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Trujillo El gallego que "traicionó" a Trujillo

José Almoina Mateos, republicano galleguista lucense exiliado tras la Guerra Civil, fue asesinado por sicarios del dictador dominicano por publicar un libro en el que desvelaba los horrores de su régimen, en una historia gemela a la de Jesús Galíndez.

Franco y Trujillo, durante la visita del primero a España en 1954
Franco y Trujillo, durante la visita del primero a España en 1954.

En 1954 un documental del No-Do ofrecía en todos los cines de España las imágenes del encuentro de dos generalísimos. El 2 de junio de ese año, un miércoles, fue declarado parcialmente festivo parcialmente festivo por la llegada de Rafael Leónidas Trujillo a Vigo, a bordo del flamante trasatlántico Antilles; el dirigente era agasajado en Castrelos con un desayuno ofrecido por el Ayuntamiento, después de un recorrido en coche con la capota bajada por la ciudad acompañado del alcalde. En Madrid, en la Estación del Norte, a la que llegaría en un tren especial al día siguiente, lo esperaba Franco con todo el Gobierno.

"Los dos Generalísimos se abrazaron efusivamente", recogía el No-Do. Trujillo, con su bicornio emplumado de general de opereta cómica con banda cruzada, apretaba a un ferrolono de uniforme gris en una España en blanco y negro. El insular celebraba el veinticinco aniversario de su reinado. Asistiría a ejercicios militares, a una corrida de toros y visitaría el Valle de los Caídos. Los dos generales eran los campeones del anticomunismo, uno en Europa y el otro en América. El Progreso de Lugo, bajo el titular "Trujillo o la perpetuación de lo hispánico" proponía en la portada del 3 de junio que los españoles debían reconocer en el líder de la República Dominicana a "ese viril ejemplar de la raza que tanto entra en nuestras concepciones y gustos".

En 1976, en La Vanguardia, Albert Manent, apenas dos meses después de la muerte de Franco, mencionaba en un artículo, bajo el epígrafe Exilios, a tres republicanos asesinbados por orden del caribeños: "Tres emigrados, víctimas del implacable trujillismo: el profesor vasco Jesús de Galíndez, secuestrado en Nueva York y desaparecido para siempre, ator de un libro insuperable, La era de Trujillo; Alfredo Pereña, yerno de Samuel Gili Gaya, desaparecido en un cambio de avión en Ciudad Trujillo, y el atropello y asesinato en México de José Almoina".

Trujillo y Franco, en la visita del primero a España en 1954.

Galíndez, profesor en la Universidad de Columbia, desaparecía en la isla caribeña en marzo de 1956. Trujillo no le perdonó que leyera, precisamente el 27 de febrero –Día de la Independencia de República Dominicana–, su documentada tesis doctoral sobre el Gobierno del dictador en esa universidad norteamericana. Cuatro años más tarde matarían a Almoina, prácticamente por el mismo motivo.

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En 1977, Ánxel Fole, secretario provincial del Partido Galeguista en 1935, "un antifascista visceral", como lo definió Sánchez Pombo, exiliado tras la sublevación del 36 en las tierras de O Incio, Quiroga y el Caurel, en Lugo, recordaba a su vez en Cartafolio de Lugo –la sección que inauguró en El Progreso cuando nacía la II República– la biografía de su vecino, recuperando los hechos de forma extemporánea un 24 de julio de 1977, diecisiete años después: "El lucense José Almoina Mateos es asesinado en la capital de Méjico por un comando trujillista". El autor de los cuentos de lobos en la montaña lucense compensaba el silencio de El Progreso en mayo de 1960 y ponía de manifiesto que la dictadura era un paréntesis de cárcel e inquisición, una damnatio memoriae de la que había que recuperar lo que se pudiera. Fole compartió ciudad y año de nacimiento (Lugo, 1903), carrera inacabada de Filosofía y Letras (Fole en Valladolid, Almoina en Compostela) y exilios (uno interno, el otro, exterior).

