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Violencia machista El movimiento 'Me Too' en México: de la catarsis a la exigencia al Estado

El movimiento 'Me Too' ha generado un terremoto en México. Cientos de mujeres denunciaron abusos por parte de periodistas, artistas, escritores. El suicidio del músico Armando Vega Gil, acusado de abusar de una menor, marcó un antes y un después. El panorama exhibido por el movimiento es desolador.

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Manifestación por el 8-M en Monterrey (México). / REUTERS - DANIEL BECERRIL

La irrupción del movimiento MeToo en México llegó como una gran bola de nieve. El 21 de mayo aparecieron las primeras acusaciones contra escritores mexicanos. De ahí, surgió un hashtag, #metooescritoresmexicanos. Pero solo era el principio. De los literatos se pasó a los activistas, periodistas, cineastas, académicos. Las acusaciones eran muy variadas: desde la violación hasta los mensajes sexuales no deseados, pasando por el abuso de su posición de superioridad en la empresa para lograr un acercamiento sexual. El panorama, desolador. Cientos de mujeres denunciando en Twitter abusos cometidos por hombres que nos decían dos cosas: la primera, que existe una impunidad absoluta. La segunda, que muchas, muchísimas mujeres, desconfían de instituciones como el Ministerio Público.

“Se desató una conversación, un diálogo en espacios públicos muy necesaria”, dice Melissa Zamora, abogada que trabaja en casos de violencia de género y tortura sexual. En su opinión, por primera vez se estaba trasladando “la voz de las mujeres, de las víctimas, y las consideraciones de lo que es violencia sexual, de qué actos son graves o no. Antes de este gran movimiento de Me Too, este diálogo se había cerrado en lo que es legal y lo que no es legal”, afirma.

Las primeras denuncias generaron un efecto llamada. Otras mujeres se sintieron interpeladas, reconocidas, liberadas. Al ver el nombre de su abusador, añadieron más denuncias. Algunos de los acusados admitieron los hechos. Otros rechazaron hablar. Otros miraron para otro lado. Hubo consecuencias. Por ejemplo, el caso del Grupo Reforma, que despidió a su director de operaciones tras hacerse públicas acusaciones de acoso sexual.

Una muerte trágica sirvió de gasolina para la deslegitimación del movimiento

El 1 de abril, Armando Vega Gil, de 63 años, cantante de la banda de rock Botellita de Jerez y autor de libros para niños, se suicidó en Ciudad de México. Días atrás había sido señalado por una denuncia anónima. Le acusaba de haber abusado de ella cuando tenía 13 años. El músico se quitó la vida tras hacer público un mensaje en redes sociales.

En él negaba las acusaciones, aseguraba que no quería culpabilizar a la demandante, pero afirmaba encontrase en un callejón sin salida tras ser señalado como pederasta.

Una muerte trágica sirvió de gasolina para la deslegitimación del movimiento.
Durante las horas que transcurrieron entre la publicación del mensaje y la aparición del cadáver, hubo mensajes terribles en los que se incitaba al hombre a suicidarse y se le acusaba de chantajista. ¿Acaso no es Twitter un lugar inhóspito en el que sale lo peor de nosotros mismos?

El hecho luctuoso, terrible, generó un cambio en el foco. Por un lado, críticas a la “falta de control” de las cuentas de Me Too. Por otro, gente que les señalaba directamente como responsables de la muerte de Vega Gil. “Aquella muerte fue muy difícil; parte de la opinión pública tomó la idea de que este movimiento provoca muertes. Estábamos en un capítulo de Black Mirror”, dice Nora Hinojo, activista y fotógrafa.

Sin embargo, la actitud de algunas cuentas que apoyan al movimiento en Twitter también generó desconfianza. Es el caso de la periodista de La Jornada Blanche Petrich, quien escribió un artículo cuestionando la falta de control del movimiento. “Quería externar mi incomodidad con tonos muy extremos de este movimiento en su versión mexicana, ya que no en todos los países el Me Too ha sido igual. Sentí que estaba resultando peligroso el dejar sin ninguna moderación estas acusaciones, más que denuncias”.

