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La política, la economía o la relación con la UE: dos Italias dentro de un mismo país

Al contrario que en España, donde el concepto binario de las dos Españas tiene un fuerte componente político, ideológico y sobre todo histórico, en Italia casi siempre hay dos maneras de ver y actuar para cada caso concreto.

El primero ministro italiano, Giuseppe Conte, y el viceprimero ministro y titular de Interio, Matteo Salvini, en un acto en Palermo (Sicilia), el pasado mayo. REUTERS/Guglielmo Mangiapane

Mediterráneo, Europa, Olimpiadas. Da igual el tema en cuestión, cada vez más hay una marcada separación entre dos Italias bien distintas. No sólo es algo bastante anómalo en cada uno de estos temas –y otros–, sino que se demuestra como algo extraordinariamente anómalo si se tienen en cuenta todos a la vez. Al contrario que en España, donde el concepto binario de las dos Españas tiene un fuerte componente político, ideológico y sobre todo histórico; en Italia es el síntoma de un país sin una dirección concreta, independientemente de sus protagonistas. ¿Qué rumbo está tomando Italia?

Empecemos por el Mediterráneo Central, que ha sido noticia a nivel internacional no sólo durante pasada semana, sino también en las últimas jornadas. Las autoridades transalpinas detuvieron en Lampedusa a la alemana Carola Rackete, capitana del barco humanitario Sea Watch que permaneció 17 días a la deriva con 42 migrantes a bordo frente a las costas sicilianas hasta que la máxima responsable del buque decidió entrar sin permiso en el mar territorial italiano y en el puerto de Lampedusa.

En cuestión de dos años, Italia ha pasado de involucrar a sus fuerzas armadas para salvar a los migrantes frente a las costas de Libia a impedir a las ONGs, –que ahora hacen esa labor de forma exclusiva– entren en los puertos italianos sobre la base de un recién estrenado decreto ley, promovido por el ministro del Interior y líder de la Liga, Matteo Salvini, que impide atracar sin permiso en ningún puerto italiano con multas de hasta 50.000 euros. Mientras Rackete permanece ya en arrestos domiciliarios, paradójicamente, en la misma isla siciliana de Lampedusa siguen llegando pequeños barcos con 10 o12 personas procedentes de Túnez. Más allá del derecho internacional o del italiano, hace dos años la Opinión Pública italiana debatía cómo gestionar a los migrantes que llegaban a Europa tras sobrevivir al Mediterráneo gracias a la Guardia Costera. Hoy, directamente, el enfrentamiento político elude el hecho de que, independientemente a una política más conversadora o humanitaria sobre migraciones, por encima de todo no debería estar en discusión la protección de la vida humana en peligro en el Mediterráneo. Las migraciones se han convertido en un pulso a tres bandas entre ONGs, Italia y Unión Europea.

En otro orden de cosas, Italia ha podido disfrutar de un gran optimismo con la asignación oficial de las Olimpiadas Invernales de 2026 en Milán y en Cortina D'Ampezzo. Esto ha marcado una gran comparación con Roma, la capital de Italia, cuya alcaldesa, Virginia Raggi, siempre ha defendido, desde que ocupó su cargo hace tres años, que Roma no debía organizar nunca unas Olimpiadas (de verano) cuando podía haber presentado su candidatura. Muchos vieron esto como un gesto de prudencia para evitar más corrupción en una ciudad que tiene que sanear su alta deuda pública y que tiene que resolver sus problemas de asfalto, transporte público y basuras. Otros lo vieron como una estrategia completamente contraria a lo que se supone que una gran capital europea tendría que aspirar. Si por un lado Milán y Cortina D'Ampezzo prevén unos 3.000 millones de euros para dos semanas, según el Corriere della Sera, la capital de Italia prefiere no apostar por los grandes eventos internacionales. Si Madrid ha intentado tres veces ser olímpica, aparentemente Roma es mejor que no lo intente ni una sola vez.

Italia está irreconocible, no tanto desde un punto de vista ideológico, sino  por cómo debe actuar en multitud de situaciones

Italia está tomando dos caminos opuestos también en lo que se refiere a Europa. Si hasta hace pocos años Italia, además en cuanto país fundador, era una de las naciones más europeístas, hoy es de las más euroescépticas, al menos teniendo en cuenta su Gobierno. El actual Ejecutivo de Giuseppe Conte, una anómala unión contractual entre el Movimiento 5 Estrellas de Luigi Di Maio y la Liga de Matteo Salvini, lleva bastantes meses haciendo un pulso continuo contra Europa con el objetivo de demostrar que Italia tiene suficiente voz y voto como para poner en cuestión tanto políticas migratorias como de austeridad.

Cierto es que en el pasado, durante la campaña electoral de las generales de 2018, ambos partidos coquetearon con la idea de salir del euro. El pragmatismo político ha permitido que esta y otras ideas parecidas estén fuera de la línea política del Gobierno italiano y que todo se resuma, por así decir, en una telenovela política de Matteo Salvini contra Bruselas. La división constante entre los propios socios del Gobierno hace imposible imaginar qué plan político hay para Italia más allá de los tuits y los directos de Facebook de Matteo Salvini desde su despacho de ministro del Interior.

Italia está irreconocible por gamberra, en el sentido malo. No tanto desde un punto de vista ideológico, tarea de cada cual. Sino en relación a la visión a largo plazo sobre ella misma en materia de migraciones, cumplimiento del derecho internacional, Unión Europea, grandes eventos. Hay dos Italias si a Milán le asignan unas Olimpiadas y Roma prefiere no organizarlas. Hay dos Italias si la política va por un lado y la economía va por otro. Hay dos Italias si sigue habiendo un Sur entre los más pobres de Europa y un Norte entre los más ricos de Europa. Hay dos Italias si unas empresas creen en el made in Italy y otras viven de ello mientras deslocalizan. Mientras tanto, el viernes pasado se completó la demolición definitiva del Puente Morandi, que hace poco menos de un año cedió provocando en una de las principales autopistas de Génova 43 muertos por falta de mantenimiento. Metáfora de una Italia, en muchos aspectos, por reconstruir.

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