder, asegura.

Durante la primera guerra, Salek era estudiante y no tuvo tiempo de combatir. Ha sido militar durante casi todo el alto el fuego, por eso solo espera recuperarse para volver a la acción. Casi un año después, los huesos no están bien soldados y apenas da unos pasos apoyado en su muleta. Después tendrá que recuperarse de la rodilla, pero tiene fe en que volverá a conducir a sus compañeros hasta el bern marroquí. A su lado, su mujer, Zruga Mohamed, de 40 años, le da el pecho al más pequeño mientras su marido insiste en ir al frente. "Me asusta, como a cualquiera, pero es una realidad que tengo que aceptar", concede. Él insiste: "Llevaba años esperando a que volviesen los combates. Nada estaba mejorando sin pelear".

Antes de que Salek pueda subirse al Land Rober otra vez pueden pasar muchas cosas, aunque la historia no es halagüeña para los saharauis. Tras años en parálisis, el pasado septiembre, el Consejo de Seguridad de la ONU informó de que Marruecos aceptaba el nombramiento de un nuevo enviado especial para el Sáhara al que tanto el Polisario como Argelia dieron su visto bueno. Staffan de Mistura tiene por delante una tarea que no ha logrado ningún antecesor en casi cuatro décadas debido al veto de Francia, tradicional protector marroquí, y la cerrazón alauita a un diálogo real. Mohamed VI ya dejó claro en 2018 que un referéndum en el Sáhara Occidental según los planes de la MINURSO no es una opción, y el reconocimiento de Donald Trump del Sáhara Occidental como territorio marroquí hace pocos meses fue un espaldarazo internacional.
Para el oficial al mando en la región de Mahbes, cualquier negociación que pueda darse debe ir acompañada de garantías de cumplimiento, y pocos son los países que pueden confiar en la palabra de Marruecos. Por eso sus hombres siguen durmiendo al raso cada noche y preparando el té a pocos kilómetros del muro que atacarán al día siguiente. Mientras, el conflicto saharaui se vuelve a sumir una vez más en la bruma arenosa del desierto.

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