La periodista critica dos cuestiones: en términos generales, observa falta de credibilidad en algunos relatos. En relación al suicidio del músico, cuestiona la “falta de empatía” de los mensajes de “algunas feministas”.

Nora Hinojo comparte la crítica hacia la posición que adoptaron cuentas como “MeTooMúsicos”, que llegó a calificar de “chantajista” al cantante poco después de que este hubiese hecho público su tuit. “Me pareció irresponsable, es no pensar en las victimas que lo denunciaron”, considera, tras lamentar que se haya querido responsabilizar al movimiento de que el cantante decidiese acabar con su vida.

En este sentido, la activista pone en valor la existencia de protocolos para verificar los testimonios que llegaban a las cuentas. Y recuerda un dato: si las mujeres no se atreven a denunciar es por su miedo a que sus condiciones empeoren. Perder el trabajo en el caso de que el denunciado sea su superior o ser amenazada en un país en el que nueve mujeres son asesinadas cada día.

La reivindicación feminista en México viene marcada por una demanda: que no maten a las mujeres

El suicidio de Gil Vega es algo que ha marcado. Es inevitable. Sin embargo, tampoco puede servir para obviar el panorama que dos semanas de Me Too estaba mostrando de México: cientos de denuncias formuladas contra artistas, periodistas, activistas, gente que, en última instancia, incluso había compartido espacios feministas.

Todo ello en el contexto de un país con altísimos niveles de feminicidios.
Como dice Blanche Petrich, la reivindicación feminista en México viene marcada por una demanda: que no maten a las mujeres.

Después de las primeras desconfianzas (de hombres) y de que el suicidio de Gil Vega marcase un punto de inflexión, cabe preguntarse qué va a ocurrir con un movimiento que ha puesto sobre la mesa el horror del patriarcado en México. En esto, Petrich, Hinojo y Zamora coinciden: la responsabilidad de distintas instituciones a la hora de establecer cauces que pongan fin a los abusos. Pueden ser las instituciones públicas o entes privados.

“Es una mala imagen de México, pero verídica”, dice Zamora. “El movimiento Me Too ha permitido visibilizar una realidad. He visto excelentes respuestas, que no linchan, que se comprometen con integrar en sus lineamientos internos, comprometerse con la causa. La red CDT, Articulo 19, Fundar, han dado una respuesta muy sólida y contundente de muestra de compromiso con la violencia que viven las mujeres al interior del país”, dice.

“Todo lo que sale en Me Too es consecuencia a una gran ausencia del Estado mexicano de garantizar una vida libre de violencia. Esa es una obligación que ha sido incumplida hasta hoy en día”, afirma la abogada.

En opinión de Hinojo, “no hay políticas públicas que atiendan esta crisis. Lo que sigue es apelar al Estado y exigirle una respuesta real”. Según su experiencia, la demanda generó una catarsis. Ahora toca mirar hacia los poderes públicos.

Esta idea ha sido recogida por #mujeresjuntasmarabunta, un grupo que se denomina como precursor de las primeras denuncias y que el jueves hizo público un comunicado en el que rechazaba haber practicado linchamientos y defendía las denuncias como un mecanismo político. Entre sus reclamaciones, una Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia o políticas públicas que garanticen la paridad de género en instituciones culturales.

El presidente Andrés Manuel López Obrador hizo referencia al caso en su rueda de prensa del miércoles y lo derivó al Instituto Nacional de las Mujeres.

El Mee Too ha generado un gran debate en la sociedad mexicana. Habla del uso de las redes, de la responsabilidad de los medios y, sobre todo, de cientos de mujeres que denuncian en redes sociales abusos para los que jamás fueron protegidas por el Estados.