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Un soborno por cada hora de viaje

La decepción con la clase política acusada de perpetuar la corrupción en Kenia ha contribuido a la violencia

ISABEL COELLO

'La corrupción cesará de ser un modo de vida en Kenia. No habrá vacas sagradas bajo mi mandato'. Mwai Kibaki hizo esta promesa el 30 de diciembre de 2002, ante casi un millón de personas eufóricas que acudieron a presenciar cómo el dictador Daniel Arap Moi -que había convertido Kenia en el sexto país más corrupto del mundo durante los 24 años que dirigió el país- le pasaba el bastón de mando a Kibaki después de unas elecciones históricas.

En aquellos comicios, los primeros limpios y transparentes, según los observadores locales e internacionales, que el país celebró desde que instauró el multipartidismo en 1991, el partido de Moi perdió. Kibaki, líder de una coalición con representación de todos los partidos opositores y todos los grupos étnicos, ganó porque abanderaba el cambio y porque basó su campaña en el compromiso de acabar con uno de los asuntos que más preocupan al keniano de a pie: la corrupción.

Al triunfo de Kibaki siguieron escenas insólitas en Kenia. Los pasajeros de los matatus -como se conocen los minibuses de nueve plazas que acaparan el transporte público- que antes se quedaban contemplando cómo el conductor abonaba al policía de tráfico de turno un soborno para poder seguir circulando, ahora se bajaban del vehículo y reprendían al agente. 'Estamos en una nueva Kenia', le gritaban. 'Se acabó el Kitu kidogo'. Esta expresión en suajili se traduce como 'un poquito' y se usa para pedir una mordida.

Diez sobornos en nueve horas

Cinco años después, gran parte de ese optimismo y confianza en el futuro se ha evaporado. La Policía ha vuelto a las andadas. El último informe de Transparencia Internacional sobre Kenia recoge algunas mejoras, pero cita a la Policía por sexto año consecutivo como el organismo más corrupto. Los conductores de matatus pagan, resignados. 'El trayecto entre Nairobi y Kitale (en el oeste) dura nueve horas. Cuando voy a ver a mi familia, la Policía nos para unas diez veces para pedir dinero', cuenta Dishon Ochiel, guarda de seguridad en la capital.

'Hemos visto un regreso a la corrupción diaria', dice a Público Michela Wrong, escritora británica especializada en África, cuyo libro sobre la corrupción en Kenia se publicará próximamente. Muchos consideran que Kibaki incumplió sus promesas y la corrupción no sólo vuelve a estar omnipresente, sino que los sentimientos de rabia contra la élite gobernante que tiene la mayoría de pobres desheredados son una de las causas subyacentes de la violencia que ha estallado en el país tras las elecciones del pasado 27 diciembre, cuando Kibaki revalidó su mandato pese a las denuncias de serias irregularidades en el recuento.

'El modo en que la violencia post electoral se ha concentrado sobre determinados grupos étnicos tiene mucho que ver con la corrupción', opina Wrong, que fue corresponsal del Financial Times en Nairobi en los noventa. 'La percepción de que todo el poder está en manos de una comunidad, la kikuyu, a la que pertenece el presidente, fue cada vez más grande y ha creado gran animosidad en el seno de otros grupos étnicos'.

Como ejemplo que ayuda a entender esa percepción, Wrong menciona el estado de Kisumu, ciudad bastión del líder opositor Raila Odinga. 'El lugar está decadente, mientras que en las zonas de los gobernantes las carreteras son buenas. Un informe parlamentario reciente señalaba que si eres ministro tienes 41 veces más dinero para carreteras en tu distrito que si eres de la oposición'.

Sobornos grandes y pequeños

La corrupción en Kenia tiene dos caras, la de los pequeños sobornos pagados a cambio de servicios y la de los grandes escándalos financieros.

