Opinión
La caída de Orbán sacudirá a la ultraderecha europea

Por Miguel Urbán
-Actualizado a
Este pasado domingo, el máximo exponente de la internacional reaccionaria en Europa, Viktor Orbán, perdía unas elecciones después de dieciséis años ininterrumpidos en el poder. Hungría ha celebrado unos comicios legislativos considerados cruciales no solo para el propio país, sino para toda Europa, ya que el gobierno ultraderechista del Fidesz, aliado de Putin y Trump, era desde hacía años uno de los principales dolores de cabeza de Bruselas. Porque este domingo no solo estaba en juego el futuro político de Orbán, sino que su derrota también marca, en cierta medida, un importante retroceso de la ola reaccionaria en Europa.
La gran novedad de estas elecciones ha sido la aparición de una alternativa política capaz de cuestionar la hegemonía del Fidesz. Hasta ahora, una de las grandes fortalezas de Orbán había sido precisamente la debilidad de sus rivales. El hasta ahora gran aspirante y, a la postre, ganador de las elecciones es Péter Magyar, líder del partido conservador Tisza y antiguo militante del partido gobernante, el Fidesz, quien abandonó el "mundo Orbán" hace dos años para enfrentarse al primer ministro. Su gran fortaleza ha sido lograr presentarse, desde hace meses, como una opción realista para derrotar a Orbán. Así, Magyar ha conseguido aglutinar votos de la derecha tradicional y también de votantes de la izquierda, que veían en él la única oportunidad real de vencer.
De hecho, uno de los grandes titulares de la jornada electoral ha sido la participación sin precedentes: ya a las 17 horas superaba el 74% del censo, por encima del dato final de cualquier cita electoral desde 1990. Las últimas cifras, antes del cierre de los colegios, situaban la participación cerca del 78%. Un elevadísimo nivel de movilización que estaría detrás de la aplastante victoria de la oposición, que alcanza el 54% de los votos, situándose en torno a los 138 escaños y los casi tres millones de papeletas, sacando una ventaja de más de 800.000 votos sobre el Fidesz, que se ha quedado en el 35% y 55 diputados. De hecho, la victoria ha sido tan rotunda que, a pesar de que Orbán llevaba días preparando el terreno para cuestionar el resultado, no ha tenido más remedio que admitir su derrota ante sus seguidores en Budapest, señalando que el resultado era claro y doloroso.
El poder electoral de Orbán se ha sustentado sobre tres pilares: lo que él mismo ha catalogado como la construcción de un régimen iliberal, un híbrido entre democracia y autocracia, con la Rusia de Putin como modelo; un nacionalismo xenófobo y antinmigración que ha conjugado el antisemitismo clásico de los fascismos de entreguerras con la islamofobia de la nueva ultraderecha; y una estrategia de reafirmación soberanista frente a la UE, en una Hungría en la que el recuerdo de la Unión Soviética sigue muy presente y donde la desconfianza hacia la cesión de soberanía a un centro de poder extranjero como Bruselas está socialmente muy extendida, especialmente en los territorios más rurales.
De hecho, la derrota de Viktor Orbán no era una tarea sencilla, ya que, en estos dieciséis años en el poder, el Fidesz ha implementado una captura total del Estado, con una profunda transformación iliberal del sistema institucional y electoral del país, el control de los puestos clave de la judicatura, así como de los medios de comunicación. Quizá el elemento más relevante fue la reforma electoral, con la reducción de diputados del Parlamento —de 386 a 199— y la introducción de un sistema mixto que combina circunscripciones uninominales con listas nacionales. El elemento decisivo es que 106 escaños se eligen en distritos uninominales mediante un sistema mayoritario a una sola vuelta, mientras que los 93 restantes se asignan por representación proporcional. Un sistema que, como han denunciado organismos internacionales como el Consejo de Europa, está diseñado para favorecer al partido gobernante.
