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Cómo viven los refugiados en los países a donde no quieren ir

Los inmigrantes que llegan a Rumanía ven el país como un territorio de tránsito. La falta de ayudas y la economía precaria les impide echar raíces. A pesar de que la mayoría no quiere establecerse allí, el discurso xenófobo se consolida en la sociedad rumana.

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Decenas de personas esperan a poder pasar al centro de refugiados de Opatovac, en Croacia. - AFP

IASI (RUMANIA). - “Tú no entiendes que al llegar aquí me sienta tan bien. (risas) No hay ni rastro del Ejército en la calle. No escucho la sirena de la ambulancia cada hora. Veo caras cansadas por el trabajo, pero no por el miedo”, contesta Jawed Seyed a su colega rumano. Lleva sólo tres años en Rumanía y lo que acaba de decir, en un perfecto rumano con acento del norte, hace reír a sus compañeros, oriundos del lugar. “¡Estás loco! ¿Y qué vas a hacer en Rumanía?”, le dicen. Ellos tienen los ojos puestos en Alemania o en los países del Golfo, a donde tratarán de ir en cuanto acaben la carrera, movidos por un sueldo cuatro o cinco veces mayor que el que lograrían en su país.

Jawed prefiere quedarse. “Me siento cómodo aquí, porque no es como un país occidental. Aquí las cosas se improvisan, igual que en Afganistán, y al mismo tiempo este no es como mi país, porque es un país seguro”. A sus colegas rumanos esta respuesta no les dice nada. “Es normal, la mayor desgracia que le puede pasar a un europeo es no tener dinero o trabajo, pero no conoce el dolor de una madre que ve morir delante de ella a su hijo por una bomba. En Afganistán cuando te despiertas te dices a ti mismo 'tal vez tenga la suerte de seguir vivo hoy'”.

"La mayor desgracia que le puede pasar a un europeo es no tener dinero o trabajo, pero no conoce el dolor de una madre que ve morir delante de ella a su hijo por una bomba"

En su país Jawed era periodista. Empezó a escribir cuentos infantiles para sortear las represalias por lo que publicaba. Luego inició una colaboración con el Ministerio de Asuntos Exteriores y se convirtió en blanco de los ataques de los talibanes. “La gente que trabaja con el Gobierno está siempre amenazada. En 2012, cuando regresaba en bus a casa, nos atacaron con balas y granadas. Nos salvamos porque el chofer esquivó el ataque y corrió a toda velocidad. Aquel día decidí irme. El shock que sufrí tomó la decisión por mí”. El conductor del autobús murió hace un año en un ataque similar.

Jawed no sabía nada sobre Rumanía, salvo algún detalle de sus libros de bachillerato. “En el avión me encontré con un médico afgano que trabajaba en Alemania. Me dijo que no fuera a Rumanía, que no había nada que hacer allí”. Jawed había recibido una beca para estudiar Farmacia en Rumanía y tenía claro que, una vez allí, pediría asilo. El valor de la ayuda no pasa de 90 euros, en una ciudad donde alquilar un estudio cuesta alrededor de 300.

Jawed paga 30 euros por una cama en una habitación compartida con otras tres personas de la residencia de estudiantes de Medicina. Su tranquilidad se mide en la bolsa de patatas. Si está llena, todo va bien. “Tal vez mi familia me mande unos 200 euros, pero hablo poco con ellos. Cuando llamo, la conversación es siempre la misma: ¿sabes del vecino? Lo han matado. ¿Sabes del chico de la farmacia? Está desaparecido. No quiero llamarles, quiero olvidar todo eso. Sólo les mando algún whatsapp, todo está bien”.

"Tal vez mi familia me mande unos 200 euros, pero hablo poco con ellos. Cuando llamo, la conversación es siempre la misma: ¿sabes del vecino? Lo han matado"

En Iasi, la bolsa de patatas siempre amenaza con vaciarse. “Después de la Universidad, trabajo como cocinero en un restaurante libanés para poder comer. No puedo pisar una farmacia ni para hacer prácticas porque soy extranjero”. Quiere acabar la carrera, aunque luego no tenga un trabajo, porque “hay que tener algo en la cabeza”, como le dijo su padre. “En Afganistán ves una casa pija con trabajadores extranjeros, con materiales de construcción de lujo importados del Occidente, pero no hay una carretera delante. Este es mi país, han destrozado la educación y la mente de la gente”.

