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Víctimas de la dictadura "El testimonio de las víctimas en Indonesia es un proceso de reconquista de su dignidad"

El documentalista francés Stéphane Roland firma 'El Soliloquio de los Mudos', una obra audiovisual que narra los testimonios de ancianos que sobrevivieron el periodo más extremo de la dictadura en ese país. Las masacres de 1965-66 la sitúan en el tercer lugar en número de víctimas, con cerca de un millón de muertes. Pero a pesar de ello es un conflicto todavía hoy silenciado por el gobierno, y los tabúes provocados por el régimen militar siguen en pie.

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Fotograma de 'El Soliloquio de los Mudos', que firma el documentalista francés Stéphane Roland.

En febrero de este año el documental español El silencio de los Otros ha tenido una excelente acogida, alcanzando el reconocimiento a la mejor película documental en los Premios Goya. Pero el estado español no es el único que se ha visto enfrentado a la problemática de las fosas comunes. La diáspora indonesia en Europa sigue de cerca la experiencia española y busca aprender de ella, ya que en Indonesia las familias de las víctimas y las asociaciones para la defensa de la memoria se enfrentan a circunstancias infinitamente más difíciles. Las dificultades y riesgos de exhumar los huesos y abrir las fosas son aún mayores que en el caso español, ya que no hay una ley que les permita localizarlas oficialmente: “Si bien en España es complicado pero a pesar de todo es posible, en Indonesia es algo sencillamente imposible. Es completamente ilegal cavar y exhumar. No se puede tocar el sitio, y se esgrimen razones penales, religiosas... por un montón de razones que a fin de cuentas significan que no se puede tocar de ningún modo”, aclara el documentalista francés Stéphane Roland, director de El Soliloquio de los Mudos.

La película recorre una travesía similar en el país asiático, pero en este caso el camino se presenta lleno de trabas. ¿Podríamos imaginar una evolución paralela a la de España con respecto a Indonesia? “En esa película, al final vemos a un arqueólogo desenterrando y exhumando cuerpos. En noviembre, la diáspora indonesia me pidió que fuera a ver a ese arqueólogo español. Me fui con unos indonesios y lo conocimos. Nos explicó cómo funciona su trabajo en España, cuáles son los obstáculos”. ¿Qué buscaba esa delegación formada por un cineasta francés y militantes de derechos humanos indonesios? “El objetivo era acercarnos a ese tipo de experiencias, especialmente en términos del derecho internacional por intermedio de un país tercero, para realizar investigaciones de manera coordinada”, enfatiza Roland, dando fe de su compromiso.

El hecho de que en Indonesia no se haya hecho el duelo sobre ese periodo es una desventaja “porque, como resultado, la justicia no avanza”. Pero al mismo tiempo, Roland se muestra esperanzado “me digo a mí mismo que no importa, que ya llegará con el tiempo. Por el momento, se conservan pruebas, pero algunas de ellas están siendo destruidas”. Las imágenes de su película muestran esa total indiferencia de las autoridades: “En Bali, por ejemplo, hay hoteles que están siendo construidos sobre fosas comunes donde hay huesos. Pero en otros lugares más discretos, todavía hay muchos huesos y esperamos que algún día sea posible sacar a luz la verdad”.

En Bali, por ejemplo, hay hoteles que están siendo construidos sobre fosas comunes donde hay huesos

Como todo buen cineasta que se precie, el oficio de Roland consiste en esculpir el tiempo: “esos huesos son una esperanza porque son pruebas que persisten. Aunque no las tengamos en papel, por ejemplo. A diferencia de Alemania, donde el exterminio nazi había dejado muchos rastros de papel, en Indonesia no tenemos nada en absoluto. Me digo a mí mismo que algún día, los huesos serán parte de la evidencia que puede mostrar las cosas. Hay que tener paciencia. Será un camino duro y largo, porque habrá que contrastar todo eso con el testimonio de los vivos, y los vivos ya no estarán aquí para hablar”.

El Gulag detrás de las playas paradisiacas

El título de su documental, El Soliloquio de los Mudos es un guiño a la novela homónima de Pramoedya Ananta Toer, conocido como el más grande escritor indonesio. Un libro que acompañó al cineasta durante todo su viaje. Su espíritu estuvo tan presente, que Roland hasta acarició la idea de filmar una película que fuera un diálogo personal de imágenes y palabras entre el documentalista francés y el famoso escritor.