Entonces, ¿por qué ha perdido Orbán? Evidentemente, las causas son múltiples; podríamos hablar de una conjunción de factores. El primero ya lo apuntábamos anteriormente: Magyar ha conseguido unificar a toda la oposición del país para derrotar al presidente en activo más longevo de la Unión Europea. De hecho, en estos dieciséis años de gobierno, Orbán no solo ha transformado el Estado húngaro a su imagen y semejanza, sino que también ha acumulado un fuerte desgaste y una considerable fatiga entre su electorado. Más aún después de numerosos casos de corrupción que han salpicado a su entorno más cercano.
Pero, por encima de todos esos factores, el elemento central detrás de la derrota del gobierno ultraderechista ha sido la economía. Hungría ha sufrido episodios de inflación muy elevada en los últimos años, con un aumento del coste de la vida, especialmente en alimentos y energía, que ha provocado una importante presión sobre los salarios. Aunque el Gobierno ha aplicado medidas como controles de precios o subsidios, estas políticas han tenido efectos limitados o temporales, generando una insatisfacción que no solo ha golpeado a la cosmopolita y tradicionalmente opositora Budapest, sino también a los feudos rurales de Orbán. De hecho, Magyar se ha impuesto en la amplia mayoría de las circunscripciones del país, con una campaña dirigida precisamente a las zonas rurales, rompiendo con la imagen tradicional de una oposición vinculada casi exclusivamente a Budapest.
Los escándalos con Rusia, después de que se filtraran unos audios del ministro de Exteriores de Hungría colaborando codo con codo con su homólogo ruso, también han sido un tema central en la campaña electoral, ante lo cual Magyar se ha comprometido a volver a los valores de las democracias liberales que encarna la Unión Europea.
Una derrota que tendrá importantes repercusiones más allá de las fronteras húngaras, no solo para Vladimir Putin, que perderá a su principal valedor dentro de la UE, sino también para Donald Trump, que en campaña calificó a Viktor Orbán como un "verdadero amigo, un luchador y un ganador", pidiendo el voto para su candidatura. De hecho, el vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, estuvo en Hungría en plena campaña para dar apoyo al líder húngaro, acusando abiertamente a la Unión Europea de "interferencias electorales", mientras él mismo intervenía presencialmente en un mitin en Budapest.
Hungría ha sido durante todos estos años un lugar neurálgico para la extrema derecha del continente. Desde Budapest se exporta doctrina política, se forma a nuevas generaciones y se ofrece apoyo logístico y económico a toda la red de partidos ultraderechistas europeos. Sin ir más lejos, Vox ha financiado campañas electorales —las generales de 2023 y las europeas— con créditos millonarios provenientes del banco húngaro MBH Bank, una entidad vinculada al gobierno de Orbán. El partido de Santiago Abascal recibió inicialmente más de nueve millones de euros y posteriormente otros siete millones, sumando más de 16 millones de euros en total.
La derrota de Orbán supone un varapalo importante para el principal gobierno de la ultraderecha europea, que puede impactar tanto en la moral como en los recursos materiales de la ola reaccionaria en el continente, al tiempo que aporta un balón de oxígeno a una UE necesitada de cierta tranquilidad interna. De hecho, a finales del año pasado, el académico y experto en extrema derecha Cas Mudde escribía que las esperanzas de revertir el rumbo antidemocrático dependían, paradójicamente, de las elecciones de mitad de mandato de Estados Unidos y de las elecciones húngaras.
La caída de Orbán no supone un desmontaje de su modelo iliberal, ni siquiera una derrota política de sus principales postulados, todavía queda mucha partida por jugar en Hungría. No olvidemos que hasta hace dos años Magyar era una persona del círculo más cercano del gobierno del Fidesz. Pero, quizás donde mayor impacto puede tener la derrota de Orbán sea a escala internacional, no solo porque Putin y Trump pierden a su mayor aliado en la UE, sino porque la internacional reaccionaria ve caer a uno de sus principales mitos y valedores, mostrando, a pesar de su auge continental, también un cierto desgaste.
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