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Pekín usa el seísmo para ganarse a los tibetanos

El presidente Hu visita la zona arrasada rodeado de medios

 

DANIEL MÉNDEZ

El seísmo de 6,9 grados en la escala Richter que el pasado miércoles asoló la provincia china de Qinghai y mató a más de 1.944 personas según el último informe de la agencia estatal de noticias Xinhua, no podía haber ocurrido en un lugar políticamente más sensible. Además de ser una de las regiones más pobres del país, por la que el espectacular desarrollo económico chino ha pasado sólo de puntillas, el lugar del epicentro del terremoto está poblado en un 90% por tibetanos que casi siempre han mirado con recelo al Gobierno de Pekín.

Como si no fuesen consciente de esa desconfianza, las autoridades chinas han movilizado desde el primer día a más de 5.000 soldados y cientos de equipos de rescate, que han tenido que enfrentarse al desafío de llegar a una región aislada y mal comunicada situada a 4.000 metros de altura.

La operación ha incluido el envío de personal y medicinas desde provincias a más de 1.500 kilómetros de distancia. Todo este esfuerzo tiene una motivación extra: el Gobierno sabe que una rápida y eficaz respuesta al seísmo puede no sólo salvar vidas, sino también ganarse la simpatía de los tibetanos.

El presidente Hu Jintao ha cancelado una gira prevista por Suramérica y se presentó ayer en el lugar de la catástrofe para mostrar su apoyo a las labores de rescate en una visita difundida hasta la saciedad por todas las cadenas de televisión. Hu afirmó que "salvar vidas sigue siendo la mayor prioridad" y que están en camino más medicinas, alimentos y tiendas de campaña.

Al presidente le precedió cuatro días antes el primer ministro, Wen Jiabao, cuyo discurso frente a los damnificados, en un guiño a los locales, fue traducido al tibetano. "Os ayudaremos a construir una mejor vida para todas las etnias tras el terremoto", prometió Wen.

Las imágenes de monjes tibetanos y soldados del ejército trabajando hombro con hombro han circulado profusamente en los medios de comunicación desde el primer día, en un intento más de mostrar la unión de las distintas etnias que conforman el país. Por una vez, el resto de China se ha solidarizado con los tibetanos, haciendo generosas donaciones de dinero para las víctimas y ofreciéndose como voluntarios.

Sin embargo, la aparente unidad que muestra la maquinaria propagandística china tiene grietas. Algunos de los monjes tibetanos que llevan días ayudando en la evacuación de cadáveres critican la visión parcial de las cámaras de televisión.

"No se acercan a filmarnos mientras trabajamos. Nosotros queremos salvar vidas. Ellos ven esta tragedia como una oportunidad más para hacer propaganda", se lamenta Ga Tsai, un monje entrevistado por The New York Times.

El Dalai Lama, que ha elogiado la respuesta del Gobierno a la catástrofe, ha pedido a las autoridades chinas visitar la zona para consolar a las víctimas. A pesar de la devoción que la mayoría de damnificados le profesa, su petición será sin duda rechazada por Pekín, que le considera un peligro para la unidad del país.

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