Opinión
Ábalos, Mazón y la España de Mariano Ozores

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
La semana pasada, con casi cien años encima, murió Mariano Ozores, un cineasta que dirigió un montón de comedias rancias y rijosas, que fabricaba películas como churros, a veces dos o tres al año, guiado únicamente por el propósito de hacer dinero. Escribía los guiones a bote pronto y rodaba a toda hostia, sin fijarse mucho, sin pretensiones intelectuales ni artísticas. Quizá precisamente por eso, por no preocuparse más que de la taquilla, acabó por estampar un bajorrelieve de España en dos dimensiones, un fresco satírico del último medio siglo hecho a base de señores salidos, políticos avarientos, tontos con suerte, votantes ignorantes y empresarios sin escrúpulos. Nuestra desgracia nacional tendría más seriedad si viviéramos en una copia de El ángel exterminador, de Buñuel, o de Los santos inocentes, de Camus, incluso en una de las primeras de Almodóvar, pero qué le vamos a hacer si llevamos décadas viviendo en una película de Ozores.
En ocasiones -no muchas, no se vayan a creer- daba la impresión de que intentaba ser Berlanga, pero esa impresión se disipaba en seguida. En La hora incógnita (1963), uno de sus primeros trabajos tras la cámara, una serie de personajes decidían quedarse a esperar un desastre nuclear en una pequeña ciudad de provincias, un guiño hispánico a La hora final (1959), de Stanley Kramer, hasta en el título. El desastre, sin embargo, sucedió en la taquilla y Ozores estuvo a punto de arruinarse, con lo que jamás volvió a salirse del tiesto, salvo en contadas ocasiones, como en el documental Morir en España (1965), una descarada exhibición de propaganda franquista.
Lo que siguió fue una larga sucesión de comedias de trazo grueso y parodias de diversos géneros, aprovechando y desaprovechando a la vez el magnífico elenco de comediantes de la época: su hermano José Luis Ozores, López Vázquez, Gracita Morales, Manolo Gómez Bur, Concha Velasco, Alfredo Landa. Con la llegada de la democracia, Ozores combinó dos campos de juego donde su innegable olfato comercial iba a ponerse las botas: la actualidad política y la cultura del destape. No hay más que ver algunos de sus títulos de finales de los setenta y comienzos de los 80 para ver que su ingenio no tenía límites: El apolítico (1977), Los energéticos (1979) o ¡Qué gozada de divorcio! (1981). En Todos al suelo (1982), que narra la historia de un atraco disparatado, no tuvo ningún problema en inspirarse en el lema del coronel Tejero.
Cuando estrenó ¡Que vienen los socialistas! (1982), a rebufo del triunfo del PSOE y de la magnífica Patrimonio nacional (1981), de Berlanga, no estaba haciendo tanto un retrato sino una profecía de lo que guardaba en sus entrañas el Ejecutivo de Felipe González, desde el no pero sí en el referéndum de la OTAN a la aparición de Roldán en calzoncillos, de la mamarrachada suprema de la reconversión industrial al matrimonio de Boyer con Isabel Preysler. Sin planearlo, como si tuviera una bola mágica en lugar de una cámara de cine, las españoladas de Ozores vaticinaban también, con décadas de adelanto, las amistades peligrosas de Ábalos: Jessica Rodríguez, que parece elegida en un casting de Los energéticos, y Koldo, el gigantesco secundario que escoltaba a Ábalos pero que bien podría haber escoltado a Pajares y a Esteso.
Cuando, basándose en un guion de Ozores, José María Gutiérrez Santos rodó Los autonómicos (1982), no podía imaginar que en los años venideros la realidad del Estado de las autonomías iba a superar con creces todas las insensateces y desvergüenzas de la película. Hay cantidad de ejemplos: la contabilidad en diferido y en forma de simulación de Cospedal, las desventuras del tesorero Bárcenas, culminadas con un cura falso entrando en su casa y amenazando a su familia con una pistola, el milagro de Zaplana, sobreviviendo a una enfermedad mortal a base de rayos UVA, las vacaciones de Feijóo a bordo del yate de un narco gallego.
Ningún ejemplo más sangrante, sin embargo, que la chiripitiflaútica gestión de la tragedia de València, donde, de no ser por los 227 muertos, las miles de familias destrozadas y las incontables pérdidas materiales, Mazón podía haber protagonizado la comedia definitiva de Ozores. Fíjense en los detalles: un cantante venido a menos que acaba de presidente de la Generalitat Valenciana, que se mete a disfrutar de una comida en El Ventorro con una señora estupenda, tan ocupado del disfrute que durante horas no atiende el cerro de llamadas que intentan alertarle de que se avecina una riada catastrófica. El resto de la película -la interminable sucesión de contradicciones y mentiras de Mazón, las ayudas repartidas a dedo entre amiguetes y empresarios condenados de la trama Gürtel- está lejos de terminar, porque en España nadie dice "corten", menos aún "córtense un pelo". La realidad imita al arte, sí, pero a veces se le va mucho la mano.
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