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Trump Estados Unidos e Irán se disputan la hegemonía regional en Irak

Irak se ha convertido en el último escenario del enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán. El presidente Trump ha apretado un poco las clavijas e Irán no se ha echado atrás. Los dos países luchan por la hegemonía regional, pero aunque Estados Unidos dispone de una aplastante superioridad militar, el presidente sabe que no puede usarla sin correr el riesgo de que el conflicto se le vaya de las manos cuando faltan pocos meses para las elecciones americanas.

El presidente estadounidense, Donald Trump, firma nuevas sanciones contra Irán en la Casa Blanca, Washington. / REUTERS - CARLOS BARRIA

EUGENIO GARCÍA GASCÓN

Una vez que este miércoles los manifestantes proiraníes se retiraran de la embajada de Estados Unidos en Bagdad, las cosas podrían volver a la calma, o no. En cualquier caso, el episodio de incidentes ocurridos en los últimos días en la capital iraquí muestra que tanto Washington como Teherán no están dispuestos a dar su brazo a torcer en su disputada lucha por la hegemonía en Oriente Próximo, los iraníes obedeciendo a necesidades vitales y los americanos para mantener el control estratégico en la zona.

El petróleo del golfo Pérsico ha dejado de ser imprescindible para Estados Unidos, de manera que sus aliados en esta parte del mundo, especialmente Israel y Arabia Saudí, se preguntan si el presidente Donald Trump va a abandonar la región, o le va a dedicar menos tiempo del que querrían los aliados. Lo ocurrido en Bagdad muestra que por ahora Washington sigue implicado, y en el mismo sentido apunta la decisión del Pentágono de enviar más tropas.

Como teatro de operaciones militares, Irak se ha convertido en el último foco de disputas. Es un país que cuenta con una mayoría de la población de religión chií, la misma que forma mayoría en Irán, y aunque en los meses más recientes se han desarrollado allí incidentes controvertidos, con protestas contra Teherán incluidas, está claro que las dos potencias saben perfectamente que lo que está en juego en Irak no es desdeñable.

Para la república islámica, Irak es un socio vital, máxime una vez que se ha hecho obvio que Estados Unidos persigue el aislamiento completo de su rival, tanto económico como político. Lo que está ocurriendo en Irak es sencillamente un episodio adicional de la ofensiva americana que los iraníes no pueden permitir que termine con éxito, pues Irak es una pieza esencial para sus intereses.

Antes ha ocurrido algo parecido, y continúa sucediendo estos días, en países como Siria, Líbano o Yemen, donde existe una parte de población chií más o menos significativa. La diferencia es que Irak comparte una larga frontera con Irán y aunque Washington asegura que sus tropas están allí para garantizar la estabilidad y derrotar al Estado Islámico, es evidente que sobre todo están para presionar militarmente a Teherán.

El anunciado envío de más tropas a la región, que quizá se establezcan en Kuwait, pone de relieve que Trump

El incidente de la embajada en Bagdad ha sido grave pero limitado, de ahí que la administración de Washington esté recordando en las últimas horas que no tiene nada que ver con lo que sucedió en la embajada de EEUU en Teherán en 1979, justo durante la revolución islámica, o incluso con lo ocurrido en la embajada de Trípoli en 2012. De esta manera, la administración sostiene que Trump ha sabido gestionar una situación complicada mejor que los demócratas Jimmy Carter y Barack Obama.

El anunciado envío de más tropas a la región, que quizá se establezcan en Kuwait, pone de relieve que Trump, un hombre que ha evitado las guerras directas, quiere seguir manteniendo en jaque a la república islámica. Ciertamente, Trump no es un hombre de guerra, aunque la abultada presencia militar de Estados Unidos en la zona puede hacer que en un momento dado e inesperado se vea involucrado en un conflicto armado que no desea.

Desde el primer día que entró en la Casa Blanca, ha sido azuzado por Israel para entrar en un conflicto armado contra Irán. Estos días, algunos analistas israelíes se frotan las manos y se hacen preguntas sobre si lo ocurrido esta semana puede hacer cambiar los planteamientos de Trump con respecto a Teherán. Cada declaración del presidente, cada una de sus palabras sobre esta cuestión, se analiza en el estado judío con un fervor casi talmúdico.

Y lo mismo pasa en Arabia Saudí. Para el príncipe Mohammad bin Salman no habría mejor regalo de año nuevo que un choque entre Estados Unidos e Irán. Bin Salman, que se ha convertido en un aliado cardinal de Israel, desea con todas sus fuerzas acabar con la república islámica. La hostilidad entre estos dos países viene de lejos, de 1979, y con sus altos y sus bajos, renace periódicamente con energía. Naturalmente, Bin Salman no puede hacer nada contra Irán, pero confía en que Israel y Estados Unidos hagan lo que él no puede hacer.

Una acción militar de gran envergadura contra Irán, una acción que pretendiera cambiar el régimen, que es lo que buscan Israel y Arabia Saudí, sería muy contraproducente para Estados Unidos y para el mundo en general. Cambiar el régimen es imposible a todas luces, e intentarlo crearía una inestabilidad sin precedentes en el país, además de causar perjuicios enormes a los demás países de la zona.

Por lo tanto, lo más probable es que la estrategia de Trump, cuando falta menos de un año para las elecciones, no pase por ese tipo de aventuras tan desproporcionadas y que siga obrando para desgastar al régimen más que para derribarlo. Pero esta estrategia de desgaste también tiene sus propios riesgos, a saber, significa que la inestabilidad regional no va a detenerse en un horizonte próximo.