En Galicia, en 1960, el vespertino La Noche (Santiago de Compostela, 25 de mayo) publicaba la muerte del escritor José Almoina, sin precisar la causa, quitándole así todo el sentido a la noticia, destacando su faceta de profesor en Santo Domingo y México, y sus publicaciones sobre Rubén Darío, Goya y la biblioteca erasmista de Diego Méndez, así como las colaboraciones en la prensa gallega. Creemos que es el único diario gallego que recoge la muerte, aunque como una noticia cultural y ocultando que el lucense fue víctima del terrorismo de Estado.

El pasado 4 de mayo se cumplieron 62 años del atentado contra Almoina Mateos, hijo de un médico militar, pionero, según escribía Fole, en usar un aparato de rayos X en Lugo. José Almoina padre, compostelano de nacimiento, que fallece cuando Pepe sólo contaba con once años, fue un activista cultural máis allá de su profesión: presidió el Círculo das Artes de Lugo entre 1909 y 1911 y formó parte de la Real Academia Galega.

Hizo oposiciones a Correos, obteniendo plaza. Iniciado en la masonería en 1928 con el nombre simbólico de Deseo perteneció a las logias de Lugo y de Vigo. Ingresó en la Agrupación Socialista de Benavente el 1 de septiembre de 1931 y en Zamora se le reconoce hoy su papel potenciando la filiación socialista en esa provincia. Fue candidato del PSOE por esa demarcación en las elecciones generales de 1933 sin resultar elegido, pero sí fue compromisario para la elección de presidente de la República en 1936 por ese mismo partido, en el mismo proceso en el que Carvalho Calero saldría elegido por el Partido Galeguista, y ya cuando la derecha conservadora (monárquicos y CEDA) habían escogido la vía de armar milicias para apoyar un golpe militar como única vía para llegar al poder. Los votos de Carvalho y Almoina serían para Azaña, presidente de la República hasta finales de febrero de 1939, unos días después de que Gran Bretaña y Francia hubieran reconocido el Gobierno de Franco.

Almoina fue una víctima de la violencia política que huía de la represión franquista como millares de republicanos (¿2.000 gallegos?), que buscaban en América una vida libre de persecuciones ideológicas. A su mujer, la soriana Pilar Hidalgo, embarazada, la detuvieron como rehén recién comenzado el Movimiento Nacional, así denominado por los propios sublevados como si de un fenómeno físico se hubiera tratado, cuando de lo que se trataba era de una revolución fascista. Tras siete meses en una cárcel de Zamora, Pilar es liberada gracias a un intercambio de presos que gestiona el propio Almoina. La etapa republicana desaparece en 1939, cayendo los últimos territorios del este y con Madrid aún resistente. En febrero de ese año cae Catalunya y cientos de miles de peninsulares atraviesan la frontera con Francia. Argelès-sur-Mer, una hermosa playa del Rosellón, será el primer campo que se abra para acogerlos.

Por él acabarían pasando 200.000 refugiados en dos años. Los primeros en llegar quedaban asombrados al comprobar que allí solo había arena, alambres de espino y violentos gendarmes. Los refugiados tuvieron que recogerse en agujeros cavados con las manos, antes de levantar cabañas improvisadas. Tras Argelès vinieron Saint Cyprien y Les Barcarès, en el departamento de los Pirineos Orientales. Frente al formidable amontonamiento humano se abrieron más campos en el interior o alejados de la frontera: Bram, Agde, Rivesaltes, Septfonds, Gurs... Y campos de castigo y represión como Vernet d’Ariege y el castillo de Collioure. Informes del Gobierno galo ofrecían el 9 de marzo a cifra oficial de 440.000: 170.000 mujeres, niños y ancianos, 220.000 mil soldados o milicianos, y 50.000 inválidos y heridos.

Refugiados españoles en Argelès. Foto: Robert Capa.