A Pram, como se le conoce popularmente en Indonesia, “lo llaman el Soljenitsyne indonesio”. Es decir, alguien que conoció el viacrucis característico de los presos políticos: “Fue arrestado por comunista, aunque sólo fuera un simpatizante”. Ese era el recorrido clásico: “Arresto y tortura durante varios meses. Vivió en varias prisiones diferentes antes de ser sentenciado a prisión en la isla de Buru, donde permaneció varios años”, indica Roland. Pram fue introducido en uno de los primeros convoyes de prisioneros enviados a la isla. En el momento álgido del uso de la isla, había unos 15.000 prisioneros en un lugar que a su llegada era literalmente la selva. A esos prisioneros se les pidió que transformaran la selva en un campo de arroz. Abandonados a su suerte, muchos presos murieron de cansancio o de enfermedad.

Pramoedya Ananta tenía 40 años cuando la dictadura de Suharto lo condujo nuevamente a prisión, después de que ya lo hiciese el gobierno colonial holandés entre 1947 y 1949. La prueba de que la dictadura indonesia le temía más aún si cabe, es que esta vez le mantuvo encerrado 14 años. La vigilancia y censura fue tan estrecha, que solo la presión internacional logró acabar con su cautiverio. Pram había viajado mucho, especialmente en Europa, de modo que cuando vio comenzar los acontecimientos, “entendió inmediatamente lo que estaba pasando”, asegura el documentalista. “Escribió sobre todo ello cuando estaba en prisión. Le escribió cartas a su hija que nunca partieron, que no podía publicar, pero era una forma de mantenerse en contacto con ella mentalmente. Todas esas cartas, él las escondió durante años. Algunas las logró sacar y con ellas hizo su libro llamado El Soliloquio de los Mudos”.

Un amigo de Pramoedya que lo conoció durante su estadía en la isla de Buru, transmite en la película unas preciosas palabras suyas: “Pram me dijo que escribió todas sus novelas porque quería mostrar al pueblo indonesio que, desde hacía mucho tiempo, en Indonesia había habido hombres que luchaban por la libertad”.

“Es la hora, ha llegado el momento de hablar”

Han pasado cincuenta años desde que las víctimas indonesias fueron privadas de una parte de la justicia y verdad. “Para esas personas, lo importante es poder narrar lo que pasó, sin siquiera reclamar justicia penal, indemnización o cualquier otra cosa. El hecho de poder explicarlo ya es liberador, es algo catártico” – resalta el realizador francés.

Al escuchar a Roland explicar que tomó la decisión de filmar los testimonios de las víctimas a rostro descubierto, uno puede imaginarse que no fue una tarea sencilla por el ambiente de represión que todavía persiste en el país. “Son historias realmente fuertes. Les pregunté si estarían de acuerdo en aparecer en mi película, porque yo no quería imágenes desenfocadas, y todo el mundo me dijo ‘de todos modos, no será peor’ y también ‘es la hora, ha llegado el momento de hablar’, porque todo el mundo es muy viejo. Algunos de ellos ya nos han dejado, desafortunadamente”. A imagen y semejanza de sus 13.466 islas contabilizadas, el mayor archipiélago del mundo mantiene celosamente fragmentadas las voces de sus víctimas.

Roland subraya que la dictadura ha moldeado el carácter nacional en Indonesia, impidiendo que emerja la complejidad que caracteriza la historia de cualquier país: “En Indonesia hablamos de anticomunismo en términos culturales, no es sólo propaganda, se ha convertido realmente en una cuestión de sociedad. La gente de mi generación se veía obligada, por ejemplo, a ir a ver películas de propaganda todos los años, a menudo era su primera experiencia de cine. Eran películas muy violentas en las que los comunistas se presentaban bajo un aspecto extremadamente violento. Uno puede estar a favor o en contra del comunismo, ese no es el debate. El tema es que los excesos de los comunistas fueron presentados de una manera muy subjetiva y violenta, hasta el punto de legitimar la idea de que debían ser eliminados”.

Como era de esperar, en el contexto histórico de la Guerra fría las potencias occidentales se acomodaron bastante bien con el nuevo régimen y su anquilosada ideología: “Todos vendieron esa historia. Obviamente, el ejército indonesio, que ha machacado con ella hasta el día de hoy, fue el primer interesado. Pero continúa hoy en día".  Siguiendo la estela de un precedente como el Tribunal internacional de los crímenes de guerra en Vietnam, organizado por el filósofo y pacifista Bertrand Russell en 1965, cincuenta años más tarde varios especialistas – entre los cuales habían jueces, psicólogos e historiadores – invitaron a las victimas indonesias a La Haya para testimoniar en un Tribunal internacional popular sobre las masacres de 1965-66 en Indonesia, cuyas conclusiones también aparecen en el documental.

