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'La Pelirroja' o el retrato de un país en descomposición

La connivencia de las autoridades con el crimen organizado lleva al fracaso la política de Calderón

SANJUANA MARTÍNEZ

Siguió siendo La Pelirroja en la cárcel a pesar de haberse teñido el cabello de rubio platino. Gabriela Elizabeth Muñiz Támez quería eliminar el alias que la había convertido en una famosa delincuente. Había ingresado en prisión el 8 de julio del 2009 acusada de ser la líder de una banda de secuestradores que operaba en el estado de Nuevo León, en el norte de México. Era temida y considerada una interna peligrosa.

A los 20 años, Gaby, como la llamaban su familia y amigos, se casó y tuvo un niño. Luego se unió sentimentalmente a un propietario de casas de empeño que desapareció misteriosamente. Conoció después a Víctor El Tiznado, presunto capo de Los Zetas, escisión del cártel del Golfo formada por ex militares. Gaby empezó a extorsionar a comerciantes. Y dio el siguiente paso: los secuestros, un boyante negocio que deja multimillonarias ganancias al crimen organizado y ha colocado a México en el primer lugar del ranking mundial con 8.000 casos anuales.

Gaby se había teñido de rubia para zafarse de su alias de delincuente

Cuando la detuvieron, la policía ofreció una conferencia de prensa para presentarla junto a sus cómplices "Era bonita, aunque daba mejor en televisión. Muy bonita, pero feíta de modos", recuerda uno de los encargados del evento.

En el penal, La Pelirroja era visitada con regularidad por su padre, dueño de una tienda en Linares. La madre se hizo cargo de su pequeño hijo y ambos emigraron a Estados Unidos cuando ella fue detenida. El padre se enteró del desenlace de su hija por televisión.

"Muñiz murió por ahorcamiento, no fue violada", dice el forense Villagómez

Gaby fue "elegida por los Dioses" para un castigo ejemplar. La colgaron viva de un puente peatonal. Le escribieron en la espalda y en el dorso desnudo con tinta indeleble una palabra simbólica, "Yair", de origen hebreo, que significa "elegido por los dioses", "el iluminado" o "el que Dios quiera lucir". O tal vez le imprimieron el nombre de la pareja de turno. Las hipótesis son varias. La realidad, abrumadora. Su cuerpo se balanceaba en la transitada avenida Gonzalitos ante la atenta mirada de policías y socorristas. Una imagen aterradora que aglutina la barbarie de la guerra emprendida por Felipe Calderón contra el crimen organizado hace cuatro años y que ha dejado más de 31.000 muertos.

El ejecutómetro añade día a día muertos al saldo de una guerra que huele a fracaso. La Pelirroja, de 31 años, fue la última asesinada del año: "El cuerpo nos llegó el 31 de diciembre. Fue muy impresionante. Nunca habíamos visto algo igual. Era la primera mujer colgada", dice el doctor Eduardo Villagómez, coordinador del Servicio Médico Forense. "Fue colgada viva. En la barandilla del puente estaban sus huellas. Intentó salvarse agarrándose, pero sus captores la empujaron", añade.

Los cadáveres se amontonan y desde hace unos meses es necesario contratar un camión frigorífico para almacenar más cuerpos. Los servicios forenses están saturados. El doctor Villagómez admite no haber visto nunca semejante incremento de muertos y se muestra impactado por las torturas que analiza todos los días en las autopsias. En el caso de La Pelirroja fue distinto: "Murió por asfixia debido al ahorcamiento. La cara se pone morada. El cuerpo traía equimosis por los golpes que recibió. No fue violada".

"En la barandilla estaban sus huellas: trató de agarrarse, pero la empujaron"

Cuatro días antes de su asesinato, La Pelirroja se quejó de un fuerte dolor abdominal. El médico del penal decidió trasladarla al hospital. En el camino, un grupo de hombres armados interceptó el vehículo y secuestró a la secuestradora: "Hay gente involucrada. Siguen detenidos un custodio, dos celadores, el subdirector, el médico y el director. La sacaron sin cumplir los protocolos para trasladar reos de peligrosidad", dice el portavoz de Seguridad Pública, Jorge Domene.

El caso ilustra la connivencia del crimen organizado y las autoridades. La penetración del narcotráfico en las instituciones es una constante; la corrupción, el modus operandi. Los capos compran corporaciones enteras de policías, ponen y quitan alcaldes y gobernadores, someten a funcionarios con la consigna "¿plata o plomo?", se apoderan de pueblos y ciudades. Constituyen un Estado por encima del Estado. Son los dueños y señores.

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