Antes de finalizar 1939, regresarían a España algo más de la mitad, por lo que 200.000 personas constituirían el exilio español residente en Francia cuando comienza la II Guerra Mundial. Unos 35.000 republicanos saldrían a otros países, principalmente hacia América, el Norte de África, Gran Bretaña y la URSS. México aceptó 7.500 refugiados entre 1939 e 1940 y unos 20.000 más en años posteriores.

El primer éxodo republicano se asentó en expediciones marítimas trasatlánticas organizadas inicialmente desde Francia por el Servicio de Evacuación de Republicanos Españoles (SERE), controlado por Negrín con la ayuda de los gallegos Méndez Aspe y Bibiano Fernández Osorio-Tafall, y luego, desde México, por la Junta de Auxilio a Republicanos Españoles (JARE), dominada por Indalecio Prieto. Las tres grandes expediciones del SERE fueron las de los buques Sinaia, Ipanema y Mexique, en el verano de 1939, y supusieron el traslado de cerca de 6.000 exiliados españoles a México, de los que más de trescientos eran gallegos. El trayecto del Sinaia fue posible gracias al apoyo financiero del National Joint Committee for Spanish Relief (Comité Nacional Conjunto para el Socorro Español), una oenegé británica de ayuda a las víctimas de la Guerra Civil. Además de México, el SERE organizó expediciones a otros países como la famosísima del Winnipeg, promovida por Pablo Neruda, cónsul de Chile en París. En este buque viajaron al país andino media decena de gallegos, entre ellos los Pita Armada, de Cariño, en A Coruña.

A la República Dominicana también llegaron barcos con refugiados. No había ninguna afinidad ideológica con el dictador Trujillo, pero éste aprovechó la necesidad de encontrar enseguida países de acogida; unos 2.800 republicanos traerían el Flandre, el De La Salle y el Saint Domingue, por lo que el primer destino para Almoia después de Francia fue la República Dominicana. El 7 de noviembre de 1939 arribaban a Santo Domingo 250 refugiados, entre ellos Almoina, con 37 años, que en la isla sería secretario del Generalísimo, profesor de la Escuela Diplomática, de la Escuela Nacional de Bellas Artes y de la Facultad de Filosofía. Trujillo quería hacer una política de doble blanqueamiento con los españoles: contrapesar el número de habitantes de raza negra de la isla y tapar ante la opinión pública mundial sus matanzas represivas, entre ellas la reciente de millares de haitianos.

A este país llegarían gallegos buscando asilo político, como el ex diputado de Sada (A Coruña) Suárez Picallo; el médico y diputado por Lugo Fernández Mato; el pintor surrealista Eugenio Granell, militante en Galicia del POUM trotskista; el escultor Vázquez Díaz, conocido como Compostela, y el biólogo José María Mosqueira, que llegó de Corme (A Coruña) en 1937 con un contrato para mejorar las artes de pesca del país. Los republicanos formaron la élite intelectual de La Española hasta que el control de un poder obsesionado con el peligro comunista se hizo insoportable y la mayoría marchó a México y Venezuela.

Fue en México donde se creó una gran colectividad exiliada de Galicia, la más importante del éxodo gallego junto con la argentina, no solo cuantitativamente, ya que contaba además con la presencia de intelectuales como el musicólogo Bal y Gay, el cineasta Carlos Verlo, los profesores Ángeles Tobío, Carlos Tobío y Pedro Martul, y políticos importantes en la articulación del estado republicano como el ex ministro de Hacienda Méndez Aspe, natural de Pontón, o el exalcalde pontevedrés Osorio-Tafall. También maestros como Luis Soto, dirigentes socialistas como Marcial Fernández y Alfonso Quintana, Longueira y Patiño, los galeguistas Delgado Gurriarán y Elixio Rodríguez ,y artistas como el pintor Arturo Souto. Almoina llega a este México aliado de la República en 1947 con el visado de asilado , y aquí vivirá hasta que es atropellado por un automóvil, del que bajaron dos sicarios de Miami para rematarlo a tiros. Falleció al día siguiente en un hospital de la ciudad.