Quiere vivir en Rumanía, a pesar de tener que lidiar cada día con la ignorancia de los rumanos y la discriminación que sufren los extranjeros. “Si les dices que eres musulmán, muchos te miran mal. No saben nada. Somos los afganos, los iraquíes, los sirios. 'Vosotros los de la guerra'. No saben nada más”.

Jawed Seyed, durante la entrevista con este diario.

“Me faltan cinco minutos para ser rumano”

“Tal vez ahora sea más rumano que afgano, pero quiero dejar ya este país. Me faltan cinco minutos para ser rumano, y se me acabó la paciencia”, le contesta entre risas Salim. Igual que Jawed, Mulaheil Abdul Salim es de Afganistán y vive en Rumanía desde 2011. Habla 14 idiomas y trabaja como intérprete para un centro de acogida de refugiados del norte del país. Una noche de mayo de 2011, en medio del río Prut, la última frontera de la UE en el Este, Salim se dijo a sí mismo que no iba a caer, y aún sigue en pie.

“No, Salim, no te vas a morir ahora, en medio del río. Pero ya no sentía los pies. Conseguí llegar a la orilla y allí esperé a que viniera la policía fronteriza. Buscan todo lo que se mueve. Cuando detectan movimiento, esperan para ver si es un perro, un gato o una persona. Pasada una hora vinieron a por mí, por fin pensaron que no era un gato”, se ríe.

"En Rumanía si no tienes pareja o parientes de aquí es imposible establecerte. No se sobrevive con lo que ganas"

Cruzó el río junto con otros cuatro colegas, pero ninguno de ellos ha querido quedarse en Rumanía. Salim intentó llegar a Noruega, pero no encontró trabajo y regresó a Rumanía, donde tampoco puede despegar. Lleva años fuera de Afganistán y regresaría si existiera la posibilidad de encontrar un trabajo. “Mi país está lleno de ONG. Allí tienes sueldos de 1.500 dólares, pero desde el director al cocinero, sólo trabajan los parientes”. Al estrés del sueldo rumano que apenas le permite sobrevivir, se añade su deseo de poder establecerse ya en algún lugar. Hay demasiados países y demasiada gente en su vida. “Tengo los ojos puestos en casarme. Me he hartado de la soledad, quiero que se acabe este periodo oscuro de mi vida”. 

Ese periodo dura ya unos 15 años. La próxima parada será Estados Unidos, donde vive su futura mujer. “En Rumanía si no tienes pareja o parientes de aquí es imposible establecerte. No se sobrevive con lo que ganas. Estoy cansado. Quiero vivir un año sin ver a nadie, excepto a mi mujer. Ver a la gente sólo por Facebook ya es suficiente”.

Iulia Cazacu, que trabaja en el centro de refugiados del norte del país, explica que aunque las personas con estatus de refugiado tengan los mismo derechos que los ciudadanos rumanos, en realidad no pueden acceder a un empleo digno o a una vivienda. “El mayor problema es el bolsillo. Las ayudan rondan los 100 euros y, al empezar a vivir por su cuenta, aunque encuentren un trabajo, es casi imposible sobrevivir. La mayoría de trabajos a los que tienen acceso no son cualificados, porque para acceder a los trabajos cualificados se necesita la homologación de los estudios, y la normativa no tiene en cuenta que vienen de países en guerra y no pueden pedir la documentación”.

El chiste que circulaba en 2015 en las redes se convirtió en realidad: "los sirios que han llegado a Rumanía se han integrado perfectamente, todos han emigrado”, en referencia a los millones de rumanos que se van del país por culpa de los sueldos raquíticos. Mazen Rifai, periodista sirio que trabaja con las personas que llegan de Siria, explica que en el país solo se quedan los que ya tienen un vínculo familiar con Rumanía.

“La percepción ha cambiado en la medida en que cambia el poder del bolsillo. Muchos miran mal a los que vienen de un país pobre y reciben encantados a los que llegan de un país más rico”

“Tanto los sirios que llegan ahora a Rumanía, como los rumanos que han vivido años en Siria por los matrimonios mixtos y regresan, tienen los mismos problemas. Los rumanos que regresan son refugiados en su propio país. Sus hijos, que sólo hablan árabe, pero son ciudadanos rumanos según el pasaporte, no pueden ni siquiera entrar en los programas de enseñanza del idioma. De los 2.700 sirios que han pasado por Rumanía sólo se han quedado 600 personas, los que tienen familiares aquí. Vendrá más gente cuando Rumanía reciba el número obligatorio de personas que le ha asignado la UE, y para ellos será muy difícil, porque el país no está preparado, la gente no podrá llevar a cabo una vida autónoma”.