'Una vez necesitaba un certificado de nacimiento de mi hija. Tuve que pagar para que me lo dieran rápido. Si no, hubiera esperado meses', cuenta Alex Mureithi, de 33 años, propietario de una tienda de artesanía. 'Nunua chai', le dijo el funcionario, que significa 'cómprame una taza de té' en suajili y es otro de los eufemismos que se usan para pedir un soborno. Mureithi pagó el equivalente a un euro. Mureithi también tuvo que sobornar para obtener un pasaporte o cuando su hermano pequeño fue detenido. 'La Policía lo arrestó por no llevar su DNI con él. Si no hubiera pagado, habría pasado la noche en el calabozo', explica.

¿Cómo funciona la corrupción? Un empresario en el sector de la salud que ha pagado sobornos en varias ocasiones para lograr contratos lo cuenta así: 'Cuando alguien quiere un contrato público se va a ver al ministro directamente y le ofrece dinero. El ministro no tiene ni que insinuarlo. A nadie le da miedo ofrecer dinero a los ministros porque todo el mundo sabe que son corruptos', explica bajo condición de anonimato. 'La mayoría de los tratos se producen en las ofertas públicas de abastecimiento. Tienes que conocer al comité que otorga los contratos y asegurarte de que te dan los términos del último contrato para que tú presentes mejores condiciones', cuenta.

El empresario, que logró con sobornos tres contratos distintos para abastecer con diferentes productos al Hospital Kenyatta de Nairobi, dice que dicho centro es conocido como 'la vaca de oro' por los beneficios que reporta a sus gestores, ya que hay cientos de contratos de abastecimiento.

'El material que tratas de vender, ya sean gasas, bolsas de suero, jeringas... tiene que tener el visto bueno de los usuarios para que tu contrato se acepte, por lo que también hay que sobornar a enfermeras o médicos. Les das 5.000 chelines (50 euros) a cada uno para que te echen una mano', continúa. En las altas esferas, las cantidades varían mucho. 'A un ministro le di una vez 50.000 chelines (500 euros) por un contrato. Fue en los tiempos de Moi'.

Un informe elaborado a petición de Kibaki por la consultora internacional de riesgos Kroll apuntaba que los familiares y socios del ex presidente Daniel Arap Moi desviaron más de 1.300 millones de euros de dinero público al extranjero. La cifra colocaba a Moi no lejos de los dictadores más cleptómanos que ha tenido África, el congolés Mobutu Sese Seko y el nigeriano Sani Abacha. La investigación era un primer paso para tratar de recuperar el dinero robado, pero Kibaki cambió de opinión y no perseveró en el caso, nunca ha perseguido judicialmente a Moi, y acabó recibiendo su apoyo en la última campaña electoral.

Un zar en el exilio

No acabó ahí la decepción causada por Kibaki. El zar anti-corrupción que nombró al inicio de su primer mandato, John Githongo, fundador de la oficina keniana de Transparencia Internacional, huyó al Reino Unido a principios de 2005 porque temía por su vida. Desde allí, Githongo denunció a la prensa cómo el nuevo Gobierno estaba implicado en el llamado escándalo Anglo Leasing, consistente en la firma de 18 contratos por servicios inexistentes o valorados a precios desproporcionados. El dinero público desviado por este procedimiento ascendía a 1.000 millones de dólares.

'De pronto la gente se dijo: Kibaki está haciendo lo que juró combatir', cuenta Wrong. Al destaparse el escándalo, parte del dinero fue misteriosamente ingresado de vuelta en las arcas públicas. 'Pero lo que para la gente cuenta es que la intención de robar estaba ahí y que nadie ha sido castigado -continúa-. La Comisión Anti Corrupción ha imputado a funcionarios de bajo nivel pero no a secretarios de Estado ni ministros'. 'La corrupción con Kibaki no ha disminuido, aunque sí se ha hecho menos descarada', concluye el empresario sanitario. 'Pero me atrevería a decir que en cualquier contrato público sigue habiendo un soborno de por medio'.

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