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Trump pide determinación, compromiso y confianza para la paz

ANÁLISIS. Trump se muestra optimista a la hora de esperar un acuerdo de paz entre israelíes y palestinos y asegura que Abás y Netanyahu son serios al respecto. Sin embargo, si eso es así resulta difícil explicar por qué sigue siendo uno de los problemas nucleares de la historia contemporánea

Trump estrecha la mano de Netanyahu este martes en Jerusalén. REUTERS/Jonathan Ernst

EUGENIO GARCÍA GASCÓN

Donald Trump ha concluido este martes su visita de dos días a Israel y Palestina señalando que tanto el primer ministro Benjamín Netanyahu como el presidente Mahmud Abás están interesados en la paz, y que un acuerdo es posible si se obra con “determinación, compromiso y confianza”.

El problema de Oriente Próximo continúa siendo el de siempre: se hace más caso a lo que dicen los mandatarios que a lo que hacen, y de esta manera se genera más y más confusión; y por este motivo no debe extrañar que una vez tras otra la realidad de la ocupación se imponga a los buenos deseos de los sucesivos presidentes americanos. No es que los presidentes como Trump estén despistados, sino que no asumen sus responsabilidades para obligar a Israel a cumplir las abundantes resoluciones de la ONU, la última de diciembre pasado, que constituyen una parte sustancial del derecho internacional.

Tras el encuentro que Trump mantuvo en Belén con Abás, el presidente palestino reiteró que el conflicto en cuestión es el centro de los problemas de la región y del mundo, y que no se podrá acabar con el terrorismo internacional mientras no se resuelva. Es cierto que en el planeta hay otros muchos conflictos, pero este es probablemente el que más inquina ha causado durante décadas y sigue siendo decisivo. La comunidad internacional, con la obsoleta Europa a la cabeza, ha permitido los excesos de Israel y hasta ahora nadie ha deseado con determinación solucionarlo.

Incluso cuando Trump ha dicho que el Estado Islámico e Irán amenazan a Israel, esas amenazas están relacionadas con el conflicto israelo-palestino, aunque es evidente, por otra parte, que el presidente se equivoca en la medida de que el Estado Islámico ha cometido atrocidades a diestro y siniestro por todo el mundo menos en Israel. En cuanto a Irán, es realmente un chollo para todos. Por una parte, aparta la atención del fundamentalismo intrínseco de Arabia Saudí; por otra parte, permite que Israel mejore las relaciones con los países suníes; y, por último, hace que Estados Unidos venda armas a porrillo a todos los países de la región. Es decir, que con Irán ganan todos.

Trump, que no hace tanto tiempo acusó a Riad de sostener el terrorismo internacional, ahora defiende la monarquía saudí después de dejarse sobornar con contratos de hasta 300.000 millones de dólares para la adquisición de armas durante la próxima década. Riad se ha convertido en otro pivote, junto con Israel, que tiene en el punto de mira a Irán, y no debe extrañar que el presidente americano se haya sumado a esta orgía de dinero.

El entusiasmo de Trump con el proceso de paz no es distinto del de sus predecesores. Aunque ha dicho que tanto Abás como Netanyahu están realmente interesados en trabajar con él, Trump no puede postergar indefinidamente la resolución de un conflicto por varios motivos; en primer lugar, porque ni siquiera se sabe cuánto tiempo podrá continuar él en la Casa Blanca.

Un soldado ante un cartel con Trump y Abás en Cisjordania. REUTERS/Jonathan Ernst

Si hubiera voluntad, el conflicto se podría y se debería resolver en un chik-chak, como dicen los israelíes, es decir, en un plis-plas. Demorar la resolución va en contra incluso de los intereses de Israel, en el supuesto de que realmente este país esté interesado en resolverlo, puesto que puede producir un enorme desgaste entre sus líderes, y aquí hay que recordar el magnicidio de Isaac Rabin en 1995. Si se demora es porque Israel no tiene realmente interés en acabar con él. El Gobierno difícilmente podría sostenerse durante mucho tiempo si el primer ministro da muestras de hacer “concesiones dolorosas”, como han dicho algunos líderes israelíes a lo largo de la historia.

Netanyahu tendría que deshacer su coalición y formar otra con la Unión Sionista, la sucesora de los laboristas, pero estos tienen un interés bastante limitado en resolver el conflicto. Baste ver lo que ayer dijo el ex primer ministro Ehud Barak, que en otros tiempos pasó por paladín de la paz: “Trump y sus hombres, como Rex Tillerson, no entienden que un Estado palestino desarmado es una amenaza vital para Israel”. Una reflexión sin desperdicio. El actual líder de la Unión Sionista, el laborista Isaac Herzog, reveló anoche que en sus conversaciones privadas con Trump y con su yerno, Jared Kushner, los dos le dijeron que van en serio, aunque esto no significa nada en sí mismo, puesto que otros presidentes también han ido en serio y no han conseguido nada.

Algunos analistas han cuestionado que Trump tenga interés en resolver el conflicto. A los colonos judíos, por ejemplo, no les ha pasado desapercibido que durante los dos días que ha durado su visita, Trump no ha hecho ninguna crítica a las colonias, ni tampoco ha mencionado la solución de los dos Estados. Estas son posiciones que defienden los más radicales dentro del gobierno de Netanyahu. Lo que quieren los palestinos está claro, mientras que lo que desea Netanyahu no lo está. Israel es quizá el único país del mundo, o casi, que no ha querido definir sus propias fronteras, y su apetito por las tierras colindantes ha sido voraz. Y esto es justamente lo que debe abordar Trump sin dilaciones antes de que el conflicto le devore a él como devoró a sus predecesores.