En 1949 había aparecido Una satrapía en él Caribe. Historia puntual de la mala vida del déspota Rafael Leónidas Trujillo, impreso en México y firmado con el seudónimo Gregorio Bustamante, una denuncia de la dictadura de Trujillo y que este atribuyó enseguida a su antiguo secretario, a pesar de que que en la obra se introducía el despiste "…ese miserable gallego Almoina", que evidentemente no funcionó.

Trujillo (derecha) con Anastario Somoza, dictador nicaragüense, en 1952.

"Dedico este libro crudo, amargo, brutal, a todos los que por su condición de demócratas, presencian con repugnancia invencible, el espectáculo de la más sangrienta, sórdida y feroz tiranía…". Con esta dedicatoria abría Almoina Mateos Una satrapía, un libro que significó una condena a muerte. Dado el carácter despótico del régimen dominicano y de la personalidad vengativa de su máximo dirigente, dueño de vidas, haciendas voluntades y conciencias, no es de extrañar que Rafael Leónidas Trujillo, nieto ilegítimo de un policía español destinado en Cuba, persiguiera hasta la muerte al autor: "Chapita, el raterillo Chapita, ha conseguido que la vida moral de la República se convierta en una sentina de abyecciones. Todo está allí relajado, prostituído, desquiciado. (…) La corrupción del régimen trujillero ejerce sobre la vida dominicana su acción destructora y puede decirse que ha infectado ya todos sus tejidos".

Calculó el lucense que estaría a salvo detrás del seudónimo y del truco de autoinsultarse en tercera persona, o quizá que su humilde persona no había sido nunca objeto de preocupación del tirano. Pero no calculó su maldad, y moriría asesinado por dos sicarios anticastristas un año antes que el sátrapa. El organizador del atentado debió ser el dominicano Johnny Abbes García, sin más oficio que el de asesino y torturador asalariado de Trujillo. El Servicio de Investigación Militar que él dirigía fue una poderosa organización que aterrorizaba la población con crímenes y torturas, teniendo en nómina a millares, desde limpiabotas a altos funcionarios, militares, médicos, periodistas, fotógrafos y abogados. Disponía de varios centros de torturas, el más terrorífico, la cárcer de la carretera La Cuarenta, en Las Flores, al norte de Santo Domingo.
Escribe Bernard Diederich que una tempestad comienza a formarse en el Caribe en 1958 con el triunfo de la revolución cubana.

Cuando Fulgencio Batista huye de La Habana el 1 de enero de 1959, siendo acogido en Ciudad Trujillo, dos importantes espías dominicanos (uno de ellos, Abbes) escapan por poco de caer en las manos de Fidel Castro. Abbes había adquirido su pericia de agente en México, donde se vio envuelto en varios crímenes contra exiliados dominicanos. La crueldad y el sadismo del dominicano son legendarios. Por órdenes suyas fueron torturados y asesinados muchos disidentes, encarcelados por los servicios de inteligencia dominicanos, principalmente los miembros del Movimiento Clandestino 14 de Junio, atrapados en enero de 1960. El grupo opositor había recibido armas del presidente Betancourt, de Venezuela, y el mismo Betancourt sería objeto de un atentado fallido organizado por Abbes, quien, desde 1958, en los últimos tres años de la dictadura, fue la persona que más influyó sobre Trujillo y quien mejor armonizó con sus perversos sentimientos.

Pero el relato de Almoina sobre el trujillismo es de una etapa anterior, hasta la posguerra de la Segunda Guerra Mundial. En las primeras páginas del libro que le cuesta la vida, describe la herencia paterna de Trujillo como la de un ladrón de ganado enriquecido con el robo, después, la represión cruel e indiscriminada de toda oposición, destacando los sucesos de junio de 1947, cuando un avión se posó en el agua cerca de Luperón, en Puerto Plata, en la primera invasión armada en contra de la dictadura de Trujillo. "Sólo en esta región, que es la más rica del país, pasan ya de 400 los asesinados y continúan los encarcelamientos y las torturas. La represión se ha extendido a todo el país y los campos de concentración y de trabajo y las cárceles están llenas de víctimas".