Una batalla muy actual contra la censura

Curiosamente para los franceses, que las encuestas recientes y el elevado número de ventas editoriales confirman como un pueblo especialmente apasionado por la lectura y la historia, “Indonesia es un país del que sabemos muy poco. Sabemos muy poco sobre Asia en general, hay pocas personas que estén interesadas en ella”, reconoce Stéphane Roland, el autor de este documental, quien descubrió completamente por azar la historia de ese país, tras un viaje turístico en familia. La huella que le dejó ese descubrimiento fue tan intensa, que decidió dedicarle varios años de trabajo para darla a conocer a los demás y suplir esa ignorancia.

Recordemos que en las últimas décadas, Francia ha digerido bastante mal la historia de la colonización francesa en Argelia. De hecho la guerra de Vietnam llevada a cabo por Estados Unidos, se inscribió en la continuidad del conflicto en Indochina, cuyo término fue la contundente derrota de las tropas coloniales francesas en la batalla de Dien Bien Phu entre marzo y mayo de 1954. Esa fecha determinante —la prueba fehaciente de que el europeo no era superior al asiático, como pretendía la jerarquización racial inventada por una ciencia al servicio de las potencias occidentales— fue tomada como referencia y punto de partida por los diferentes movimientos políticos que liderarían sus respectivas guerras de liberación en varios países del Sur. Es así como el 1° de noviembre del mismo año, el Frente de Liberación Nacional argelino declaró el inicio de una larga batalla hacia la independencia que concluiría en 1962. Los líderes del FLN recordaban así a Francia que el pueblo argelino, que había ayudado a combatir decisivamente contra el ocupante alemán, merecía manejar las riendas de su destino y que el colonialismo era una barbarie que nada tenía que envidiar al fascismo.

En esa “ola de descolonización”, Indonesia tuvo un papel fundamental. Tras haberse liberado de la tutela colonial holandesa, el presidente Sukarno organizó en abril de 1955 un importante encuentro de líderes asiáticos y africanos, la Conferencia de Bandung, que daría lugar al Movimiento de países no alineados. ¿El objetivo? Romper con el orden impuesto por administración colonial tras la primera guerra mundial, que seguía dispuesta a perpetrar crímenes de masa en plena mitad del siglo XX, a condición de que los ecos de la violencia no llegaran hasta la dulce metrópolis y su refinado gusto que consistía en dar lecciones de civilización a los “salvajes indígenas”.

¿La dosis de conocimiento histórico que contiene esta obra audiovisual sería demasiado alta? ¿O será más bien por su alcance simbólico, al permitir reconstruir una historia que va más allá de Indonesia, sumergiendo con emoción al público en las turbias aguas de las relaciones Norte-Sur? “Su tema no es fácil de vender. Es algo que puedo observar en su justa medida ahora, al ver la recepción que se le da a esta película, por ejemplo. Ha sido muy difícil hacerlo y muy difícil difundirlo también.”

Pero los esfuerzos para estrenar el documental en Indonesia, en el marco de un evento cultural, también han sido infructuosos. Su autor lo reconoce sin tapujos: “hemos estado conversando durante un año con la Embajada de Francia sobre la posibilidad de difundir esta película. La proyección debía hacerse en diciembre en un festival organizado por la embajada, y en el último momento se negaron. Nos dijeron claramente que Francia no podía proyectar esta película oficialmente, porque se acercan las elecciones en Indonesia, etc. Así que, de repente, un evento cultural se convierte en una cuestión política. Francia se ha desistido”. La censura es la prueba más palpable de que para los activistas de derechos humanos el pasado es un combate del presente.

Roland sospecha que si tampoco ha sido acogido de manera entusiasta por las grandes cadenas de televisión, ni por ningún festival de derechos humanos, es por la misma razón: “Dicen que es por cuestiones de formato, de duración, pero a menudo la respuesta es ‘Indonesia, está demasiado lejos de casa, no la conocemos, a nuestra audiencia no le atraerá'" Lo cierto es que al mostrar los rostros de dignidad de las víctimas en Indonesia, para los guardianes de la historia oficial el Soliloquio de los Mudos significa una fisura intolerable en su sólido y frío edificio.