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Y Haití se asustó otra vez...

Primero un ruido. Cruje el hotel. Esto se mueve. ¡Y mucho! "¡Está temblando!"

DANIEL LOZANO

Miles de haitianos siguen viviendo bajo toldos y con los enseres justos en los suburbios de Puerto Príncipe. Hoy han vuelto a revivir el infierno del seísmo con una fuerte réplica. AFP

La mañana que amenazaba lluvia guardó otra sorpresa. Tres minutos después de las seis de la mañana, estamos entre bostezos y bromas tras otra noche sobre el suelo, junto a la piscina del hotel Villa Creole, semiderruido tras el apocalipsis del 12 de enero. Sentados en una mesa, bajo una especie de portal y entre columnas, con los ordenadores abiertos. Nuestro cuartel general. La conexión a Internet va y viene, ahora mejor que los primeros días.

A nuestra espalda, a escasos dos metros, la parte del hotel que no aguantó el temblor. La imagen es para asustarse, parece un bombardeo en Beirut, pero como yo me pongo de espaldas... Paco Peregil, de El País; John Lantigua, de Palm Beach Post; y Jacobo García, de El Mundo, junto a este corresponsal y entre bromas y bostezos. Las risas son nuestra terapia en el fin del mundo. Hace unas horas pinché el Americanos de Bienvenido Mr. Marshall, en homenaje al desembarco de los yankis y a nuestros colegas norteamericanos, muchos por aquí, que no conocen a Berlanga, Pepe Isbert y Manolo Morán. Ellos se lo pierden.

Primero un ruido. Cruje el hotel. Esto se mueve. ¡Y mucho! "¡Está temblando!". John nos avisa y tiene el detalle de hacerlo en español. Jacobo brinca por encima de él. Yo salto sobre la mesa para seguir la estela de Peregil. "¡Joder, fuera, fuera!", "¡vuela Jacobo!". Corro hacia la piscina. Pienso en zambullirme en las aguas sucias, pero ya veníamos bromeando con el nombre del primer pringao que se caiga allí. ¡No quería ser yo! ¡Quién aguanta a estos tíos después!

El resto de la tropa periodística aparece en estampida. Los más insensatos duermen bajo techo. Y a la cabeza de ellos Joaquín Ibarz, corresponsal de La Vanguardia, que retoza todas las noches en un colchón despreocupado de temblores y tiroteos. Uno corre desnudo, despavorido. Caras de miedo. Peregil, que es un andaluz cachondo pero flemático, intenta tranquilizar al personal. Siento un puñetazo de adrenalina, uno más en esta marea de emociones. "Acojonante, tío"...

Pese a todo, sé que somos unos privilegiados en este infierno. Pese a las tres duchas que me he dado desde que llegué hace una semana. Pese a las carreras y las dificultades. Más de 300.000 familias haitianas duermen en las calles. No tienen presente, pero tampoco futuro. Calculan que hay 75.000 muertos, pero no nos cuadran las cuentas. Preval asegura que ha enterrado a 60.000 personas y son miles y miles los que todavía permanecen debajo de los edificios, destrozados en un 70%. Haití nos duele. Esta gente orgullosa nos da lecciones cada día. Y todavía hay tiempo para milagros. El último lo narra mi compañera Susana Hidalgo, que anoche presenció el rescate de dos niños.

Aviso a Madrid, al jefe, Carlos Enrique Bayo. ¡A trabajar! Escribo esta crónica mientras nos comienzan a llegar las primeras informaciones: el temblor es fuerte, 6,1 grados en la escala Ritcher. A un policía haitiano se lo ha tragado un edificio. En la zona cero puede haber más muertos. El epicentro está en Petit Goave.

Lantigua dice que Jacobo podría competir en los 110 metros valla. Y Peregil (¿cómo alguien puede apellidarse Peregil en Haití? Hace décadas, durante las masacre de haitianos ordenada por Leonidas Trujillo, los sicarios del dictador dominicano obligaban a los detenidos a pronunciar la palabra perejil, imposible para los haitianos. Quien lo pronunciaba mal, era ejecutado de inmediato) para templar ánimos, nos narra su peripecia de ayer. Incidentes en la ciudad. El periodista que se acerca y pregunta:

-¿Qué pasa por aquí?

Y un jovencillo haitiano, contesta, tan pancho.

-Es que aquí hubo un terremoto.

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