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"Siguen en estado de shock y no quieren hablar del tsunami"

Muchos no han llegado aún a saber qué le ha ocurrido al resto del país

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El mundo entero todavía se sobrecoge al ver las imágenes del tsunami, pero muchas de las víctimas de su furia ni siquiera saben qué ha pasado. Ese es el caso de Oarai, una localidad pesquera al sur de la provincia de Fukushima. Desde que el coletazo sur de la enorme ola lo arrasara todo, centenares de metros tierra adentro, nadie ha podido tener acceso al suministro eléctrico, ni por supuesto a la televisión. Por eso, aquí nadie sabía hasta ayer que pueblos como Minamisenriku han desaparecido del mapa, o que la provincia de Miyagi se parece hoy más a una presa de agua gigantesca que a una tierra habitable.

Con el retorno de la electricidad a algunos puntos concretos de la aldea, unos pocos afortunados pudieron comprobar que la magnitud del desastre en el país es mucho mayor de lo que nunca hubieran imaginado. 'La gente todavía está en estado de shock, no quieren hablar del tsunami, se ponen demasiado nerviosos', advierte uno de los voluntarios que reparten caldo con fideos a los habitantes. Centenares de familias perdieron sus hogares y casi todas sus pertenencias, y ahora pasan los días aquí, algunos tratando de mantener el humor charlando con los vecinos, otros simplemente con la mirada perdida en el infinito. 'Lo más importante ahora es mantener su salud psíquica, eso es mucho más grave que las heridas por los cascotes que provocó el tsunami', asevera uno de los médicos del Equipo de Asistencia Médica para Desastres de Japón desplazados al lugar.

«El estado psíquico es mucho más grave que las heridas por los cascotes»

Hay muchos ancianos y unos cuantos bebés en brazos de sus padres, que intentan entretenerles como pueden. No es fácil. En su huida tuvieron que dejarlo todo atrás, desde la comida para el pequeño hasta los pañales, sin contar los juguetes. Hoy, por supuesto, es imposible encontrar nada de eso en Oarai.

En el puerto, decenas de hombres tratan de recuperar las barcas volteadas, el material de pesca enmarañado y roto. En definitiva, rescatar algo de lo que hasta hace cuatro días era su vida y su sustento.

'De momento, tenemos comida y agua, así que la situación no es alarmante. Espero que el Gobierno pueda ayudarnos en los próximos días', indica un joven sin soltar su plato de sopa. A pesar de encontrarse a menos de 100 kilómetros de la central nuclear de Fukushima, pocos piensan aquí en el peligro de una catástrofe. La necesidad inmediata de cobijo y alimento es, de momento, mucho más fuerte. '¿Que llegue la radiación hasta aquí? No lo creo. Estamos muy lejos de la central y las cosas están bastante controladas', explica un evacuado, que está especializando su carrera precisamente en energía atómica. Incluso la autoridad local asegura que no dispone de un plan de evacuación nuclear, dando a entender que a ellos no les afectaría. Mientras, una joven embarazada reconoce estar 'muy preocupada' por las posibles consecuencias de la radiación en su feto.

Una embarazada está «muy preocupada» por los efectos de la radiación para su feto

En un lateral del centro cultural de Oarai, hogar improvisado para las centenares de víctimas de la zona, dos camiones cisterna del Ejército rellenan con agua las botellas que la gente les va trayendo. De no ser por su asistencia, centenares de pueblos y cientos de miles de personas estarían hoy ante un grave riesgo de deshidratación.

Lo que no pueden remediar las fuerzas de rescate es la escasez de gasolina que está afectando cada vez a más personas. En las pocas estaciones de servicio que aún siguen funcionando hay largas colas de coches esperando para repostar, y no todos lo consiguen. Lo peor es que eso mismo ocurre también en Fukushima, donde miles de personas están varadas sin poderse mover por carretera, agotados ya los depósitos de sus vehículos. Si se produjera una explosión nuclear, toda esa gente no tendría ni la opción de intentar huir.

En el extremo norte, los dramas personales siguen surgiendo a medida que los equipos de rescate consiguen acceder a los lugares más remotos. Las imágenes de las televisiones japonesas que llegan desde allí son tan apocalípticas como las del primer día. Supervivientes que llevan tres días aferrados a un tejado llevado a la deriva por el mar, gente deambulando con el agua por las rodillas totalmente desorientada, nuevos cadáveres a cada paso, casas, coches y mobiliario urbano de todo tipo convertidos en una especie de masa deforme.

En medio de la alarma nuclear y la falta de víveres, los habitantes de la costa siguen pendientes de la alta posibilidad de que se produzca un nuevo terremoto por encima de los 7 grados de magnitud, y como muy tarde mañana. Si se llega a producir, el fantasma de un tsunami volverá a planear sobre Japón.