Mohamed Daoud confirma las palabras de Rifai. “Rumanía es un país de paso, los refugiados no tienen nada que hacer aquí. Sólo puedes empezar una vida si tienes dinero. Los proyectos para los refugiados existen, pero son protocolo, nada real que tenga un impacto en sus vidas.Te doy información acerca de dónde buscar trabajo, dónde estudiar, etc, es asesoramiento, es decir, nada. Si la gente se queda aquí, sólo va a sufrir. Evidentemente se van, de una forma legal o irregular”.

Daoud es médico originario de Egipto. Hace 26 años que vive en Rumanía. Él mismo pasó de ser “ extranjero” a ser “inmigrante” en este periodo. Si en los años noventa los estudiantes procedentes de los países árabes que llegaban a Rumanía eran “los extranjeros” y tenían un poder adquisitivo mucho mayor que los rumanos, a partir de la entrada de Rumanía en la UE, muchos se han convertido para la opinión pública en “inmigrantes”.

Mohamed recuerda cuando un alto cargo del Comité Central de Ceausescu le pidió que le trajera de Egipto aparatos electrónicos, escasos por aquel entonces en Rumanía. “La percepción ha cambiado en la medida en que cambia el poder del bolsillo. Muchos miran mal a los que vienen de un país más pobre, y reciben encantados a los que proceden de un país más rico de la UE”. Daoud ha estudiado seis años de Medicina en Rumanía, ha pasado el MIR y obtenido un doctorado en Ginecología, pero aún así no le dan derecho a trabajar: “El Estado rumano alega competencia desleal. Aunque cuando haces el MIR te dejan operar gratis, luego no te contratan”. Una medida discriminatoria y que roza lo absurdo, dado que Rumanía es un país con un déficit de más de 13.000 médicos, porque cada año decenas de médicos rumanos abandonan el país para irse a trabajar a Francia o Alemania.

“A pesar de que la gente no quiere venir a Rumanía, sí que hemos notado un incremento del rechazo a los extranjeros, a menudo se nos pregunta por qué vienen. Hay muchísima ignorancia”

Pese a que los refugiados no tienen opciones de supervivencia en Rumanía, según las normativas y los ínfimos salarios que predominan en el país, la normativa europea establece una cuota de personas que se verán obligadas a pedir asilo allí. Se ha decidido imponer una multa a los Estados que no accepten esta cuota: 250.000 euros por cada persona a la que denieguen el asilo. “No sabemos cómo han establecido esta suma. Es una medida de coerción, porque se ha visto que no funciona ninguna solidaridad entre los Estados europeos”, explica Luciana Lazarescu, de la Asociación rumana para la promoción de la salud. “El motivo menos oficial es adaptar los acuerdos de Dublín al acuerdo con Turquía, que ha sido reconocida como país seguro, para que Grecia vaya devolviendo a Turquía a las personas que llegan” explica Lazarescu.

Rumanía, a pesar de ser un país de emigrantes, ha criticado la asignación de la cuota de personas con estatuto de refugiado. Según el Departamento de Inmigración, en 2015 se registraron en el país 1.266 solicitudes de asilo, la mayoría de Siria o Irak. “A pesar de que la gente no quiere venir a Rumanía, sí que hemos notado un incremento del rechazo a los extranjeros, a menudo se nos pregunta por qué vienen. Hay muchísima ignorancia”, explica Iulia Cazacu, del centro de acogida de Radauti. A Mohamed Daoud no le extraña la situación en la que se encuentran las personas refugiadas, sabe que la acogida no funciona: “Te reciben sólo por escrito, se gastan algún dinero en una reunión, en algún informe, pero no existen programas reales a largo plazo".

Nota: Cinco días después de la realización de la entrevista, Jawed nos comunicó que había recibido una notificación mediante la cual se le denegaba la solicitud de asilo. Se le dio un plazo de diez días para abandonar Rumanía.