Rafael Leónidas Trujillo Molina, nacido en San Cristóbal el 24 de octubre de 1891, fue asesinado en la capital bautizada con su nombre el 30 de mayo de 1961, y fue enterrado en el exilio: en Mingorrubio, El Pardo, en el mismo cementerio que Franco. El ferrolano sirvió como un imán para otros dictadores, atrayéndolos a España, vivos o muertos: Fulgencio Batista (Cuba), Ante Pavelic (genocida en Croacia), el general Pérez Jiménez (Venezuela) y los dos trujillos: Rafael y Ramfis, el breve sucesor en la tiranía dominicana, que muere en Madrid en 1969 tras accidentarse con su automóvil deportivo de hijo rico. Con Franco serían seis los chivos que convierten la capital española en la que tiene hoy el mayor número de sepulturas de dictadores en el mundo.
En diciembre de 1961 se hizo popular en Santo Domingo el merengue Mataron al Chivo, del que Mario Vargas Llosa obtuvo un título:

El pueblo celebra,
con gran entusiasmo,
la Fiesta del Chivo
el treinta de mayo.
Vamos a reír,
vamos a bailar,
vamos a disfrutar.
El treinta de mayo,
día de la Libertad.

El tirano, entrenado de joven por los marines de los EUA, personaje temido de La fiesta del Chivo, subornador de políticos y periodistas en México, Colombia, Cuba… Perseguía los disidentes allá donde habían ido, vengativo y siempre cuidadoso de evitar que los huidos le construyera una mala imagen en el exterior. El mismo escritor peruano menciona el odio de Trujillo a Almoina cuando escribe estas literarias palabras del dictador abroncando a su mujer: "Olvidas que esas pendejadas no las escribiste tú, que no sabes escribir tu nombre sin faltas gramaticales, sino el gallego traidor de José Almoina, pagado por mí", haciendo referencia a su trabajo de educador intrafamiliar. Apenas hay dos menciones a Almoina en el libro de Vargas Llosa, ninguna en el de Bernard Diederich; pero es evidente que Vargas leyó, en su proceso de documentación, el libro maldito de José, el que lo llevó a la muerte. En las referencias al lucense, el peruano escribe los vocablos "gallego" junto a los de "traidor" y "pérfido".

También conocía el texto de Diederich (Trujillo, la muerte del dictador), el periodista neocelandés de la revista Time destinado en Haití que llegó a acusar al escritor peruano de plagio. Las tres obras dibujan la descripción de un tirano esperpéntico, arbitrario y corruptor de toda una sociedad, porque el corrupto mantiene un sistema corrupto en el que los ciudadanos, desprovistos de derechos, son súbditos rendidos al sentido práctico de la vida: sobrevivir y crecer aceptando los baremos arbitrarios de la adulación, de la ausencia de crítica y de la insolidaridad. Los que atentan con éxito contra el Chevrolet Belair azul pálido del Chivo son hijos del régimen, con puestos concedidos por el dictador, pues todo en la isla depende de él y nadie crece sin su consentimiento. Ofendidos por el tirano, buscan más la venganza que un régimen democrático, apoyados por el Gobierno norteamericano presidido desde enero de 1961 por John F. Kennedy, que seguía los planes de su predecesor de eliminar del "lago norteamericano" (el Mar Caribe) tanto a Castro como a Trujillo.

Según el historiador dominicano Moya Pons, José Almoina Mateos, sin ser dominicano, tuvo la firmeza moral de denunciar los crímenes de Trujillo, despreciando los beneficios materiales que podría haber tenido, algo que, en realidad, pocos insulares hicieron.

Este artículo se publicó originalmente en gallego en la revista Luzes. Ahora Público lo reproduce como parte de un acuerdo de colaboración con la revista. Aquí puedes encontrar más artículos de Luzes en Público.